Fernando Jáuregui – No te va a gustar – La Dama de Hierro.


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

Tengo la impresión –no del todo mal informada– de que la vicepresidenta primera y superministra económica, Elena Salgado, ha tenido mucho que ver en la decisión de Zapatero de reformar la Constitución para contemplar en ella el techo de gasto presupuestario.

Es más: tengo la sensación –no del todo gratuita– de que ella tuvo su parte a la hora de «ablandar» la voluntad de Rajoy para llegar a un consenso sobre este punto, y no digamos del papel que jugó para que, no del todo en sintonía con la coalición de la que forma parte, Josep Antoni Duran i Lleida declarase «razonable» esta reforma, porque, así se lo explicó la vicepresidenta, el techo será «flexible». Creo, así, que Elena Salgado, la mujer que pasó por tres ministerios –y una vicepresidencia– en el Gobierno del PSOE sin querer tomar jamás el carné del partido, es hoy uno de los valores mas firmes del Ejecutivo. Pero el caso e que se va, pase lo que pase en la jornada del próximo 20 de noviembre.

Porque es cierto que Salgado, una personalidad impenetrable que sonríe enigmáticamente, a lo Margaret Thatcher, cuando la oposición la ataca en el Parlamento, no quiere ya volver a ser diputada; facilitará el cambio generacional ya en marcha, que podría hacer que ni Alfonso Guerra, ni Txiki Benegas, ni Miguel Angel Moratinos, ni José Bono, ni Manuel Chaves, vuelvan a presentarse ante las urnas. Veremos. El caso es que la señora Salgado, que transmite una sensación de dureza y firmeza, pero no, desde luego, de los valores clásicos del socialismo, quizá no concuerde con la línea que Alfredo Pérez Rubalcaba quiere dar a su campaña. Ella, vestida a la moda, más amiga, me parece, del estilo de Cristine Lagardere que del de Elena Valenciano, sería una contradicción con esos planteamientos de la izquierda clásica que el candidato socialista parece desear transmitir.

Así que sospecho que Elena Salgado, que ha transitado aparentemente impasible por las tormentas económicas que han puesto de punta los pelos del mundo, que ha tenido que tragar no pocos sapos ante algunas decisiones de su jefe, pasará a un discreto segundo plano –como lo ha hecho su antecesor, Pedro Solbes; como probablemente lo hará el mismísimo Zapatero– cuando, allá por el 20 de diciembre, se produzca el traspaso de poderes al nuevo Gobierno. Ese que probablemente, casi todos en el PSOE se lo temen, será encabezado por Mariano Rajoy.

Pero, hasta entonces, todo indica que ni ella ni Zapatero estás dispuestos a pasar a la atonía y a la inactividad: a saber qué preparan ambos –supongo que ahora con la aquiescencia de Rubalcaba– para el Consejo de MInistros del viernes. Se habla de una nueva reforma laboral, que fomente y prolongue los contratos temporales para los jóvenes, algo tan poco gratro a unos sindicatos que se esfuerzan por colaborar; se habla también de reformas impositivas –¿quizá una nueva tasa para «los ricos», similar a la que en Francia, en un «beau geste», han aceptado los propios ricos?– y de prolongación del subsidio de desempleo. Quién sabe. El caso es que Zapatero-Salgado, que se han convertido en un tandem de inesperado ímpetu cuando ya ambos van de salida, adoran las sorpresas. Yo creo que vamos a tener varias de aquí a cuatro semanas. Confiemos en que sean, al menos, ya que no siempre agradables para todos, positivas para la construcción del futuro. Esta «dama de hierro» tiene mucha responsabilidad en sus manos, aunque se ponga, que no siempre lo hace, guantes de terciopelo.

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