Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – España, ese gran banquillo.


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

¿Qué dirá el jurado sobre el caso de los trajes de Camps? Quien me haya seguido en este caso, sabrá que nunca le he dado tanta importancia al hecho en sí como a que en la Comunidad Valenciana, siento decirlo, algo olía a podrido y véase, si no, el «caso Carlos Fabra». Se ha gastado mucha cohetería -y mucho dinero- en un juicio que apenas lleva aparejada la pena de una falta, suponiendo que el expresidente valenciano fuese declarado culpable, y acaso nos hemos dejado atrás, en el olvido, cosas mucho más graves. Lo mismo podría decir del proceso que se siguió -y los que se seguirán- contra Baltasar Garzón: las salas de los tribunales sustituyen ahora al «pan y circo»: los ciudadanos devoran cada detalle del absurdo comportamiento de Camps ante los jueces, cada palabra que sale de la garganta rota de Garzón. Y esto es solamente el comienzo, que ahora vienen Urdangarín, Blanco…

Un observador casual podría pensar que España es un país profundamente corrompido, de Baleares a Andalucía, de la Comunidad Valenciana a Cataluña, de Castilla-La Mancha a Madrid, de Galicia a… Un país en el que casi todo ha sido posible, en el que -como en cierta ocasión dijo un exministro de Economía- era fácil hacerse rico en un tiempo récord. España ha sido, es, un gran banquillo en el que, generalmente, se dilucidan cuestiones de menor cuantía, aunque de máxima podredumbre moral. Lamentables ejemplos, que, sin embargo, no ofrecen, me parece, la radiografía real de un país.

Ya sé que lo más fácil sería acusar, sin más, a la clase política, a ciertas instituciones, al entorno del Rey, a los banqueros, de ejercer sistemáticamente prácticas corruptas; seguro que muchos aplaudirían una tal acusación. Pero yo no puedo, con los datos que manejo, lanzarla. Sigo pensando que, mejor o peor preparada, mejor o peor acostumbrada al derroche, nuestra clase política es básicamente honrada, y lo mismo diría yo para los restantes estamentos. Lo que vemos en las salas de juicio son o excepciones o -así lo pienso en el caso de Garzón, un pésimo instructor, sin duda, pero no un prevaricador- demasías; sigo pensando que los que se sientan en el banquillo son, por muy conocidos y populares que sean, los menos poderosos de los poderosos, carne de cañón mediático, como Camps, listillos que creen que pueden abusar permanentemente de los demás, como Carlos Fabra, aprovechados de una posición que no merecían ocupar, como Urdangarín, tipos con la cara muy dura, que creían que todo se les debía, como Jaume Matas.

Claro que no digo que estas gentes no deban ser juzgadas, aunque piense que el ruido mediático es, ocasionalmente, excesivo. Deben, obviamente, ser juzgadas y castigadas. Lo único que digo es que estamos, quizá, difundiendo la imagen de una España sin escrúpulos que no es del todo cierta. Y tengo para mí que la seguridad en que toda irregularidad se acaba conociendo y va a parar a los tribunales va a frenar en seco todos esos abusos; una especie de vacuna facilitada por una crisis que va a dar para muy pocas alegrías en el sector público.

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