Egipto, segundo asalto.

Visto desde la perspectiva que nos dan estos pocos meses transcurridos, parece claro que tres fueron los factores que marcaron las primeras semanas de la Primavera Árabe en Egipto. En primer lugar, sin duda alguna, el hartazgo de la sociedad egipcia tras años de huera dictadura, crisis económica y lacerante corrupción. Puede que la llama de la revuelta tunecina les sirviera como detonante, pero tan solo porque ésta fue a caer en el producto de décadas de plomo y pólvora.

El papel que jugó el dictador Hosni Mubarak tampoco debe ser pasado por alto. La esclerosis intelectual de su régimen le llevó a optar por la única medida que conocía, y que, para ser sinceros, le había venido dando uno unos óptimos resultados desde su inmediata llegada al poder: la más despiadada represión contra cualquier discrepancia, viniese de donde viniese.

Y en tercer lugar, y a la postre el factor que inclinó el fiel de la balanza hacia el bando de los congregados en la plaza de Tahrir, el ejército egipcio, quien, al desobedecer la orden de aplastar las protestas, marcó el punto final del reinado de Mubarak. Con una policía desbordada y un ejército en franca rebeldía, a éste no le quedó otra que presentar su dimisión.

Habiéndose desarrollado así las cosas, no fue de extrañar que el papel de árbitro y garante de la seguridad de todos los egipcios, que se arrogó el ejército por propia voluntad ante el vacío de poder resultante, contase de inmediato con el apoyo de una amplia mayoría de la sociedad.

Sin embargo, el paso de los meses ha demostrado que aquella decisión fue lo más parecido a poner a un zorro al cuidado de un gallinero. Pese al juicio a Mubarak y algunos de sus secuaces, responsables últimos, pero desde luego no únicos de lustros de tropelías, se ha ido extendiendo entre los egipcios la sensación de que allí se ha elevado a la categoría de arte aquella magnifica frase de “El gatopardo” de G. T di Lampedusa, “las revoluciones hacen que todo cambie para que todo siga igual”.

La promesa de unas elecciones presidenciales que conduciría al poder a un civil elegido por civiles se ha ido difuminando en el horizonte lentamente, y ahora mismo no hay nadie que pueda afirmar cuándo tendrán lugar, si es que llega el día en que estas se celebren finalmente.

Cuando el pasado marzo entrevisté, junto a la periodista hispanomarroquí Imane Rachidi, a la primera mujer que aspiraba a presentarse a la presidencia de Egipto, Anas Elwogud Elawa, todo parecía posible: una mujer pidiendo el voto para su candidatura, cristianos coptos y musulmanes celebrando juntos la caída de Mubarak, o los radicales Hermanos Musulmanes anunciando que aceptarían las reglas del juego democrático que se marcasen.

No ha pasado un año desde entonces y todo parece haber tomado un rumbo de ciento ochenta perfectos grados. Los militares siguen en el poder, los esbirros de Mubarak continúan campando a sus anchas, y los coptos, una “minoría” de más de ocho millones de almas, vuelven a estar en el centro de la diana de los más radicales.

Un panorama tanto o más insostenible que el de principios de año, pues ahora, la sociedad egipcia, sus hombres y mujeres, saben que si salen a la calle y ponen su grito en el cielo durante varios días, tal vez semanas, pueden tumbar muros tan altos como los de la bíblica Jericó.

La dimisión en bloque del Gobierno títere formado hace unos meses en protesta por la represión que ya ha ocasionado más de dos docenas de muertes parece anunciar que, en este segundo asalto también, la fuerza del número puede volver a doblegar al número de fuerzas empeñadas en acallar su voz.

Veremos…

Carlos Aitor Yuste Arija

Historiador

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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