Pedro Calvo Hernando – La otra lección de Lorca


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

El terremoto de Lorca ha venido a introducir un corte en la campaña electoral de las municipales y autonómicas, que enfila ya hacia su ecuador. Quizá el corte obedece a que la desgracia ocurrida en la Comunidad de Murcia nos ha recordado dramáticamente a todos que hay algo mucho más importante que hacer que lanzarse unos contra otros, pero sobre todo otros contra unos. Ese algo importante son los problemas de los españoles, esta vez dimensionados en autonomías y municipios. Los españoles de Lorca y aledaños nos ayudan a entender la importancia de lo próximo, de lo cercano, de lo que nos atañe directamente. Esta vez es con caracteres dramáticos, pero las demás veces es con caracteres normales. En cualquier caso, lo de menos es ahora, o debería ser, la locura de intercambios de improperios y la fabricación de mentiras e invenciones con las que se nos viene obsequiando, sobre todo desde uno de los dos grandes partidos que se disputan los comicios del día 22. Junto al sentimiento de solidaridad, lo ocurrido en Lorca nos trae la lección sobre cómo deberíamos siempre priorizar las cosas.

Ahora me siento un poco menos ingenuo si digo que en unas elecciones municipales y autonómicas no nos jugamos si el preso etarra liberado exhibe o no la famosa pancarta, o si España se contagia o no de la enfermedad de Grecia, o si Zapatero debería dimitir o no, o convocar ya elecciones generales, o si alguien va a salir o no del euro, o cosas por ese estilo. Lo que los ciudadanos españoles piden o exigen a sus políticos es que les ofrezcan verdaderas y directas soluciones a sus problemas cotidianos y a las cuestiones en las que gobiernos regionales y Ayuntamientos tienen las competencias para resolverlos. Esa tendría que ser la medida para meter en la urna el voto que llevamos en la cabeza. Si siguiéramos planteando los comicios del 22 de mayo como si se trataran de un referéndum sobre lo humano y lo divino o un plebiscito sobre si Zapatero o Rajoy, al final nos estrellaríamos y haríamos el ridículo más espantoso de todos los tiempos. ¿Seremos capaces de entenderlo?

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