Francisco Muro de Iscar – Amanece que no es poco.


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Hay días en los que es mejor no levantarse. Alguien ha criticado que todos los mensajes que enviamos quienes, con mejor o peor fortuna, comentamos la actualidad son negativos y que eso no lo quiere nadie, no es bueno, produce efectos negativos, nos condiciona, nos machaca. Hay parte de verdad, porque es más fácil criticar que ofrecer soluciones, pero hay otra de realismo: ¿quién se atreve a decir algo positivo sobre lo que está pasando especialmente en el terreno económico?

Las bolsas se hunden, la prima de riesgo es prima de pánico, la directora general del Fondo Monetario Internacional lanza a los cuatro vientos una amenaza de gran recesión, las agencias de rating nos vapulean, el paro aumenta en temporada estival, los sindicatos convocan manifestaciones y protestas, los profesores amenazan con huelgas, los políticos siguen atizándose y proponiendo más impuestos o lo que se les ocurre en cada momento, se hacen reformas constitucionales que son puro marketing y que se demuestran inútiles antes de aprobarse. Si pasa todo eso y mucho más y los gobiernos burlan la ley y las decisiones de los tribunales, ¿a quién le podemos pedir sentido común para otear el horizonte y proponer algo sensato?

Esta crisis es, como alguien ha definido en un diario digital, financiera (crisis de los bancos y bloqueo del crédito); exterior (mejoran las exportaciones y el turismo, pero la balanza comercial sigue siendo un agujero negro); administrativa (el Estado, las comunidades autónomas y los ayuntamientos deben más de lo que tienen, gestionan mal y no tienen casi para pagar las nóminas); laboral y de consumo (cuatro millones de parados sin expectativas no pueden consumir); de inversión (el dinero al calcetín porque el dinero no renta y las bolsas se hunden); de productividad y competitividad (nuestro gran problema con los países emergentes y también con los europeos); de financiación y endeudamiento (o no nos prestan o lo hacen con intereses insoportables); política (faltan líderes con una mínima visión de futuro y sin capacidad de pacto), pero sobre todo de confianza y de credibilidad.

Se está yendo al garete todo el sistema que sustenta -mejor o peor- la economía y la (buena) vida de los ciudadanos sin que tengamos otro. Y cada uno sigue a lo suyo. ¿Es tiempo de huelgas, de guerras políticas, de seguir haciendo lo que venimos haciendo siempre? Debería ser tiempo de grandes acuerdos, de, cómo dice el consejero delegado de Sanitas, Iñaki Ereño, «trabajar el doble para conseguir lo mismo». Algunos ya lo hacen desde hace mucho para sobrevivir. Otros quieren seguir viviendo como si no pasara nada y tener todo gratis total. ¿Quién lo pagará? Los políticos, unidos, deberían dirigirse a los ciudadanos para decirles que sólo hay una salida a la crisis, la del acuerdo, el esfuerzo y el sacrificio colectivo para que los más débiles no sufran todo el peso de la crisis. ¿Optimismo? Amanece cada día, que no es poco.

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