Rafael Torres – Al margen – El último en saberlo.


MADRID, 06 (OTR/PRESS)

Así como el cónyuge víctima de una infidelidad suele ser el último en enterarse de ella, o Felipe González el último en enterarse de la corrupción que necrosaba la Administración, y todavía gracias a que lo vio en los periódicos, así el pueblo español, o como nos llamemos ahora el montón de gente que vivimos aquí, ha sido el último en saber de las presuntas andanzas cleptómanas del exjugador de balonmano, yerno del monarca, duque y últimamente experto en telefonía sudamericana, Iñaki Urdangarin.

Lo sabía, según confesión propia, la Casa Real, o cuando menos lo suficiente para recomendar al bigardo que ahuecara el ala y mudara de nido; lo sabían, claro, las administraciones autonómicas y municipales que alegremente le soltaban la tela; lo sabían los equipos de fútbol y las empresas que le pagaban a precio de oro sus informes y asesoramientos de sustancia nula; el PSOE balear se olía algo; y Hacienda, la propia Hacienda Pública, también lo sabía como mínimo desde 2004. Sin embargo, a pesar de que Hacienda somos todos y de que, en consecuencia, nos lo tenía que haber dicho, hizo oídos de mercader y puso la mirada huidiza, como distraída, ante el meteórico carrerón dinerario del muchacho, mientras, eso sí, les metía unas paralelas que temblaba el misterio a las personas decentes, que son casi las únicas, porque es muy fácil dada su decencia y su pobre capacidad para el fraude y la ocultación, a las que empapela la Agencia Tributaria.

Lo sabía todo el mundo, menos los dueños del dinero que, en manos de políticos honrados y administradores serios, podía, si no habernos evitado el grueso de la actual miseria, que en Tarragona ya ni atienden a los infartados a partir de las cinco de la tarde, sí haber servido para hacer y dotar los colegios, las guarderías, las residencias públicas de mayores, los ambulatorios y los transportes que no hay, que tampoco había cuando las vacas gordas. Y a propósito de saber y no saber, y respetando, como no podría ser de otra manera, la presunción de inocencia: ¿Sabe alguien, si se acreditan las imputaciones, si lo devolverá?

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