Fernando Jáuregui – La pequeña rebelión de las masas.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

El comportamiento de las masas ha sido abundantemente estudiado, desde Ortega a Sloterdijk, y nunca ha sido definitivamente diagnosticado, quizá porque en el propio concepto de «masivo» se incorpora el carácter de impredecible. Y, así, a la acción de lo que algunos llaman masas, otros manifestantes y algunos, desatados, hordas, se le atribuyen motivaciones y liderazgos que no siempre se corresponden, parece, con la realidad. Escucho en alguna tertulia hablar de «levantamientos contra la legalidad» para referirse a las marchas de estudiantes y enseñantes que han hecho imposible, durante algunas horas, la vida en el centro de Madrid, y oigo también hablar de «rebelión contra la victoria del PP» a quienes se asustan por las concentraciones de «indignados» en las vísperas de las elecciones. Y me parece que no es para tanto.

Sugerir, como algunos quieren, que la «longa manus» del PSOE y del «malvado Rubalcaba» se hallan detrás de manifestaciones, concentraciones y marchas callejeras de todo tipo es, pienso, en primer lugar un proceso de intenciones sin pruebas contundentes que lo apoyen; pero ya se sabe que, sin tesis conspiratorias, no habría tanta diversión en los cenáculos y mentideros capitalinos. Pero, en segundo lugar, esta «conspiracionitis» es atribuir al PSOE una capacidad organizativa que, tengo la impresión, está lejos de poseer. El desastre de organización de la campaña de Alfredo Pérez Rubalcaba, que comenzó abominando de los mítines y concluyó ofreciendo hasta ocho diarios, es una buena muestra de lo que digo: los socialistas andan como desarbolados, pensando ya en cómo restañarán las heridas que les ha producido no lo que vaya a ocurrir en las urnas este 20-N, sino el propio desgaste de una Legislatura que ha sido de todo menos positiva para los intereses de España. Que Rodríguez Zapatero, difuminado, haya tenido mayor o menor porcentaje de culpa en lo que ha sucedido en estos últimos casi cuatro años, o cuánta responsabilidad se le pueda atribuir a una crisis global que nadie comprende muy bien, es irrelevante.

A mí me parece lógico que la gente, organizada o no, con liderazgos sindicales y políticos o sin ellos, salga a protestar contra un estado de cosas al que no estábamos acostumbrados; mire usted lo que está ocurriendo en las calles de muchos países europeos y compare. Que unos jovenzuelos hagan una pintada «contra el régimen» en la pared del Congreso de los Diputados me parece lamentable, pero no «gravísimo», como algunos alarmados o alarmadores quieren. Que otros, jóvenes y no tan jóvenes, se salten a la torera las recomendaciones de la Junta Electoral que pide que no salgan a la calle en la jornada de reflexión, puede estar incurso en el desacato, pero no nos hallamos, calma señores y señoras, a las puertas de la revolución de octubre, o de noviembre.

Confío en que las elecciones, el cambio que propicien y el buen sentido del ganador -que estoy seguro de que no se dejará llevar por las salidas de tono de algunos extremistas en su propio partido- sirvan para calmar las aguas. A usted le puede parecer, como a mí, que ciertas protestas de enseñantes, de estudiantes o de «okupas» -y no los coloco a todos en el mismo saco, por supuesto- pueden ser exageradas. Pero más exagerado aún es querer ver en esta pequeña rebelión de las masas reducidas el embrión de un estallido planificado contra el resultado de las urnas. Me parece que es al revés: ese PSOE desnortado, en este caso representado por un Rodríguez Zapatero que se ha tornado en discreto, ha acudido ya, me dicen, en auxilio del seguro vencedor. De hecho, algo similar a un Gobierno coyuntural de gran coalición se está forjando para el mes de interinidad que nos aguarda. Continuará.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído