Galicia no es nacionalista.

Faltaba algo más de una semana para el Día de Galicia cuando llegó a mis manos un libro ameno, irónico, divertido, original y profundo, aunque en la solapa se alude a él como panfleto, es decir, “opúsculo de carácter agresivo”, según una de las definiciones del DRAE. A las orillas del Ser es el título de esta obra del escritor y columnista político, Alfonso de la Vega, publicada por el Centro de Estudios Poder Limitado, un think tank de Galicia, miembro de la red Stockholm Network, que preside el abogado Francisco Fernández Tarrío.

El libro se gesta durante la última etapa del bipartito nacionalsocialista gallego y surge como una necesidad, una obligación moral, una defensa contra el ataque del galleguismo burocratizado que prima lo propio a lo bueno, que ningunea la lengua española y entroniza la mediocridad. Es “un esfuerzo por defender y reivindicar el sentido de la cultura como manifestación del espíritu, la defensa del individuo ante la imposición de la tribu, la sensatez ante las fanfarronadas ideológicas de nuestra clase política y la libre elección personal ante quienes quieren petrificar la historia en clave monolítica”. En definitiva, un homenaje a Galicia. Me cuento entre los que aman esta tierra y entre los que sufrieron el totalitarismo del bipartito laicista PSOE-BNG.

EL DÍA QUE TODO SE VOLVIÓ GRIS
Para mí, vivir en Galicia fue una elección que se fue transformando en lujo. Mi marido y yo estábamos asentados en Madrid pero pasábamos largas temporadas en Nueva York, Los Ángeles, Puerto Rico y Buenos Aires. Madrid es el gran paraguas que acoge, hermana y desasna a los que presumen de antiguos condados, grupos sanguíneos y orígenes hiperbóreos. En Nueva York se aprende a claudicar de “lo mío lo mejor”. Nueva York es como una maqueta, una pequeña muestra del mundo, donde cabe todo, lo mejor y lo peor; donde los extremos se tocan; donde todo es y nada permanece estático.

La ciudad californiana que los españoles fundaron en el siglo XVIII, Los Ángeles, es tal y como se ve en las películas. Lo peor de todo es aprender a abrir bien los ojos para no pasarse de salida en las autopistas y no aparecer en Alaska, como le pasó a más de uno, y perdón por la hipérbole.

Puerto Rico es la capital del coquí, del olor especial, de la brisa acariciadora que Colón describió en su libro de bitácora. Es la isla del encanto, de la gente amorosa que a la primera de cambio te sienta a su mesa ante un plato de arroz con habichuelas, platanitos fritos y tostones.

Buenos Aires, mi Buenos Aires querido, que dice el tango de Gardel/Le Pera. Allí aprendí a disfrutar de la vida como sólo los porteños saben hacerlo; a recibir clases de psicología de los taxistas; a ir de librerías a las doce de la noche (las de la calle Corrientes son un espectáculo nocturno); a pasear ingenuamente por el multicolor barrio de la Boca, cuna de Caminito, el famoso tango de Juan de Dios Filiberto, ante el asombro de los lugareños por la inseguridad ciudadana, y a degustar las meriendas de dulce de leche y alfajores, porque hay que decir que Buenos Aires tiene las mejores cafeterías del mundo, que nada envidian a las de París.

Allá, tan lejos, y con el Atlántico de por medio, siempre nos acordábamos de Galicia. Y cuando volvíamos, aún con el jet lag y las maletas a medio deshacer, nos escapábamos a nuestro refugio gallego en El Ribeiro. Siempre estábamos dispuestos a plantarnos en la carretera de La Coruña poniéndonos por montera las seis horas de peregrinaje. Porque eso era. Así fuimos inaugurando los diferentes tramos de la autovía A-52. Al llegar a la casa gallega, casi siempre al atardecer, después de dar un paseo por el monte e impregnarnos del olor a pino, a “xesta” y a carballo, y haber escuchado el canto de los mirlos, conectábamos la televisión, siempre en la Gallega, y no cambiábamos de canal mientras duraba la estancia.

Mi marido llevaba en América muchos años y para él era una novedad oír hablar gallego en TV. Yo veía incluso los dibujos animados y siempre esperaba al cierre de emisión para oír el Himno cuando acababa la programación. Allí estaba yo, firme cada día, cantando a voz en grito las frases de Pondal. Aprendí a hacer el caldo y la empanada. Leí a los autores gallegos y puedo defenderme en este idioma, que es también mío. También tuve dos pastores alemanes llamados Breogán I y Breogán II. Creo, por tanto, que no soy sospechosa de no amar Galicia, toda ella, su idioma, sus gentes, su patrimonio artístico, su paisaje, su tradición, en definitiva, todo lo que es la tierra galaica.

Pero un día todo se volvió gris. Los que se hacían llamar descendientes de los suevos llegaron al poder por la puerta de atrás, con hambre de mando y ansias de galones. Hubo moqueta, coches, despachos, jardines botánicos y prebendas “dabondo”; incluso amistades peligrosas, con fotos de paseos en yates de renombre.

La cosa no se quedaba ahí: la Galicia –nunca Galiza—de los suevos debía ser secuestrada para imponer la dictadura del galleguismo despótico, laicista y anticonstitucional. Pongamos que hablo del BNG, partido fanático donde los haya, que so pretexto de amar Galicia pretende construir un “muro de grelos en el Padornelo”, que diría Corina Porro, e insuflarnos ideas trasnochadas sobre la identidad de los gallegos.

Como el PSOE gallego necesitaba los escaños nacionalistas –maldita plaga— para formar gobierno, las dos parcelas más sensibles para ideologizar, Cultura y Educación, cayeron en manos del Bloque. Ahí empezó la noche larga y oscura para este rincón de tierra que en los últimos años se había subido al tren del progreso y había transformado “las menciñeiras en hospitales y las corredoiras en autopistas”, don Manuel Fraga dixit.

¡AY, MEU ANXIÑO QUINTANA!
Los señores del Bloque, fieles a su ideología fundamentalista y totalitaria, pretendieron adueñarse de nuestros cuerpos y de nuestras almas. Se persiguió a los funcionarios por no hablar en gallego; y también a los maestros y a los niños. Se sacaron decretos asfixiantes como el que imponía el gallego obligatorio. Las escuelas de infantil empezaron a llamarse galescolas, que rima en consonante con ikastolas, las escuelas vascas donde se forma la kale borroka y demás calaña vandálica “prebildueta”. A los niños se les empezó a hablar de España como del gran enemigo, y de los españoles como los opresores. Entre sus muchas ocurrencias, pretendieron cambiar el horario, una hora menos que en el resto de la España peninsular; normas para nacer y morir en gallego. Pretendieron incluso que fuese obligatorio cantar el himno en los centros escolares.

Los políticos del Bloque pronto se acostumbraron a la moqueta y creyeron que eso era eterno, que Galicia estaba de una vez conquistada para moldear su sueño y jugar a diosecillos. “Acabáronse as maiorías asolutas”, repetía incesantemente el politiquillo de Allariz. Y enseguida, ¡ay la condición humana!, cambiaron sus jerséis de punto y sus chaquetas de saldo, por trajes a medida al estilo burgués. A Anxo Quintana le hizo Salvador Freixedo estos versos:

Ay meu Anxiño Quintana
ben vexo canto medrache
e qué rápido pasache
daquil pantalón de pana
a estes traxes de Versace

Cunha ideoloxía mítica
e unha formación raquítica
trepaches con decisión
polos eidos da política.
¡Entraches polo balcón!

Penso que no mundo enteiro
ti tes sido o primeiro
que cáseque de repente
pasaches de camilleiro
a ser vicepresidente.

Ti nunca fuches gandeiro
nin pastor de pequeniño,
pero agora has ser toureiro
porque o teu xefe primeiro
é un cabresto touriño.

Ti quérelo tourear
e il quérete escornar;
e coa liorta permanente
esquecedes gobernar
o que lle interesa á xente.

Por mor da educación
moito incordias e amolas
pois as xentes andan tolas
con esa túa invención
das enxebres galescolas.

.
PODER SÍ, PERO LIMITADO
Todo esto ocurría con la anuencia del PSOE, ocupado en otros menesteres y chantajeado continuamente por el partido del “Espartaco somos todos”. ¡Qué premonición! ¡Cómo funcionó la onda de forma! Mira que le dijimos que Espartaco había muerto amarrado al poste, al sol y comido por las avispas.

Con esta situación, los que amábamos Galicia de verdad, teníamos dos opciones: o irnos hasta que mejorara la situación, como han hecho tantos vascos –salvando todas las distancias entre motivos— o luchar contra el tirano. Y luchamos. Pero en ese tiempo, en un acto de rebelión, dejamos de cantar el himno que se nos quería imponer y sentimos un rechazo a todo lo gallego que se estaba imponiendo despóticamente.

Fue en esa etapa cuando se creó el think tank Centro de Estudios Poder Limitado. Y fue también cuando Alfonso de la Vega plasmó en papel los magníficos pensamientos de A las orillas del Ser, citado al comienzo del artículo.

Siguiendo la estructura de La divina comedia, el autor nos ofrece un recorrido iniciático por el alma gallega y algunos lugares emblemáticos, de la mano de Rosalía que es en este juego el Virgilio de Dante, a la que el protagonista de la obra, Sarastro, encuentra en San Andrés de Teixido. Los dos mantienen interesantes conversaciones, algunas muy esotéricas, cargadas de simbolismo precristiano, cerne de la idiosincrasia gallega.

Personajes de la talla de Schopenhauer, Murguía, Castelao, Otero Pedrayo o Risco entran en el escenario y hacen sus agudos comentarios. Y como colofón, una “guía para lectores extraviados”, que nunca viene mal.

Un año más celebramos nuestro Día, el de Galicia, el de Santiago. Los españoles renovamos la ofrenda al Apóstol para continuar con la tradición que Felipe IV instauró en 1643. Pero no todos. Los todos y las todas nacionalistas que rechazan la bandera y la constitución españolas, se manifestaron, como siempre en la plaza de la Quintana y calles adyacentes. En esta ocasión muy bien acompañados. Este año, aparte de los autóctonos, Carlos Aymerich, Guillerme Vázquez o Ana Pontón, nacionalistas-separatistas de otras latitudes y los cónsules de las dictaduras de Chavez y Castro, contaron en su marcha con “Bildueta”. Sí, la representante de Eusko Alkartasuna e integrada en Bildu, Lorena López de Lacalle, el día de nuestra fiesta grande, se paseó por nuestras calles y plazas con la bandera de la independencia y el clamor silencioso de unos muertos que desde el más allá piden justicia.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora
Directora de Ourense siglo XXI
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
www.magdalenadelamo.com
✉ periodista@magdalenadelamo.com
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(25/07/2011)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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