Fernando Jáuregui – Cincuenta días que (aún no) cambiaron España.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

El plazo tópico para conceder la gracia de la espera a un Gobierno se ha cifrado tradicionalmente en cien días. A partir de ahí, existe más o menos barra libre para criticar lo que hasta ese momento se ha hecho o se ha dejado de hacer. El Ejecutivo de Rajoy lleva cincuenta días de ejercicio, y en este tiempo se han realizado ya algunas reformas, se han anunciado otras, reina el silencio sobre algunas de difícil aplazamiento y, en cambio, existe una algarabía notable sobre ciertas medidas que nadie reclamaba y que han sido pregonadas por dos o tres ministros en busca de protagonismo y titulares, cuando no de «vendetta» con el pasado inmediato. Es decir, nos encontramos con bastantes claros y también con algunos oscuros a la hora de analizar globalmente estas siete últimas semanas.

Pero lo más importante (y lo más positivo) es, me parece, que, tras los primeros sustos -subida por sorpresa de impuestos, por ejemplo-, se ha iniciado ya un camino de normalización en la vida política y económica; nada conviene tanto a la marcha de un país como lo previsible, la seguridad jurídica, la constatación de que los pilares básicos no se van a alterar. Si ello se consigue en cincuenta días, pongamos setenta si usted quiere, en lugar de en cien, santo y bueno.

Hay que reconocer que esa seguridad se ha visto alterada hasta ahora con un par de anuncios, con un par de disposiciones. Pero convengamos que la famosa «previsibilidad» de Rajoy aún mantiene casi intacto su capital. El presidente dijo que a finales de marzo el panorama de cambios legales, impositivos, el horizonte económico y particularmente el presupuestario, serían los trazados a su llegada a La Moncloa, y nadie tiene por qué dudarlo. Hasta el momento, las dos grandes reformas principales, la financiera y la laboral, que deberá aprobarse este viernes en el Consejo de Ministros, se han presentado cuando nos dijeron que iban a presentarse. Y no han querido ahorrarnos sustos soslayando la que parece ser la realidad económica: el mismísimo Rajoy habló de «situación crítica» y prácticamente todo el elenco ministerial nos ha venido anunciando medidas de ajuste que resultarán duras, aunque muchas no se hayan detallado demasiado hasta hoy.

Yo diría que a la inseguridad jurídica implantada por el Gobierno anterior, que se vio sorprendido por una situación internacional que no esperaba, agravada por errores de bulto, el Ejecutivo de Rajoy quiere contraponer el lenguaje descarnado de lo esperable: esto es lo que hay, y que nadie crea que se edulcora o se exagera la realidad. Otra cosa es que esa realidad nos guste, que obviamente es difícil que pueda gustarnos.

Resulta lógico, por lo demás, que existan diferentes puntos de vista sobre las recetas a aplicar: yo, la verdad, tampoco estoy seguro de que la austeridad y el recorte por principio, tal y como están siendo decretados, «manu militari», desde instancias europeas, vayan a mejorar el panorama de empobrecimiento general que los ciudadanos están experimentando. Han de llegar cambios, sí, pero ¿qué cambios y hasta dónde y hasta cuándo? La reanudación de la vida parlamentaria -tras cinco meses con unas Cortes casi inoperantes- nos ha permitido atisbar, sólo atisbar, por dónde puede ir el debate con la oposición. El caso es que nos asomamos al vértigo del cambio radical impuesto por la llegada de una nueva era. Sospecho que los nuevos gobernantes no esperaban tener que afrontar la magnitud de estos cambios; desde luego, parece evidente que no todos estaban previstos. Y más que tendrán que venir.

Cincuenta días es muy poco en la vida de un país, incluso cuando las circunstancias reclaman zarandear con urgencia tantos principios que hace pocos meses parecían inmutables. Y es un plazo corto, demasiado corto, como para haber logrado un cambio en la mentalidad social, que es algo que va mucho más allá de la mentalidad de los ministros, de los banqueros, los empresarios o los sindicalistas. Me enorgullece, debo decirlo, la serenidad con la que los españoles están encarando el palpable empeoramiento de sus condiciones de vida; pero poco habrá logrado el nuevo Gobierno de España si, en las próximas semanas, no ha logrado llegar a un pacto social de alcance y envergadura, basado en la equidad, en la prudencia, en el realismo y, naturalmente, en el sentido común. Y esas son, desde luego, cualidades que no podemos pedir solamente a los gobernantes de turno.

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