Esther Esteban – Más que palabras – La toga y el banquillo.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Hay gestos e imágenes que valen mas que mil palabras. Esa imagen del juez mas mediático de España y parte del extranjero, desprendiéndose de su toga y abandonando el estrado para sentarse en el banquillo y proceder al ritual que el común de los mortales ha de hacer en similares circunstancias, es una metáfora perfecta de lo que significa este proceso, el primero de los tres por el que se juzga a Garzón. Es un juez que al quitarse la toga se transformó en un humano de carne y hueso para intentar demostrar su inocencia ante un Tribunal y en su doble condición de juez y ciudadano goza de todas las garantías jurídicas que ofrece un Estado de derecho, las mismas que el, presuntamente, intentó negar a otros.

Ya sabemos que su figura, como la de cualquier otra estrella mediática no deja indiferente a nadie y que esta vista oral -celebrada con toda la pompa del Tribunal Supremo- levanta criticas y aplausos. Desde luego es noticia de interés que un juez sea juzgado para aclarar el famoso interrogante de ¿Quien juzga al juez? pero lo de menos debe ser el barullo mediático y el ruido ambiental que el personaje suscita. Lo de más es que lo que se está sustanciando, es un derecho fundamental respetado en cualquier país civilizado que es el derecho de todo ciudadano a defenderse y a preparar libremente y con intimidad la defensa con su abogado. Ese derecho es un sistema de protección frente a los abusos y de no existir sería inviable obtener Justicia, sea cual fuere el delito cometido.

A mi me importa un bledo si el ciudadano Garzón es ideológicamente un hombre de izquierdas, ni creo que sea relevante cual es el sentido de su voto en las urnas, por lo que creo que se comete un grave error planteando el asunto en términos partidistas por mucho que sea un sector- bien es verdad cada vez mas escuálido y minoritario de la izquierda de este país- el que esta enarbolando la teoría de la conspiración. Aquí y ahora no se juzga una trayectoria profesional, con luces y sombras como la de todos, lo que se está juzgando es si se ha cometido o no un delito de prevaricación -el peor que puede cometer un hombre de leyes- y que puede estar penado con una inhabilitación entre 10 y 17 años.

El otro día leí un articulo de mi admirado Pedro G. Cuartango, en el Mundo, que con su fina pluma describía minuciosamente como Albert Camus tuvo que sufrir durante años una durísima campaña de desprestigio y difamación, de la que no fue ajeno Jean Paul Sartre, que le acusaba de ser un filósofo de derechas que hacia el trabajo sucio de la burguesía, al guardar silencio sobre los crímenes del ejercito francés en Argelia. El había nacido en ese país y vivió parte de su corta vida -murió en un accidente a los 47- amargado por esas acusaciones de la izquierda que le dibujaban como cómplice del colonialismo. Poco antes de morir pronunció aquella celebre frase de » o creo en la justicia pero siempre defenderé a mi madre antes que a la Justicia» por lo que fue tachado de todo y por su orden. Cuartango aclara de forma brillante que a lo que Camus se refería es que a la justicia jamás se puede llegar a través de la injusticia. Pues eso, nada que añadir y aplicarse todos el cuento y el primero, Garzón y sus palmeros políticos y mediáticos

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