Andrés Aberasturi – Libia y Siria.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

La excesiva, y en ocasiones sospechosa, incongruencia de la Unión Europea y de la OTAN -mejor no hablar de la ONU, ese disparate al parecer necesario- se está poniendo de manifiesto una vez más en las revueltas norteafricanas. Resulta desolador que después de no sé cuantas cumbres, los europeos no sepamos muy bien que hace la OTAN en la Libia de Gadafi: proteger a los civiles, dice; pero eso ya se sabe que es una coartada y que, en todo caso, esa protección sólo se puede hacer con la infantería y no bombardeando a ratos. Pero es que la cosa no para ahí: para unos ministros de exteriores, es decir, para algunos países, el objetivo es que Gadafi abandone el poder mientras que para otros semejante cosa no está en absoluto prevista. Y mientras se reúnen, discuten y bombardean, las tropas del excéntrico dictador avanzan más y más y reconquistan lo perdido y disfrazados de civiles pero armados hasta los dientes, presuntos militares o policías fieles se adentran en los suburbios de las ciudades y asesinan indiscriminadamente a inocentes sospechosos o no. No entiendo nada y menos aun cuando hace unos días sale Aznar calificando a Gadafi como amigo o aliado o de los nuestros o lo que sea.

Pero es que mientras las pulcras potencias occidentales se ceban en Libia con escaso éxito, resulta que en Siria, a la que nadie mira y a nadie parece preocupar, se suceden las matanzas de civiles porque el ejército tiene orden de disparar a matar. Después del primer susto, Al Aasd, eterno dictador de aquel país, prometió reformas y hasta encargó la creación de un nuevo gobierno. Naturalmente cualquier cosa con tal de salvarse él. Entre las promesas, una especialmente reveladora: el levantamiento del estado de emergencia ¡en vigor desde 1963¡ La cosa, si no fuera absolutamente trágica, sería grotesca. Pero ahí está la promesa que, por cierto no solo no se ha cumplido sino que se ha extremado cuando el pueblo ha dado muestras en la calle de que no se creía nada. Al Asad ha respondido de la única forma que sabe y puede: matando, sofocando cualquier revuelta a tiros y amparándose en el gran escudo que Occidente les ha servido en bandeja a estos impresentables: todo es culpa del extremismo islámico.

Pero ni Gadafi ni Al Asad son nuevos en la plaza. El extravagante libio y el rarísimo sirio, llevan años haciendo lo que les viene en gana en sus países sin que nadie levantara la voz porque, tal vez, han sido unos magníficos clientes exportando materias primas y comprando armas a los países que ahora les cuestionan. Matan con armas que nosotros les hemos vendido y si por lo bajini Gadafi prometiera a Occidente petróleo y gas a precio de coste, ya verían lo que tardaban en retirarse barcos y aviones de sus cercanías dando por «concluida la misión de paz por mandato de la ONU». Aquí desde los «daños colaterales» de Irak, tenemos frases para todos y para todo.

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