Respondiendo a cinco párrafos en torno a mis jenízaros (Para «la memoria histórica»).

Un lector, don Antonio Leal, ha querido estampar su muy respetable comentario a mi artículo «¿Jenízaros en la España del siglo XXI? (Para «la memoria histórica»).»

Que en tiempos de soliloquio y penuria lingüística, en los que apenas se balbucea si no es para compeler al prójimo, un lector acierte a intervenir razonablemente, para matizar sobre una materia que, cuando menos, produce todavía sarpullidos en la piel de nuestras biografías, es ya ciertamente de agradecer. Muy agradecido pues.

Ahora bien: a propósito de la respetable intervención creo conveniente decir algo, y es que, una vez leída, no he tenido más remedio que incoar una nueva interrogación: ¿qué tiene que ver el contenido del artículo comentado con lo que de él se comenta?

DIVAGACIÓN
Tengo la impresión de que, sobre la humilde Mancha de mi escrito, alguien ha divisado gigantes donde apenas unos molinos aspeaban leves pensamientos. No importa. Siendo yo algo Quijote nada tengo contra el quijotismo. Don Quijote es el perfil enjuto de nuestras inconclusas obsesiones cruzando pausadamente el horizonte, con trote lerdo y el paso cortado. Allende su triste figura, el horizonte de España resulta ininteligible.

Habitándolo y siendo lo que el propio límite nos hace ser, nosotros, los españoles, apenas pensamos acerca de, sino, propiamente, sobre el horizonte. En el ontorama antropológico somos su parte consustancial, porque no siéndole permitido a ninguna etnia evitar el horizonte, nosotros, incrustados en él, constituimos un ingrediente necesario de los demás. Por eso viviendo pre-posicionalmente desde una cierta lejanía, cuando creemos contemplar el horizonte, contemplados como parte suya sin embargo, somos una raza heteróclita y desconcertante en la retina de Occidente.

A Europa no le es posible visualizarnos como a sus demás pueblos; no tanto porque sus pueblos, e pluribus unum, no sean diversos entre si como porque nuestra diversidad no termina de hallar el hueco propicio en la de ellos. ¿Pero somos o no somos Europa? Sí, terminantemente: Europa de postrimerías; una adyacencia cuasi limítrofe de los europeos, hijos de Cristo, tuteadores de Mahoma. Sólo los hijos, filialmente, reniegan de los padres, como nosotros, castrados para la comprensión, renegamos del pasado. Más que el presente que se hace al andar, sentados-frente a él (ob sidere), ob-sesivamente, asediamos el pasado, cuando privada de su oxígeno ninguna vida presente es vividera.

¿Por qué, Señor, nos empeñamos en quitarle el suelo al vecino de enfrente? Hermanos en permanente liza por el suelo común, a quienes en nada duele dejar sin suelo al otro, están condenados a la eterna obsesión de afanarse un consuelo. El consuelo, su errático anhelo, es lo único que ya le queda al que no tiene donde pisar. ¿Cuándo nos atreveremos a derogar la «Ley de mi suelo y de tu abismo»?

Todo es real: gigantes, molinos y obsesiones. Sólo que los gigantes, que están en nosotros, es norma nuestra ponerlos fuera, en lo otro, apremiados obsesivamente por unos molinos que nunca funcionan: no funcionan porque no producen, no producen porque no funcionan. Centuria tras centuria, ¡continúa siendo todo ello tan real…! Es la paradoja realísima de nuestras insistencias y nuestras existencias, la trabazón inadecuada de una y otra despensa: la interior y la exterior. Los ojos en tentáculo de nuestras insistentes imaginaciones, una y otra vez, lo intentan, pero nunca acaban de orientarse bien entre los borrosos, inhábiles contornos españoles de las cosas existentes. Mientras hombres y mujeres de otras tierras y lugares se van orientando, haciendo progresar su cotidianidad en tierra firme, nuestro progresismo crustáceo de regresus in progresus, laberíntico, gira y gira sobre sí mismo, en un eterno retorno de obsesiones inconclusas. Mientras ellos se lo labran, nosotros, progresistas del regreso, con nuestro progresismo despilfarramos el progreso.

La obsesión genera el espejismo, y éste, como Fata Morgana, produce castillos, que tan pronto imaginariamente nos apetece habitar, como tan pronto, no menos imaginariamente, nos apetece asaltar. Fata Morgana apenas sería tornadiza sin el calor del ambiente. Sin mínimo fragor ni temperatura apropiada, jamás podría levantar icebergs en el desierto, alcáceres sobre arenas movedizas, contenidos de un continente en distinto continente de contenidos; comentarios, en fin, sobre lo que no se comenta: igualdades de bandos enfrentados en la Guerra Civil; justicias y derechos de deudos de algunos ejecutados por el franquismo; deberes que hay que hacer con las heridas abiertas; pensiones de viudas de ejecutados; también, terrores en los que, por lo visto, todavía viven abuelas de la época posterior al Alzamiento.

RESPUESTA…
Por supuesto: cabe considerar la posibilidad de que el Sr. Leal, más que comentar mi escrito, haya querido expresar, en cinco apretados párrafos, su opinión sobre algunas materias que le presupone anejas, por más que en él permanezcan ausentes, lo cual, si se mira bien, es una manera de justificar lo que en su fondo subyace.

Pero también cabe la consideración de esta otra posibilidad: que, afilándome el lápiz, este lector pretenda de mí una mínima orientación sobre lo que pienso al respecto de sus cinco apretados párrafos. Por lo tanto, que más que de un comentario, se trate de una interpelación, en cuyo caso, asintiendo o discrepando, comento lo siguiente:

1) «La guerra fue igual para los dos bandos, la postguerra no.» Ninguna guerra, y menos que ninguna la Guerra Civil Española, es igual para los dos bandos. Por otra parte, sospecho que la concepción cronológica sobre la que el lector concibe la «postguerra» difícilmente puede coincidir con la concepción histórico-fáctica que yo mantengo sobre la misma. Reléase en este sentido, por favor, lo que he escrito; a saber: que el «espesor fáctico [de nuestra Guerra Civi] sobrepasa con mucho los límites del consabido y convencional trienio.»

2) «Es de justicia que las familias de personas ejecutadas después del Alzamiento tengan el derecho de saber dónde se encuentran los restos de sus familiares.» Absolutamente de acuerdo. No obstante, una precisión: con el período «después del Alzamiento», supongo que se desea aludir al de la inmediata postguerra, toda vez que el período posterior al Alzamiento, tópica y cronológicamente, está constituido por el consabido trienio de guerra civil, a la que cierta originalidad reseca prefiere llamar «incivil».

3) «No hay que abrir ninguna herida, si no cerrarlas dignamente.» Una declaración de principio que, por principio, también suscribo. «Sólo» faltaría saber ahora qué debemos entender por «cerrar algo dignamente», y si para la tasación semántica del vocablo «dignidad», en relación con el «carpetazo histórico», existe sobre el planeta alguna comisión de expertos —o comité de sabios—, ya no digo capaz de proporcionárnosla de manera inequívoca, sino de dictárnosla por decreto con un minimum de razonable legitimidad.

4) «Los militares retirados de la guerra cobraron sus pensiones, las viudas de los ejecutados por el franquismo, no, además de pasar humillaciones varias.» Para ser rigurosos, yo no centraría tanto la cuestión sobre «las viudas de los ejecutados por el franquismo» como sobre cuáles de estos lo fueron en razón de la Justicia, que como bien se sabe, ayer como hoy, es siempre justicia de circunstancias. Advirtiendo de paso con ello que, rechazándolas todas, apenas encuentro racionalmente ninguna justificación a la pena de muerte. Ésta, más o menos legalmente arropada, es siempre un asesinato. En cambio, entiendo que haya quien puede concebir la pena de muerte —el asesinato— como terminus ad quem, a la vez que como medio al servicio de un fin. Conviene tener presente que se trata de una compleja y contradictoria concepción acontecida en el orbe occidental durante décadas, y no tan lejanas, del pasado siglo. Piénsese, por ejemplo en el caso español: en las cinco últimas ejecuciones del franquismo, con juicios más o menos discutibles; o en las treinta y tantas del felipismo sin mediación de juicio alguno.

5) «Esa es la diferencia básica, la pena es conversar con abuelas de esa época que aún hoy tienen miedo de hablar del tema porque piensan que eso puede volver, a eso se le llama vivir aterrorizado.» Sobre la pena de muerte ya he dicho sucintamente lo que pienso. En cuanto a la pena de conversar con las abuelas debo decir que la sensatez de muchas de ellas me ha parecido siempre admirable, lo mismo que muy digno de tener en consideración su atinado sentimiento sobre lo que «puede volver»: la fatalidad de la guerra y sus consecuencias. ¿O es que juzga alguien despropósito esta fatalidad, como los yugoeslavos que así juzgaban la guerra poco antes de encontrarse irreversiblemente atrapados en sus fauces? La guerra siempre puede volver; pudiendo volver, además, de múltiples maneras. No sólo puede volver, toda vez que, de facto, de ella nos valemos, en parejo modo a como el cirujano se sirve del bisturí. Guerra y bisturí son dos magníficos inventos de la cultura humana. El problema surge cuando de manera indebida y sin razón mediante, tanto social como biológicamente, uno y otro invento se aplican a organismos que en nada los precisan; o con estupefaciente incongruencia, aplicándolos debidamente sobre quienes de ellos los precisan, se excluye, sin embargo, a otros que acaso lo precisan más.

PARÉNTESIS
(En el momento en el que escribo, pienso que la cirugía bélica tal vez la precise más el cuerpo social sirio que el de Libia, a cuyo actual statu quo, en vez de la quirúrgica pura y continuada, acaso conviniese más una perentoria y severa dosis de medicina diplomática. Por otra parte, si el invento conminatorio de la fuerza militar se justifica, científica y éticamente, para evitar más muertes a cuenta de menos, ¿no sería razonable, por ejemplo, procurar de la ONU una urgente intervención militar sobre México? ¿O es que los ciudadanos mexicanos merecen menor protección que los libios y los sirios? Ya sé, ya sé: se me dirá que en la República Mexicana —lo mismo que, hace 75 años, en la española— la gobernación del Estado no corre a cuenta de sátapras ni tiranos. ¿Seguro? ¿En verdad se puede afirmar tal cosa? Tal vez, de solidarizarse con la vieja doctrina del tiranicidio.

Cuando a finales del siglo XVI, el Padre Mariana, en su tratado De rege et regis institutione (Del rey y de la institución real), rizando el rizo, mantenía el también invento —no ciertamente suyo— de la licitud de matar al tirano con puñal mas no con veneno, el remedio de su doctrina era individual: el tirano es el rey, mejor dicho, el rey de costumbre tirana; en modo alguno, por no haber lugar en aquella circunstancia histórica, un colectivo regio de individuos. Ni el ilustre jesuita, ni la doctrina secular de la que era partícipe, ponían en solfa la legitimidad de la institución real, sino, taxativamente, su tiránica instrumentalización. ¿Es que no han existido en el mundo, durante las dos últimas centurias, gobiernos legítimamente democráticos, por un lado, a la vez que, por otro, profundamente tiránicos? Si no de la permisividad, al menos de la incompetencia política ¿no es tiranía, por muy legítimos que sean, la de los gobiernos reiterada y ostensiblemente incapaces de preservar la vida de sus gobernados? ¿Cabe hablar de tiranías ilegítimas y de tiranías que por su legitimidad no lo son? ¿No es un deber intelectual examinar, en conciencia y libremente, los fenómenos históricos, sus hechos y acontecimientos en sí mismos, multilateralmente: «por un lado» a la vez que «por otro»?)

…RESPUESTA
En cualquier caso, no puedo menos que solidarizarme con el elevado sentido histórico de nuestras abuelas. Por supuesto, siempre y cuando con ello no veamos reducidas la historiografía y la historiología a un cuento de viejas. Tampoco a lo que todavía sería menos deseable: un cuento de viejas a su vez recontado por nietos subvencionados. Pero yo las estimo, tanto o más que a mis dos abuelas, que en paz descansen. Tanto las estimo que, si Dios hubiese dotado de un oído más fino a nuestro sordo Hechizado —el irresponsable que nos «gobierna»—, en atención a ellas, quizá hubiese acertado a reprimir en algo la suicida incontinencia que para los españoles ha supuesto lo que él, bajo estruendosos y reiterados aplausos de orejas correligionarias, solía llamar talante; palabra hipnotizadora que hoy mantiene encarcelada en el cajón de algún escritorio de la Moncloa, como don Joaquín Costa quería, sepulcrado con las siete llaves del sepulcro del Cid. Justamente aquí, me veo en la necesidad de invocar nuevamente las traídas y llevadas comisiones de sabios y expertos, que mucho me temo no sirvan para otra cosa que para traer confusión sobre vocablos que todos, aproximadamente, entendíamos, como, por ejemplo, «matrimonio», «nasciturus» (no «organismo vivo asesinable», sino persona que va a nacer) o el último vocablo del que hablamos: «talante», que a la postre y por lo visto, en la ya declinante nueva Hora Triunfal, ha venido a dar en «monólogo por decreto», «legítimo —y parlamentario— acto dictatorial del sí o sí«; también, «talantazo»: talante que se dicta contra media España, como en los tiempos del nacionalsocialismo, bajo pulcrísimo y esterilizado cordón sanitario.

En el maquillado interregno español, en el erial ejecutivo forzosamente padecido, las decisiones gubernativas ya no las toma el Gobierno de España, que en múltiples órdenes de la vida social, prefiere, por si acaso, ponerlas en manos de otros: comisarios y comisionados, lavándose las suyas como el gobernador del Nuevo Testamento. Es lo que llamo gobernación delegada en la pusilanimidad, acontecida desde hace ya un tiempo, peligrosamente, mediante comisiones. El resultado evacuable por las mismas, su más o menos próximo dictamen, por ya prescrito de antemano, es conocido a priori, aunque con aspavientos que provocan vergüenza ajena, públicamente, se finge lo contrario.

Antaño se decía: —si queréis que un asunto no prospere, nombrad una comisión. Se trataba, claro, de comisiones con comisionados sin pago, que no cobraban ni en pecunia ni en especie. Más que comisiones comisionadas eran comisiones asamblearias, en la que cada ego personal se consideraba sastre de una nueva constitución. Comisiones formadas tal vez con ingenuos, pero unos ingenuos que jamás consintieron tacha de dignidad. Algún día, ¿se podrá decir lo mismo sobre los comisionados de hoy? Muchos de ellos quizá puedan exhibir gran chalé, pero muy escasa dignidad.

_________________
R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(21/06/11)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído