Fernando Jáuregui – La frialdad de la despedida.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Asistí este miércoles a la última sesión de control parlamentario en el Congreso de los Diputados; dentro de menos de una semana, el Parlamento quedará disuelto para dar paso al calendario preelectoral. Fue una jornada de despedidas frías, en la que ni el presidente Zapatero ni el candidato Rajoy quisieron siquiera encontrarse por los pasillos dándose la mano para solaz de los fotógrafos: estábamos ya en cuasi-campaña y acaso no convenían demasiadas efusiones.

Sé, porque ellos lo han dicho, que Zapatero y Rajoy han terminado llevándose bien. En parte, porque el uno ha rectificado en muchos de sus planteamientos iniciales y, además, anunció pronto su retirada de la competición por permanecer en La Moncloa. Y también porque el otro ha abandonado el lenguaje «guerrero» empeñado en una oposición con el «no» por principio. Pienso que estas nuevas actitudes han humanizado a ambos personajes y les han acercado algo más a la opinión pública; veremos qué dicen las encuestas, que sin duda van a proliferar en las próximas semanas.

Al final, Zapatero y Rajoy se despidieron desde la tribuna con los habituales reproches, entre los que el presidente del PP incluyó la «herencia envenenada» que el inquilino de La Moncloa deja (casi le faltó decir «me» deja). Pero no era el tono agrio de otras ocasiones: el reglamento no cedió a Rajoy tiempo para una despedida protocolaria y le cortó el micrófono antes de que pudiera desear suerte a su ex adversario en su nueva singladura «particular».

Por los pasillos de la Cámara se adivinaban humores muy distintos. Desde los de los diputados que han decidido -mayoritariamente, en el grupo socialista- no optar a figurar en las listas electorales hasta la euforia de los parlamentarios «populares» que saben que, en su inmensa mayoría, repetirán en el escaño y que bastantes compañeros de partido que antes no estaban les acompañarán en el próximo cuatrienio.

Todo eso, en cuanto a la superficie. Porque la verdad es que, en cuanto al fondo, hay pocos motivos para estar satisfechos de una Legislatura bronca, poco creativa, que ha transcurrido de susto económico en susto económico, de crisis institucional en crisis institucional. Pero, en fin, tiempo habrá para el análisis demorado del «zapaterato», una época quizá afortunadamente irrepetible en la que no todos los errores los cometió, desde luego, la misma persona.

Rajoy, en esta última sesión, enumeró hasta siete razones para haber aprendido de los errores de quien él piensa que ha sido su predecesor (Pérez Rubalcaba estaba, en este acto parlamentario, como inexistente); confiemos en que, efectivamente, haya sacado las lecciones pertinentes de los errores ajenos… y de algunos de los propios. Que así sea, por el bien de todos.

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