Diez años después del fin del mundo

Hace ya diez años desde que Al Qaeda entró definitivamente en nuestras vidas. Diez años desde que aquellos dos aviones repletos de pasajeros fueron a estrellarse contra dos gigantescas torres de oficinas repletas de trabajadores iniciando su jornada laboral. Diez, desde la posterior respuesta norteamericana en particular y occidental en general contra esa nueva forma de terrorismo global. Y diez desde la invasión de Afganistán, santuario del que se acababa de convertir en el nuevo enemigo público del mundo: Osama bin Laden.

Un primer análisis de la situación una década después, podría ser incluso muy optimista. La red terrorista que entonces formaba un Estado dentro del Estado de los talibanes afganos ahora sobrevive como buenamente puede en la franja que separa Pakistán de Afganistán, sus líderes, los de entonces al menos, han sido prácticamente todos eliminados y sus comunicaciones con otros grupos o comandos se han hecho virtualmente imposibles.

Sin embargo, más allá de esta optimista visión, se esconde a no mucha profundidad otra realidad muy diferente. Al Qaeda, lejos de haber sido destruida, campa a sus anchas por diversos países en los que hace diez años, o no tenía presencia, o ésta era solo simbólica. Casos como Yemen, en donde, aprovechando la inestabilidad interna, controlan ya varias pequeñas ciudades, o como Somalia o Mauritania, donde han visto crecer su influencia poco a poco, o como Nigeria, donde están ganando peso entre su comunidad musulmana. Y no hablemos ya de Pakistán, que se ha convertido no solo en su nuevo santuario, sino también en el campo de pruebas favorito para sus atentados, contándose por decenas los que caen asesinados cada semana.

Efectivamente, el grado de alerta en el que viven los Estados Unidos y sus aliados hace muy complicado reeditar una gran masacre como la del 11 de septiembre. Sin embargo, conscientes de esto, los terroristas han cambiado sus estrategias. Aquel atentado cumplió su objetivo propagandístico y ahora toca vivir de sus rentas: ya no es necesario entrenar a un comando y enviarlo, ahora pueden ser un puñado de voluntarios los que traten por su cuenta de atentar. Evidentemente a menor escala, pero con un impacto en lo psicológico, en lo que a generar una situación de desconfianza y pánico se refiere, que los convierte en igualmente temibles. Y no solo hablamos de terroristas musulmanes. Muchos otros contrarios al predominio del bando Occidental podrían hacer también este criminal trabajo. Una amenaza, por tanto, que está ahí, que es conocida, y que también es algo nuevo que hace diez años no era imaginable siquiera.

A su vez, en los países en los que se intervino para golpear al terrorismo, es decir, en Afganistán e Irak, los resultados han sido increíblemente negativos. Por una parte, la chapucera invasión de Irak bajo la excusa de la lucha contra un teórico complot entre Sadam Husein y bin Laden supuso un duro golpe a la imagen exterior de los Estados Unidos y a la justicia de su causa. Por otra, en Afganistán, donde sí se logró derrotar a los talibanes en un tiempo record, el apoyo a los señores de la guerra, la corrupción y la falta de previsión y compromiso para con la población local, han convertido al país en un avispero del que nadie sabe cómo poder salir.

Igualmente, focos de enorme tensión como Cachemira o Palestina siguen estando ahí, sin encontrarse todavía una solución que satisfaga a todas las partes. Y lugares que antes no suponían ningún quebradero de cabeza, como las dictaduras del “cinturón verde de seguridad”, es decir, los regímenes que van desde Marruecos hasta Arabia Saudita, sufren ahora una enorme inestabilidad provocada por las ansías de sus ciudadanos por dejar de ser súbditos para convertirse, de una vez, precisamente en eso, en ciudadanos. Algo que está siendo muy bien recibido por las sociedades occidentales, con lo que sus Gobiernos, viejos amigos de los dictadores derrocados o por derrocar, se han visto obligados a virar su trato hacia ellos para no aumentar la quiebra con sus votantes, aunque ya se esté haciendo tarde y mal.

Jirones de imagen que también se dejaron cuando comenzaron a poner en entredicho las libertades individuales en Occidente o cuando se eliminó a bin Laden o cada vez que se mata a cualquier otro de sus secuaces. El bando de las democracias, aquel que debería detener y juzgar a todos los terroristas y garantizar las libertades de sus ciudadanos, ha pasado en diez años a ser un cazador de enemigos insaciable y un enorme gran hermano.

Y por último, y para colmo, toda esta política de lucha global contra el terrorismo está resultando terriblemente onerosa para sus protagonistas. Cada vehículo destacado en Afganistán, cada soldado enviado a Irak es un gasto de miles de euros mensuales que están corriendo a costa de los presupuestos nacionales. En un contexto de bonanza podría afrontarse, pero en una situación de crisis global como la actual, es muy difícil de mantener, más cuando los resultados son tan pobres. Así, el sueño de todos es marcharse antes que después, dejando a medias lo poco que se ha empezado a hacer.

En resumen, un panorama trágicamente desazonador en el que tan solo la bocanada de esperaza que supone la Primavera Árabe podría considerarse como lo único realmente positivo en este marasmo de sinsabores. Desde luego una esperanza que aún está muy lejos de fraguar definitivamente, pero por la que merece la pena, sin duda, apostar todos nuestros esfuerzos. Solo a partir de la democratización interna y desde debajo de los países árabes podremos realmente desactivar la amenaza que hace diez años llevó prematuramente a la tumba a aquel optimista mundo surgido tras el final de la Guerra Fría. O al menos, dar por primera vez en una década, un paso significativo en esa dirección.

Carlos Aitor Yuste Arija, Historiador.
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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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