Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Crónica de un heroísmo inútil.


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Cuántas veces he escuchado recomendarle al PSOE -también al PP, pero hoy eso no toca- mayor diligencia, valor y autocrítica a la hora de afrontar los cambios que las coyunturas mundial, europea y española exigen. Tanto la reacción en la noche electoral por parte de Rubalcaba -con un Zapatero silente- como lo ocurrido en el comité federal del PSOE de este sábado: siguen situados en el continuismo, sin darse cuenta de que ha llegado una nueva era, que no puede ser pilotada ni por Rubalcaba ni por ninguna otra de las familias -grupúsculos_ socialistas que se le oponen.

Al PSOE le va a tocar, es de temer, una larga espera para recuperar el poder. Y la influencia en la sociedad. Ha salido abrasado de su paso por el Gobierno, y Zapatero, al que bastantes cosas buenas hay que reconocerle en esta última etapa, ha dejado un partido destrozado como nunca. Ni siquiera Almunia, al perder frente a Aznar, produjo tanta tierra quemada.

Pérez Rubalcaba no está, en su admirable sacrificio personal, sabiendo gestionar su enorme derrota. Tendría que haber anunciado que se marcha, que había que buscar un candidato a la secretaría general capaz de hacer frente a ocho años de travesía del desierto, de ostracismo. Tengo para mí que ahora saldrá a los medios de comunicación, a esos mismos medios de los que huía, intentando la heroica tarea de salvar los muebles.

Muchas cosas van a ocurrir en el PSOE de aquí a febrero. Me consta que hay grupos influyentes de jóvenes militantes a la busca del «Zapatero del 2020», el hombre -hoy joven- capaz de arrasar en unas elecciones futuras… cuando sea. El problema del PSOE es que no tiene banquillo: no hay jóvenes de valía, que se conozcan, más allá de los siempre citados, a los que nadie ve con la suficiente confianza, que carecen del suficiente tirón. Y lo peor es que la sociedad les da la espalda: ni Rubalcaba, ni los muy veteranos que le apoyaron en la campaña, suscitan ya entusiasmos. Las candidatas y candidatos que suenan -que se hacen sonar a sí mismos-, menos aún.

El PSOE español tiene que acometer su Bad Godesberg, renunciar a esa «o» de «obrero» que ya nada representa, convertirse en un partido radical y repensarse la democracia interna, si es que tal cosa existe. Perdonen que opine tan contundentemente, pero conozco bien a esta partido desde hace muchos más años que la mayoría de los furibundos recién llegados -o casi- que pretendían quedarse, a golpe de apariciones en tertulias televisivas, con el santo y la limosna. Ahora tienen que comenzar de nuevo, casi desde el principio. Nadie creerá que Rubalcaba sucede a Rubalcaba, pero tampoco que Chacón suceda a Rubalcaba.

La respuesta al congreso socialista de febrero es la preparación para ocho años de aguacero. La promoción de un joven prometedor -lo siento, yo no los conozco- y prepararse para un cambio de ciclo, cuando toque. En ese sentido, el comité federal de este sábado no ha servido -se esperaba- para nada. Para nada.

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