Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (VI)

(Cf. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (V)»)

El CONJUNTO POLÍTICAMENTE VACÍO: SOCIALISMO SIN SOCIALISTAS
Su obscena instalación en el neoconsocialismo —al que se agarran con una ansiedad sólo comparable a la de los recién nacidos ante la teta materna— explica que los miembros más conspicuos del PSOE de las JONS, como por ejemplo José Bono, en lugar de nombrar al «Partido Socialista Obrero Español», prefieran, simplemente, referirse al «Partido Socialista», omitiendo los dos términos que supuestamente definen al PSOE; es decir, los términos que, vinculados a dicho partido, mayor hazmerreír y vergüenza ajena provocan en los españoles: «Obrero» y «Español» (se entiende de intentarlo: primero, segundo y tercero).

El resto —«Partido-Socialista»— va de suyo: primeramente, en virtud de la alícuota distribución de lo partido y lo socializado entre los cofrades mejores del progresismo del progreso propio; y en segundo lugar, del partitocrático reparto de la Tarta Política de la nación española: golosísima tarta, trufada con monedas no precisamente de chocolate. Pero en este punto, siendo la rapiña múltiple y variada, la consigna neoconsocialista no se hace esperar:

—«Primero que se arrepientan los demás, y entre los demás, antes que primero, el «Partido Popular».»

La consigna es de pura lógica utilitaria, lógica pro domo sua, que es la única lógica sobre la que actualmente se sostiene el socialismo español, en cuyo ámbito no impera otra ética que la del más prosaico utilitarismo. Éste, castrado para la mínima sub-versión que todo ideal requiere, utilizándolas, se sirve sin embargo de las subversiones razonablemente engendradas por la sociedad, del mismo modo que el surfista se sirve de la ola propicia: no por principio alguno, ajeno a todo utilitarismo, sino por mero método de utilidad. El utilitarismo es la ética del progresismo; una «ética» que nada tiene que ver con la utilidad pública y solidaria, y sí, en cambio, con la moral del ombligo.

Y sin embargo, todo lo utilitaria que se quiera, si no ética, nadie podrá negar que no sea lógica, porque el Partido Popular también interviene en el reparto, solo que, a diferencia de su principal detractor, en la porción alícuota de lo partido y lo popularizado entre su hueste más adherida y de límpida fe. Téngase presente que la materia de los emolumentos públicos tan poco cristianamente percibidos por la Sra. de Cospedal, si algún día viene a éxito una verdadera Sociología de la Justicia Social, habrá de constituir obligado anexo para el capítulo de sus tesis doctorales. Cierto es que jamás ha tenido la desfachatez de proclamarse socialista ni predicar el socialismo esta señora, a quien por otra parte, sin necesidad de ser progresista, no le faltan razones ni sueldo para creer en el progreso. ¡En el progreso de los fenicios!, que tanto lamentara la aristocracia (auténtica) de la Hélade. Ante la barbarie de la codicia y la declinación de los valores, khrémata, khrémata anér fue el verso, tan deprimido como estentóreo, del aristócrata Píndaro: «el dinero, el dinero hace al hombre.» (Ístmicas, 2.11)

Bien lo dijo la badulaque Leire: los políticos «No acumulamos sueldos, acumulamos responsabilidades». Pero a estas alturas del escrito, el amable lector que hasta aquí me haya confiado su paciencia, ya se habrá percatado de que su asunto no gira en torno a quienes, socializando no pocas veces, sostienen empero no ser socialistas, sino, inversamente, a quienes no siéndolo, aspaviento tras aspaviento, ante la perplejidad de todos, proclaman serlo.

Nadie se va haciendo rico al mismo tiempo que se va haciendo auténticamente socialista. De hecho, los tiempos del hacerse auténtico son incompatibles con las doctrinas éticamente contradictorias y, por tanto, éticamente ilógicas o, lo que es lo mismo, incongruas para el orbe sociopolítico. En este sentido, un socialista-obrero-español, un «compañero» supuestamente auténtico, que percibe ingresos mensuales de 3.000 euros, tiene diez pisos de los que no usa más que dos, quedándole por tanto ocho disponibles, no puede consentir, entre otras cosas, que de los muchos obreros que hay sin trabajo y sin vivienda, ocho que perdieron la suya carezcan de la posibilidad de disponer de los pisos de su propiedad que no usa. La solución de venderlos o alquilarlos equivaldría a enriquecerse insolidariamente todavía más, mientras que la de convertirlos en pisos muertos —como las tierras eclesiásticas en la época de Mendizábal— debería mover a sus correligionarios a sugerirle, no digo ya a desamortizarlos, pero sí a ponerlos cuando menos a disposición de cada uno de esos ocho obreros sin vivienda ni recursos, en tanto estos no superasen su estatus de intemperie y desnudez.

Hablo de socialistas auténticos, por supuesto. Yo no soy socialista, pero —¡Dios, qué buen vassallo! ¡Si oviesse buen señore!— por qué no: podría serlo, de haberlos; y si habiéndolos, tuviesen los suficientes arrestos éticos y el nivel de heroísmo requerido en esta hora pésima para liberar el socialismo español de la fosa séptica en la que lo ha sumido el putrefacto jonsismo del PSOE de las JONS. El socialismo no lo inventaron Carlos Marx y su consorte político, el señor Engels, quienes, en todo caso, contribuyeron a despeñarlo por la ladera más abrupta del socialismo materialista, criminal y sectario: el comunismo. Antes bien, las tendencias personales socializadoras, propias de la cultura humanista y la cultura cristiana —no sólo pues, en sentido estricto, de lo que pudieran representar un humanismo o un cristianismo más o menos institucionalizados— preceden muy desde atrás en el tiempo aquella barbarie partidaria. ¿Quién no desea una sociedad mejor? La diferencia entre unos y otros ha consistido —consiste todavía— en que, para conseguirla, hay quienes prefieren galopar sobre el caballo de Atila sin en el más mínimo respeto por la hierba ajena.

Se puede nacer rico, igual que pobre, pero no socialista; ni liberal, ni buena ni mala persona. Socialista, liberal, mala o buena persona, conforme a determinados valores positivos o negativos, son modos de vida que se los va haciendo uno a lo largo de la existencia personal, ganándoselos, por lo mismo que, también, deshaciéndoselos o desganándoselos. Ello es que el microcosmos personal constituye un orbe diverso de la circunstancia material, del existencial hábitat en el que cada persona, formándoselo, se construye su propio e insustituible yo. Así, servirse uno de la materialidad institucionalizada de un partido socialista no justifica de ninguna manera que uno sea socialista. Como de otro modo: un partido socialista sin socialistas es un conjunto vacío, una nada política por cuya consecuencia sólo se puede aspirar a nadear. Peor aún: un partido socialista cargado de ofensivos junteros neocon es una letrina insoportable que no se merece un país civilizado y democrático.

Faltaría saber ahora si en verdad nuestra España actual lo es: civilizada y democrática.

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(Cfr. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (I)»)

(Cf. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (II)»)

(Cfr. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (III)»)

(Cfr. Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (IV))

(Cf. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (V)»)

NOTA: Como complemento a todo lo dicho, si aún le queda algo de estómago, puede ilustrarse el lector con la siguiente CARTA ETICA de la INTERNACIONAL SOCIALISTA.

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R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(24/05/11)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

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