Al Qaeda, la escisión imposible.

Desde su fundación a finales de los años ochenta, Al Qaeda tuvo muy claro cuál era su objetivo: crear una gran comunidad musulmana por encima de naciones y fronteras que abrazase una sola fe y se rigiese por una única ley: la Ley Islámica. O para ser más exactos, más que “crear”, “retornar”, pues su ideal de futuro busca recrear su ideal de pasado, el de los primeros días del Profeta Mahoma. Su versión de los mismos, naturalmente.

Identificado su norte, sus dirigentes pasaron a definir los obstáculos que les separaban de él, es decir, los líderes de las naciones musulmanas y quienes les apoyaban. Era simple: sin esos líderes no habría naciones, y sin naciones toda la comunidad musulmana sería una. ¿Pero por qué existían esos líderes? Pues, siguiendo sus vesánicas conjeturas, por culpa por una parte de una nebulosa llamada “Occidente” –y que incluía a los “cruzados”, a los judíos, a los indios politeístas, a los chinos comunistas…- y por otra a los “herejes” musulmanes: socialistas, liberales, agnósticos o ateos, homosexuales, feministas…

Este es el resumen conciso de unas ideas de una simpleza espeluznante, las mismas sin embargo que han costado en las últimas dos décadas varias decenas de miles de muertes. Muchas de ellas en Occidente como bien sabemos todos, pero muchas más, y a ritmo diario, en los países árabes y musulmanes. En todo caso, un reguero de caos y destrucción que llevó hace tiempo a nuestras autoridades a definir a Al Qaeda como un grupo terrorista. Un acierto a medias.

Es evidente que son terroristas, y de los de la peor ralea, lo que ya es mucho más discutible es que formen un “grupo”. Al Qaeda es un concepto, una franquicia, pero ni son, ni pueden, ni quieren ser un grupo. No pueden porque el control absoluto de las comunicaciones por parte de los EEUU les hace, si no imposible, sí muy arriesgado mantener contactos a nivel global entre ellos. Y no quieren serlo tampoco porque les es mucho más útil para sus objetivos no ser un grupo terrorista al uso, con una estructura y un líder reconocible.

Así, y al contrario que en los grupos terroristas “tradicionales”, basta con querer pertenecer a Al Qaeda para entrar formar parte de la misma. No hay que pedir permiso a nadie, únicamente hay que buscar sus mismos objetivos. Claro que si no hay ninguna selección para ingresar, ni tampoco ningún grupo jerarquizado… ¿cómo puede uno escindirse de algo así? No puede. Puede ser que un grupo se escinda de otro, ya por problemas internos, ya por necesidades tácticas –nada más peligroso para los terroristas que formar un grupo numeroso-, pero siempre seguirán siendo Al Qaeda. O dejarán de ser. No hay término medio.

Por todo esto, aunque el grupo que se ha dado a conocer como «Comunidad para el monoteísmo y la yihad en el oeste de África» pueda ser una rama desligada de “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, lo que es seguro es que es parte Al Qaeda. Y prueba de ello es que esa fórmula de “para el monoteísmo y la yihad” la emplean en sus nombres grupos pertenecientes Al Qaeda en Filipinas u Oriente Próximo y se sabe que fue una de las favoritas de Osama bin Laden.

Conocer al enemigo es el primer paso para derrotarlo, y así, aunque analizar si se trata de una escisión o no puede ser decisivo en grupos como el IRA o ETA, en el caso de Al Qaeda es una soberana perdida de tiempo. Y teniendo en cuenta que esta es la fracción que ha reivindicado el secuestro de los dos cooperantes españoles y una italiana hace unos días en el Sahara, por desgracia, tiempo es algo que no sobra.

Carlos Aitor Yuste Arija

Historiador

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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