Irán o la cortina de uranio

Cuando a finales de los años cincuenta del pasado siglo los Estados Unidos y el por entonces sah, Mohammad Reza Pahlevi, firmaron los primeros acuerdos encaminados a dotar a Irán de un programa nuclear pacífico, ambas partes los consideraron como un rotundo éxito. Irán se garantizaba el acceso a una fuente de energía barata sin tener que sacrificar sus reservas de petróleo, mientras los EEUU acrecentaban su influencia sobre los iraníes a la par que se hacían con un pingüe negocio. Y todo ello en la frontera sur de la URSS.

Aunque la idea era que para el año 2000 fueran más de una veintena las centrales nucleares en marcha, la Revolución del ayatolá Jomeini de 1979 frustró todos estos planes. La inmediatamente posterior guerra contra Irak, el aislamiento internacional y la inestabilidad interna llevaron a las nuevas autoridades a marginar completamente el programa nuclear durante más de una década.

Sólo una vez finalizada la guerra, ya a primeros de los noventa, se volvieron a dar decididos pasos en esta dirección. Sin embargo para ese momento la situación había cambiado radicalmente: los Estados Unidos habían pasado de ser el principal aliado y proveedor de tecnología de la monarquía del sah a un enemigo mortal del nuevo régimen teocrático fundado por Jomeini, y el apoyo de los ayatolás a diversos grupos terroristas en Oriente Próximo no les hacían mucho más interesantes para otras naciones. Únicamente Rusia y China se ofrecieron a ayudarles, aunque en el caso de Rusia, siempre que fuesen ellos los que controlasen el proceso para evitar que éste pudiese desviarse hacia fines militares.

Así, y pese a las presiones de los EEUU, Irán pudo reiniciar su programa nuclear, desde entonces envuelto en una espesa capa de secretismo que ha desesperado durante los últimos años a los responsables de AIEA (Agencia Internacional de la Energía Atómica). A su vez, y más allá de las presiones diplomáticas, parece seguro que paralelamente se comenzó a desarrollar una soterrada campaña de sabotajes encaminada a retrasar el programa nuclear iraní, que efectivamente comenzó a sufrir numerosos contratiempos achacables según ellos a agentes israelíes y estadounidenses.

Pero por si todo esto no fuera poco, tras su ajustada victoria electoral de agosto de 2005, el nuevo Presidente de Irán, Mahmud Ahmandineyad, vio en este programa una cortina de humo ideal para hacer olvidar a la gente las sombras de sospecha que pesaban sobre su elección y para ganarse, de paso, a los sectores más reaccionarios de la sociedad y las instituciones iraníes. Una baza que ha venido aireando a su conveniencia en los últimos años, más cuando su gestión económica está dejando mucho que desear, su enemistad con el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, es imposible de disimular y, de puertas a fuera, es poco menos que un apestado.

Tal vez un mal menor para los EEUU mientras estuvieron ocupados en Afganistán e Irak, pero no ahora: con Irak ya más o menos pacificado, con todos sus aliados del Golfo pidiéndole que le frene los pies a Ahmandineyad y con la popularidad de Obama en caída libre en un año electoral, parece que la baza nuclear iraní comienza a ganar enteros en la Casa Blanca.

Es complicado apuntar una solución a esta crisis, pero no cuesta nada imaginar qué podría pasarnos si las tensiones llegasen a provocar una subida del barril de petróleo a los doscientos dólares, como apuntan algunos analistas: con la crisis que tenemos, podría ser el tiro de gracia para muchas economías. La nuestra entre otras.

Carlos Aitor Yuste Arija

Historiador

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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