Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – El desbaste del Estado de la Nación.


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Dicen los diccionarios oficiales al uso que «desbastar», en sentido figurado, equivale a «refinar», «pulir», algo o a alguien. Es en esa equivalencia donde empleo la palabra «desbaste» al referirme al debate sobre el estado de la nación, que comienza el martes: es necesario pulir los mensajes, aprovechar el acto parlamentario más significativo y mediático del año para refinar la oratoria con la que, más que un duelo a garrotazos entre dos líderes que no van a volver a ser lo que eran, habría de ilusionarse a la ciudadanía. Por lo que voy sabiendo e intuyo, sin embargo, la confrontación parlamentaria en la que se pasa revista a la situación económica, política y social de España amenaza con ser una sesión ampliada de ese control parlamentario con el que, miércoles tras miércoles, los líderes de la oposición preguntan más o menos las mismas cosas a los representantes del Gobierno, que, menos o más, las mismas o parecidas respuestas dan a sus interpelantes.

Puestas así las cosas, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y los restantes representantes de los grupos parlamentarios tendrán que evaluar los riesgos de decepcionar/aburrir al personal que aún, heroicamente, sigue interesándose por la cosa política. No vaya a ser que este personal pueda sentirse más interesado por el presumiblemente desorganizado «contradebate» que algunos -no creo que muchos de los del 15-m están montando, paralelamente, en la Puerta del Sol.

Sí, hay que desbastar el debate antes de que la indiferencia, o si usted quiere el cabreo, de la opinión pública devaste el andamio ya precario en el que se sustenta la política oficial española. En efecto, el que comienza este martes va a ser un debate atípico, en el que el presidente del Gobierno pronto dejará de serlo y en el que todos los augurios indican que el líder de la oposición también dejará de serlo, para convertirse en presidente del Gobierno. Por ello mismo, desde muchos rincones se les está haciendo llegar a ambos, me consta, la petición de que vuelen más alto y abandonen la mera confrontación de cifras -economía en recuperación versus economía desastrosa, horizonte rosado versus nubarrones de tormenta a la que nos tienen, miércoles tras miércoles, acostumbrados.

Cierto: el estado de la nación es obviamente peor que el del año pasado y mucho peor que el del antepasado, y la moral nacional está mucho más baja en este final de Legislatura que al comienzo. Pero tenemos que partir de la base de que España es un gran país, con enorme futuro por delante suponiendo que sepamos gestionarlo entre todos. Como dice el paleontólogo francés Yves Coppens, tan citado por el autor de «Indignaos», el tan injustamente famoso Stephane Hassel: «que dejen de pintar el futuro tan negro! El futuro es soberbio. La generación que viene aprenderá a programar los climas, pasearse por las estrellas y colonizar los planetas». Bueno, yo no voy tan lejos en mi optimismo, ni creo que siquiera los más animosos de entre el sector «bueno» de los indignados anden pensando en términos planetarios, pero lo que sí es seguro es que los españoles necesitamos algunas inyecciones de optimismo en vena. Para nosotros y para nuestros hijos. Y ese optimismo solo puede provenir de momento, ay, de nuestra clase política.

Déjeme, querido lector, soñar en un debate sobre el estado de la nación en el que, sabiendo los dos principales contendientes que el futuro parece ya trazado de manera irreversible, sugieran acuerdos venideros más que pasadas rencillas. Ya sabemos, que el Gobierno tiene que cumplir su papel y la oposición, el suyo; pero el lamentable ejemplo griego y, antes, el portugués, nos enseñan que el destino de la patria y el bienestar de quienes la habitan son mucho más importantes que unas divergencias, tantas veces artificiales, que apenas logran esconder una lucha por el poder. Así que permítame, querido lector, terminar como empecé: hay que desbastar el debate para que esto no sea una debacle. Y perdón por el (mal) juego (¿de verdad es un juego?) de palabras.

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