Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Otro 11-s para echarse a temblar.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

He escuchado hablar estos días a muchos profetas de la catástrofe. Desde la directora gerente del FMI, señora Lagarde, que nos advirtió, a mi juicio imprudentemente, de una posible recesión mundial, hasta al propio Barack Obama aventando, en mi opinión precipitadamente, la hipótesis de un nuevo ataque del islamismo terrorista para conmemorar el triste aniversario de aquel 11 de septiembre en el que cayeron las torres gemelas de Nueva York. La peor catástrofe es el catastrofismo, pero casi nadie se ha librado, nuevos nostradamus, de vaticinar el fin. El fin de un modo de vivir y de estar, naturalmente. La caída del nuevo Imperio romano.

Lo cierto es que esta semana que concluye no han faltado nuevos motivos para la alarma. Que la dimisión de un «halcón» de la economía, el economista jefe del Banco Central Europeo, Jürgen Stark, haya provocado un viernes muy, muy negro en las bolsas europeas, basta para comprobar la fragilidad de un sistema que se tambalea con cada nueva declaración pública de Trichet, de Durao Barroso o de la mentada Christine Lagarde, por poner algunos ejemplos. O con cada nuevo error de cálculo del FMI o del BCE, que también de esto ha habido.

Que una llamada de atención sobre un hipotético nuevo crimen masivo a cargo de Al Qaeda haya provocado una conmoción mundial demuestra que seguimos sumidos en la misma inseguridad que hace una década. Y la combinación de ambos factores, la crisis económica que rasca los bolsillos del ciudadano, y la sensación de estar bajo la espada de Damocles del terror, provoca una suerte de angustia mundial que poco conviene, entre otras cosas, a la estabilidad de los mercados.

Y lo peor es que hay muchas voces dispuestas al diagnóstico, pero ninguna alumbrando soluciones. Ni a escala planetaria, ni europea ni, desde luego, nacional. Mal podemos pedir a nuestra clase política que se ponga de acuerdo en las recetas que es necesario aplicar a la sangría económica española cuando el G-7, reunido en Marsella, fue incapaz de encontrar una respuesta común a la crisis, y la señora Lagarde intenta desesperadamente una solución consensuada -de nuevo, reuniones en la semana que comienza_para tapar el boquete del barco griego, por donde entra agua a toda Europa. Y, si ni siquiera ese boquete pueden tapar, ¿qué será de los otros agujeros más grandes?

Vistas así, a escala global, las cosas, qué quiere usted que le diga: hay una incapacidad política y técnica general para resolver una situación cuyos orígenes y desarrollo ni siquiera están bien, inequívocamente, explicados. Los ciudadanos del mundo, los europeos, los españoles, no podemos sentirnos bien representados en nuestros intereses por estos gestores, cuya única llamada es al miedo, a la austeridad -eso, en el caso europeo; lo contrario, en el norteamericano–, a la resignación. Ya no hay recetas de derechas o de izquierdas para sortear algo que, más que una amenaza, empieza a ser una realidad; simplemente, parece que no hay recetas. Nunca he sido partidario de pregonar ni pesimismo ni catastrofismo alguno, pero ¿cómo, dígame usted, no estar aterrorizados, como meros hombres y mujeres de la calle, en este nuevo 11-s, en el que, aunque no pase nada, ya ha pasado, está pasando, casi de todo?

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