De las aguas corrompidas

En el anterior y predemocrático régimen político español, de donde procede el abertzalismo homicida vascongado —ETA con su pringue social—, la libertad de la persona ni era efectiva ni era recíproca. Desde el nacimiento del régimen hasta su extinción, la libertad personal permaneció políticamente cercenada, y sin libertad política no es posible la libertad personal.

Ahora bien, en la hipótesis de una democratización anticipada en dos o tres quinquenios a la denominada Transición, el problema de la libertad política no tendría por qué haber sido la prohibición y exclusión de los partidos pro soviéticos o pro dictatoriales de la hoz, el martillo y los capullos de “La Internacional” (como abiertamente lo fueron el PCE —hasta al harakiri carrillesco de la bandera y el Rey, tan suo modo parejo al de los procuradores en Cortes— y el PSOE, “marxista” en tanto no saboreó, y de qué manera, las mieses del Estado), sino la prohibición y exclusión de todos los partidos; por tanto, también, de los partidos auténticamente democráticos, reacios siempre a cualesquiera regímenes e ideologías de naturaleza dictatorial, comenzando por los comulgantes en la fe de la ecclesia rubra (iglesia roja), cuyos prebostes y oficiantes, fieles a la liturgia moscovita, predicaban extemporáneas homilías sobre bruñidos y desclasados “Paraísos”.

Se trataba de enraizar en España el gregarismo de la Colmena socialista y comunista —tanto monta monta tanto, más allá de los socorridos melindres dialécticos—, a imagen y semejanza de las paradisíacas abejeras de la órbita del “telón de acero”, pletórica de esclavizados enjambres con muchedumbres de obreras cautivas laboreando para la Gran Abeja, reina de los apareamientos urdidos en el pudridero de la Komintern. Regímenes en los que a una casta facinerosa de elegidos, presuntuosamente ateos y camaradas —“coleguillas”, como se diría hoy—, no le resultó difícil, sin embargo, vivir religiosamente, “como Dios”, a costa de sus respectivos pueblos, a los que tanto daño infligieron y tan prolongadas hipotecas sociales y económicas legaron. Repare el lector, si no, en la centrifugación histórica de la ex Yugoslavia, o en la tragedia del pueblo rumano trágicamente condenado a un éxodo de varias generaciones.

En cuanto al lado que nos toca, no es necesario recurrir al fracasado golpe de Estado Socialista de 1934 contra la Segunda República española (“revolución”, en la jerigonza del imaginario “progresista”) o las ciudades, como Madrid, empapeladas hasta los tejados con descomunales afiches del “filósofo humanista” José Stalin.

Sin ir tan lejos, basta con reparar en el inolvidable vasallaje del socialista anti OTAN Felipe González, cuando, genuflexamente, le sonreía sus mejores babas al Secretario General del Partido Comunista Rumano (intimísimo entonces del hoy, por Honoris Causa, “doctor angelicus” —ángel de Paracuellos— don Santiago Carrillo), Nicolae Ceausescu: el genocida “Roble de Scornicesti”, talado de raíz por su propio pueblo en 1989. Por supuesto, ni Felipe González, ni José Bono, ni los hermanos Solana, ni tantos otros socialistas españoles de pro amamantados en los pechos del franquismo, se fueron a vivir al paraíso rumano con Ceaucescu: bien alimentados y vestidos, prefirieron formarse, académica y profesionalmente, en el régimen del general Franco. Que fuesen socialistas no significa que fuesen tontos, sino más bien lo contrario, como con creces viene demostrando el tiempo.

Con estos prolegómenos, aunque hubiese sucedido lo que históricamente no sucedió, que, salvando las distancias, Franco “se retirase a tiempo” como el general De Gaulle, estableciéndose a la sazón —en la década de los sesenta— un régimen democrático en España que excluyese a los entonces partidarios de “la dictadura del proletariado”, la guadaña etarra habría continuado segando inútilmente vidas humanas.

En los años setenta, hasta la muerte de Franco, a muchos no les parecía mal los crímenes perpetrados por ETA. A tal nivel llegó el pringue social que no pocos “herribatasunizados” de entonces, desde fuera de las provincias vascas, aplaudieron y apoyaron las alimañas del sanguinolento circo, hasta la democracia. Con ella, paulatina y remisamente, los apoyos que trascendían el orbe vasco fueron restringiéndose cada vez más a éste.

Después, de poco serviría, por no decir de nada, la amnistía de 1977; ni que la gobernación de las provincias vascongadas permaneciese en manos del PNV de los “25 años de paz” y alguno más, desde 1980 hasta hace prácticamente “dos días”. El PNV no supo, o no quiso saber despojarse del siniestro pringue social con que ETA impregnó la vida de los vascos.

Para ETA, nada de ello fue decisivo y nada de ello la satisfizo al punto de hacer público un manifiesto definitivo y mínimamente coherente; algo así como «hasta aquí hemos llegado: matamos por absoluta necesidad, mientras sostuvimos nuestra guerra contra la dictadura franquista.» Ni lo publicaron ni lo publicarán, pues muy por encima de inverosímil, la coherencia resulta inarticulable en el seno de las patologías criminales, invertebradamente oxidadas en posiciones ideo-ilógicas en las que la ideología brilla por su ausencia.

De las aguas corrompidas de los compadreos con todo lo que se llama “izquierda” entre los que se dicen de izquierdas, aunque no sólo de estos, procede en gran parte el lodazal de la barbarie “abertzale”, que mantiene en ascuas, tácita o expresamente aterrorizados, a tantos compatriotas vascos, personas de bien, víctimas no sólo de ETA, sino, lo que me parece bastante más grave, de la sistemática contemporización con ella y su entorno por parte de los responsables del Estado español. ¿O es que fue el Estado francés el que concedió a Josu Ternera el respeto mayestático de “su señoría”, permitiéndole ser diputado del Parlamento Vasco, y por si poco, vergüenza da decirlo, humanitario miembro de su Comisión de Derechos Humanos? ¿Es que alguien en su sano juicio se imagina a Osama bin Laden repantingado en un escaño del Congreso de los EEUU?

Ningún Estado democrático, que no esté corrompido como vergonzosamente lo está el Estado español, permitiría una situación tan vomitiva. El problema medular de España, no se olvide, es la descomposición —la ya intolerable politización— de su estamento judicial, peligrosamente deslizado por el tobogán de la injusticia.

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R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(29/6/09)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

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