Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Todo un anticipo sobre lo que nos espera.

Fernando Jáuregui - Siete días trepidantes - Todo un anticipo sobre lo que nos espera.


MADRID, 03 (OTR/PRESS)

Me ha quedado un sabor agridulce tras la trepidante semana que hemos dejado atrás. Creo que una inmensa mayoría de los españoles venía reclamando un consenso entre los dos «grandes» partidos nacionales, y se ha consumado con la aprobación de una reforma constitucional que era, parece, necesaria por las exigencias externas, aunque carezca en realidad de gran calado. Sin embargo, la imagen, ante los mercados exteriores, ante los rectores de esa Unión Europea de la que tanto depende España, resulta fundamental; siempre lo es en política.

Ahora, solo falta convencer a los trichets, merkels, sarkozys, financial times y moody»s del mundo mundial de que España no es como Grecia e Italia, que a estas alturas son capaces de volver grupas y no concretar las reformas prometidas. El pacto PP-PSOE debe no solamente cumplirse, sino ampliarse a otros muchos campos. Y habría que exigir tanto a Rajoy como a Zapatero-Rubalcaba que anuncien de inmediato que, sea cual sea el resultado de las elecciones, ese pacto, que implica muchos cambios, muchos avances y sin duda algunos sacrificios para la ciudadanía, va a seguir adelante, sin fisuras, ni trampas «a la italiana», ni retrocesos «a la griega». Porque España ha de distanciarse de ambos ejemplos si no quiere que su deuda esté permanentemente anclada con los del furgón de cola.

Así, una buena parte de la solución a nuestros quebrantos y duelos económicos es meramente política. Pero ya se ve que no toda la clase política está por el pacto de unidad, y ahí está la parte agria del sabor que me ha dejado en la garganta una semana en la que han ocurrido muchas cosas importantes, y así se reflejaban en los titulares de los medios: «se quiebra el histórico consenso de 1978», decían algunos de estos titulares, refiriéndose al «descuelgue», espectacular en algunos casos, de nacionalistas e izquierda respecto de la tímida reforma constitucional consumada el viernes. Tímida, sí, porque a muy poco compromete y, encima, queda aplazada poco menos que «ad calendas graecas»; en absoluto me parece proporcionado ni el portazo dado en la votación del viernes por algunos parlamentarios, varios de ellos muy respetables para mí, ni la manifestación prevista por los sindicatos, ni la movilización callejera de unos «indignados» también muy respetables, pero ya en clara busca de nuevos objetivos en los que fijar su indignación.

Tengo la impresión de que esa indignación ante la reforma no es compartida por una inmensa mayoría de la población -ya veremos las encuestas–, harta de recibir malas noticias económicas y de reclamar altura de miras a su clase política. Que un diputado tan valorado como Duran i Lleida se haya pasado años reclamando consenso entre las fuerzas políticas para dinamitarlo en el momento en el que se produce muestra que está sujeto a los lazos nacionalistas de su coaligado, Convergencia. Y hace prever lo que podría ser la tónica de la próxima Legislatura: con un acercamiento entre los dos «grandes» nacionales, es decir, PP y PSOE, un distanciamiento de los nacionalistas incluso en las materias más importantes. Que es, precisamente, lo que Zapatero, con su política de acuerdos -algunos, contra natura– a su paso por La Moncloa, ha tratado de evitar.

Mal panorama me parece ése del alejamiento de convergentes, peneuvistas y demás nacionalistas de las cuestiones fundamentales para el Estado. Porque con las cosas de comer no debería jugarse. Y menos en tiempos de crisis, que son, contra lo que afirma la máxima ignaciana, cuando habrían de hacerse más mudanzas. Y, me temo, más concesiones frente a la intransigencia.

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