Experimentación ilegal con humanos.

A estas alturas ya nadie parece dudar que vivimos en un mundo que viste, vota y compra aquello que con mucho tiempo de antelación los diseñadores de la sociedad nos han preparado. Si solo fuera cuestión de votos o de modas, bastaría con rebelarse un poco y aún podríamos seguir creyendo que somos libres; por desgracia, la manipulación va mucho más allá de lo imaginable.

Las nuevas investigaciones técnico-científicas, que cada día nos asombran con algo nuevo, tienen mucho que ver con este dominio global de las conciencias. Que la ciencia estuvo siempre al servicio de los militares y de la guerra a ningún adulto con una formación mediana le debiera resultar novedoso. El internacionalmente reconocido neurofisiólogo español, José Rodríguez Delgado, trabajó hace ya medio siglo en un proyecto de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, financiado por la Oficina de Investigación Naval norteamericana, en el que se experimentaba en el control remoto de la conducta de animales, colocando minúsculos electrodos en los cerebros de gatos, monos e incluso toros bravos. En 1964, Delgado consiguió frenar en seco a un toro que ya estaba embistiendo, accionando uno de estos minúsculos aparatos. El Doctor tenía en mente que el artilugio en cuestión sería de gran utilidad en un futuro próximo para controlar las masas.

Controlar la conducta humana era un viejo sueño del Tavistock, y para ello se realizaron proyectos y subproyectos que si bien empezaron en los años 50, se mantuvieron ocultos hasta que, a mediados de los 70, el llamado “Comité Church” del Senado de los Estados Unidos, denunció que algunos científicos de la CIA estaban llevando a cabo horribles experimentos con drogas e hipnosis. Entre sus maestros se encontraban los científicos nazis, introducidos ilegalmente en el país al final de la Segunda Guerra Mundial, mediante el proyecto secreto Paperclip, que habían utilizado los campos de concentración como laboratorios y a los judíos, gitanos y polacos como cobayas.

El caso Watergate, popularizado porque provocó la dimisión del presidente Nixon, sacó a la luz muchos negocios sucios de la CIA, entre ellos, la experimentación ilegal con humanos. En 1977, el entonces director de la Central de Inteligencia, Stansfield Turner, tuvo que declarar ante el Senado a propósito del proyecto secreto MK-Ultra. En este programa participaron 185 científicos de diferentes especialidades y se realizaron 149 experimentos sobre la conducta humana, de cuya ilegalidad no cabe ninguna duda. Las pruebas se realizaron en 12 hospitales, 3 cárceles, 59 universidades e institutos científicos, y en varios laboratorios y fundaciones. En su declaración ante el Senado, Turner alegó que “al principio el proyecto MK-Ultra fue un programa defensivo para averiguar cómo habían conseguido los soviéticos y sus aliados controlar el cerebro humano mediante drogas o lavado cerebral […] pero ya en los años cincuenta el proyecto se convirtió en ofensivo”. El MK-Ultra consistía entre otras cosas en realizar emisiones de microondas sobre los cerebros humanos a fin de experimentar con la manipulación de masas. Hoy, por documentos desclasificados en virtud del Acta de Libertad de Información (FOIA, por sus siglas en inglés), hemos conocido realidades que siempre habíamos sospechado. El “suicidio colectivo” de Guyana, se sospecha que fue una experiencia de este proyecto.

LA MASACRE DE GUYANA
Han pasado 33 años desde aquel noviembre del 78 en que la noticia del suicidio en masa de 900 seguidores de la secta del “Templo del pueblo” en Guyana, con el reverendo Jim Jones al frente, conmocionara al mundo. Después de muchos reportajes, análisis sociológicos, películas y series de televisión sobre el tema, es solo una anécdota más en el abanico de sucesos. Los que nos hemos habituado a ir más allá de la pura noticia y a realizar una labor detectivesca de ciertos hechos que escapan a lo cotidiano, seguimos indagando y recabando datos sobre el suicidio de este colectivo.

Todo había comenzado unos años antes con la creación de una sociedad benéfica para dar trabajo y comida a los hambrientos, en uno de los barrios más míseros de Indianápolis. En 1970, Jim Jones funda su iglesia en el barrio Filmore de San Francisco. Su espíritu no puede ser más evangélico: Un “escaparate de todos los justos y rectos deseos” parece ser su lema. Sus instalaciones incluían una guardería, una carpintería y una imprenta. Jones se convirtió en poco tiempo en el “oráculo” de todos los líderes de los movimientos oprimidos, y llegó incluso a destacar en el Partido Demócrata de San Francisco. Ya en Guyana, consiguió convertir un trozo de selva inhóspito (32 grados a la sombra con un 80 por ciento de humedad) en una granja modelo. A partir de aquí su vida cambia y también la de sus seguidores. Empieza a sentirse perseguido y víctima de la CIA con la que anteriormente había colaborado.

Por aquellos años, la Central de Inteligencia investigaba en varios proyectos de control de masas, entre ellos el MK-Ultra que acabamos de citar. Jim Jones era el personaje ideal sobre quien focalizar estas experiencias. Existe la duda de si Jones era miembro de la CIA en ese momento o simplemente una cobaya más. En cualquier caso, todo parece indicar que el congresista Leo Ryan habría descubierto en su visita a Georgetown que aquello era un laboratorio de control mental y eso le costó la vida, lo mismo que a parte de la comitiva, aunque lo publicado dista mucho de la verdad. Curiosamente, los cientos de personas que se suicidaron en la selva de Guyana eran los mismos que pocos años antes habían colaborado en la construcción de una valla de seguridad para impedir que suicidas potenciales se arrojasen desde las alturas del Golden Gate Bridge. ¿Qué o quién los hizo cambiar tan radicalmente?

En estos años también se hicieron experimentos sobre la incidencia de las microondas en los seres humanos. El científico Andrija Puharich, que trabajó en algunos de estos proyectos, hablaba en sus charlas de las ELF (Extremely Low Frecuencies), frecuencias extremadamente bajas (aproximadamente 4 ciclos por segundo), y su incidencia negativa en los seres humanos. Otros programas de manipulación y control en los que los servicios secretos han intervenido son el RHIC (Control intracerebral radiohipnótico) y el EDOM (Disolución electrónica de la memoria). La misión de estos proyectos, aún vigentes, es controlar la mente a distancia mediante estímulos radiohipnóticos, provocar la amnesia a voluntad mediante drogas e hipnosis, borrar electrónicamente fragmentos de memoria e insertar fragmentos de historias no vividas. Aunque el director de la CIA declaró que, a la sazón, no estaban trabajando en ningún proyecto, existen fundadas sospechas de que sí se ha seguido experimentando.

La estimulación electromagnética de las funciones cerebrales puede crear artificialmente una serie de sensaciones y sentimientos que van desde el miedo al placer. Rodríguez Delgado y sus colegas, que trabajaban en diferentes agencias de espionaje gubernamentales y militares, encontraron un vasto campo de aplicación de los campos electromagnéticos (EMF) en la mente y en el cuerpo de los humanos.

El proyecto Pandora, un estudio de la Agencia de Investigación sobre Proyectos Avanzados para la Defensa (DARPA), realizado entre en 1965 y 1970, tenía como finalidad dirigir el comportamiento de los soldados enemigos provocando que éstos oyeran voces en sus cabezas mediante la creación de campos electromagnéticos, es decir, emisión de mensajes en ondas a una frecuencia inferior a la audible. Su denominación era “armas defensivas no letales”. Un informe de 1976 de la Agencia de Inteligencia de Defensa dice: “Las microondas de muy baja frecuencia pueden originar sonidos y palabras que el individuo cree que se originan en su cabeza”. Las microondas pulsantes aparte de crear falsas realidades son capaces de producir disfunciones nerviosas y enfermedades físicas. Otro de los fines era determinar los efectos de las radiaciones de microondas en la fisiología humana. Algunos de estos efectos son dolores de cabeza, varios tipos de cáncer, insomnio, irritabilidad, alucinaciones, cambios bruscos de humor, daños en los cromosomas y cambios en el sistema inmunológico.

Una de las modernas y futuras maneras de manipular son los implantes. En España, desde hace unos años es obligatorio implantar un microchip a los animales de compañía. Qué duda cabe que conlleva algunos beneficios y, bien vendida, la idea resulta positiva, pero peligrosa. ¿Es esto un precedente extensible a los humanos? De hecho, ya existen chips para aliviar en el ser humano ciertas afecciones de columna y controlar los síntomas del Parkinson. Los muy avanzados opinan que no está muy lejano el día en que los seres humanos llevemos un chip con nuestra información biológica, médica, financiera y quién sabe cuántas cosas más. Algo que a priori puede parecer tan beneficioso, puede resultar aterrador si analizamos sus últimas consecuencias.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora
Directora de Ourense siglo XXI
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
www.magdalenadelamo.com
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(19/11/2011)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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