Fermín Bocos – Algo va mal.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

¡Claro que se puede cambiar la Constitución sin consultar a los ciudadanos en referéndum! La propia Carta Magna lo dice acotando para la consulta la eventual modificación de determinados títulos y confiando otros a decisiones adoptadas por mayorías parlamentarias reforzadas. Pero que en un tiempo como éste en el que a raíz del Movimiento del 15 M y su llamada de atención acerca del empobrecimiento del sistema democrático por la falta de cauces de participación directa de los ciudadanos en los asuntos del común que sólo dos ciudadanos -José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy- por muy legitimados que estén para tomar semejante medida hayan decidido ellos modificar la Constitución, es una idea que en cierta manera, desasosiega.

No tanto por lo que tiene de concreto: establecer un tope de déficit-medida que aún siendo discutible, tras ser explicada y debatida, podría resultar aceptable-, sino por lo que evidencia de embotamiento de la sensibilidad democrática. La democracia es un procedimiento en el que los partidos y los políticos ejercen un poder por delegación; poder que el pueblo tiene derecho a recuperar para expresar su opinión en relación con asuntos de naturaleza capital. Y todos los que afectan a la Constitución, lo son. El debate en el Congreso acerca de una decisión firme, tomada ya, como digo, por sólo dos ciudadanos, fue un debate que por ir por detrás de la realidad devino poco menos que en impostura (Rubalcaba, el candidato socialista, se fue a tomar un café porque se aburría y dormía).

Nos hemos cansado de oír en boca de políticos tanto del PSOE como del PP que había que cambiar, que había que escuchar a los ciudadanos – se proclamen o no «indignados»- y resulta que en la primera ocasión que se presenta para corregir esa deriva, se impone la inercia de lo viejo, el reflejo de las malas costumbres de la partitocracia y volvemos al trágala. Ya digo, a la mayoría de los políticos se les llena la boca proclamando que todo es para el pueblo, pero a la postre, toman o se dejan imponer decisiones sin contar con el pueblo. Si después de treinta años de democracia quienes gobiernan España siguen pensando que los españoles no estamos maduros para discernir lo que nos conviene en cada momento: es que algo va mal. Casi da miedo pensarlo.

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