Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (IV)

(Cf. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (III)»)

DE CÓMO BAÑARSE Y CÓMO NO BAÑARSE EN EL RÍO DE LOS PARADOS
Ahora bien, con la definición misma —Internet como gran periódico del universo humano— va de suyo, por otro lado, lo que sin exclusión comprende su cotidianidad como medio de comunicación susceptible de ser utilizado planetariamente por cantidades fabulosas de usuarios. Unos en calidad de receptores, otros de comunicadores, no pocos a horcajadas de ambas calidades. Así, en un sistema democrático, poder recibir lo comunicado, además de poder comunicar cualquiera a su vez, no parece materia discutible más allá de los límites impuestos por la Ley. Y sin embargo, no basta ni con lo uno ni con lo otro, con el mero informar y el mero permanecer informado en el robótico feedback de los contenidos transeúntes por la red; ese feedback tan alejado del río del lógos que Platón reputó a Heráclito en su Cratilo.

Una información contradictoria no puede, ni debe racionalmente corresponder a un mismo factum; para lo que aquí se dilucida, a un mismo hecho o contenido informativo; por ejemplo, al hecho de «los parados», sustentado, como tal hecho informativo, en el correspondiente drama social: el de los parados. Lo cual, por descontado, vale para cualquier medio de información. No solo, pues, para Internet, si bien éste, aquí, es el medio que hace al caso por cuanto se viene diciendo. De manera que, en esta realísima tesitura, no puede ser que los parados sean a un mismo tiempo víctimas y cómplices, como contradictoriamente se pretende; lo primero en la dramática realidad, lo segundo en el perverso imaginario de políticos despreciables que, no pudiendo ser en modo alguno cómplices de sus propias víctimas —menos todavía éstas de los perpetradores de su hundimiento social— pretenden, sin embargo, ocultar y diluir su responsabilidad criminal en una repugnante asociación de contradictorias apariencias. ¿Criminal, o política? He dicho perfectamente lo que he querido decir: criminal, porque más allá de los derechos positivos —pro domo sua— de los Estados, la responsabilidad del hambre y la miseria no puede ser meramente política, como no pocos estafadores de la vida pública desean en España; es decir, res nullius y, como tal, la insultante responsabilidad ninguna de quienes ningunean a su propio pueblo legislatura tras legislatura.

No es lo mismo la víctima que el verdugo, efectivamente; el perpetrador que el receptor de la consumación. Desde los tiempos de la Academia ateniense, la apariencia de mismidad sucumbe ipso facto ante el implacable axioma: «Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río», ni siquiera, políticamente, el Excmo. Sr. Presidente del Congreso de los Diputados de España, don José Bono; ni todos los que, callándose, son —aquí sí— sus cómplices con efecto, ¡y con qué efecto!. No puede ser de otro modo: el devenir social de las aguas de esa dramática realidad —que, quiérase ver o no, con tanto peligro bordea la tragedia colectiva— escupe y rechaza la falsa e indigna apariencia que presenta lo radicalmente diferente como lo mismo: al hambriento como satisfecho, a la víctima como cómplice. ¿Es que existe en el mundo alguna víctima que, siéndolo en verdad ella misma, se considere simultáneamente cómplice de su propio ejecutor? Algún hambriento, ¿satisfecho de su propia hambre? Tal vez, se podrá responder que la madre que cede a su hijo el alimento que apenas tiene. ¿Pero son nuestras madres las Autonomías, o nuestro padre el Estado que solícito fecunda sus insaciables e insolidarias ansias? ¿Es que, sobre España, puede quedar todavía alguien capaz de imaginar la bulímica casta de parásitos que la corroe, engordados a cuenta de los demás, pasando la más mínima necesidad precisamente por solidaridad con los demás? Excepto en los privilegios, todos somos iguales: españoles, claro; sólo que algunos, disolutos sin resuello, con derecho de pernada para poner permanentemente el Estado a cuatro patas.

Para no sucumbir ante las falsas apariencias auspiciadas por —y tras— la falsificación de lo real, conviene, pues, realizar el imperativo esfuerzo crítico de ir más allá del mero informar y el mero permanecer informado. De ahí que, en la nueva circunstancia generada por la crecida próxima al desbordamiento de tales contenidos, se imponga la consecución de la trascendencia intelectual de los mismos mediante el esfuerzo emancipatorio de la libertad racional. El empacho in crescendo provocado por un torrente de informaciones indigestas en su propia desmesura obliga a ello. Y de parejo modo: otro tanto acontece con la masa estadística de las encuestas, que no alcanzando la interpretación suficiente de sí mismas, al no lograr trascenderse en su recíproco atropello, resultan por lo mismo intrascendentes más allá de su aparente inocuidad, logrando apenas sobrepasar las voluntades ideológicas que las promueven y sostienen.

(Cf. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (V)»)
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R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(05/05/11)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

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