Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – La persecución a un juez.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Nunca tuve excesiva confianza en las instrucciones de Baltasar Garzón. Instrucciones valientes muchas veces, obsesivas en tantas ocasiones, poco efectivas con frecuencia, cuando no ineficaces o contraproducentes. Pero nadie como él para remover las aguas, llegar allá donde otros magistrados -colegas suyos- sesteaban. Ahora vive una pesadilla, en la que gentes sin duda de buena voluntad, colegas de no tanta e intérpretes ultra de las leyes se alían para erradicarlo de la carrera judicial -ya lo han logrado de hecho-, para procesarlo por cohecho, por prevaricación, para intentar dar con sus huesos, si posible fuera, en la cárcel.

Ya digo que no creo que Baltasar Garzón haya sido un juez siempre ejemplarmente atento a los límites que para un magistrado deben regir. Tampoco me parece, no obstante, que nadie pueda considerarlo un prevaricador si no es con una buena dosis de malevolencia. Menos aún imputarlo por cohecho, como así ha sucedido al socaire de una carta suya dirigida a un banquero. Quienes aseguran estar haciendo un servicio a la Justicia con la persecución y lapidación del que fuera «juez estrella» están, en realidad, haciendo un muy flaco favor a la causa. La Justicia tiene una venda sobre los ojos, pero hay quienes tratan de sacárselos.

Para mí, lo que ha ocurrido y está ocurriendo con Garzón es como un símbolo del inestable equilibrio que caracteriza a la Justicia española, a la que ahora un nuevo ministro, que procede teóricamente de una carrera fiscal que no ha ejercido, quiere embridar. Ni Garzón pudo llegar en alguna ocasión tan lejos -y para contenerlo hubiese bastado una decisión del Consejo del Poder Judicial, no llevarlo a juicio-, acaparar tanto caso mediático, presionar tanto a los imputados, ni esas acusaciones particulares que lo persiguen podrían haber volado tan alto, sin control alguno, con un sistema judicial más equilibrado.

Los males de nuestra Justicia se resumen en muchos de los episodios que estamos conociendo estos días, desde la ordalía a Francisco Camps -un proceso de varias semanas, con un elevadísimo coste a todos los niveles, para lo que podría haber sido un simple juicio de faltas- hasta la sucesión en cadena de procesos contra Garzón, pasando incluso por la comparecencia de José Blanco ante el juez. Cuando la Justicia es objeto de escándalo, simplemente, no sirve, porque su función es precisamente la contraria, la de pacificar y asegurar el ánimo de los ciudadanos.

Absolverán o culparán a Garzón sus juzgadores -yo espero que lo absuelvan-, pero la idea de la Justicia ya ha salido nuevamente tocada esta semana. Y van…

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