Isaías Lafuente – A ver si lo entiendo…


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

El Banco Central Europeo ha vuelto a inyectar liquidez a la banca europea. Más de medio billón de euros que se unen a otros tantos que se ofrecieron en la anterior adjudicación. Un billón de dinero fresco y barato, al 1 por ciento y a devolver a tres años. El ingenuo pensaría que, siendo la banca privada el núcleo central del sistema circulatorio del dinero, al menos parte de la trasfusión recibida llegará a los vasos capilares de la economía a través del crédito a las empresas y a los ciudadanos. Pero no. Los expertos más optimistas consideran que la normalización del crédito, la última fase del saneamiento bancario, no llegará antes de mediados de 2013.

¿Qué es lo que sucede entonces? Que la banca tiene otros planes. Con lo recibido saneará sus balances, afrontará sus vencimientos más apremiantes y el resto lo dedicará a comprar deuda pública, por la que recibirá el triple de los intereses que abonará al BCE, o a ofrecer, como lo ha hecho la banca española, créditos al 5 por ciento para que las administraciones locales puedan pagar los 40.000 millones que deben a sus proveedores. El ingenuo insistente se preguntará entonces por qué el BCE, en vez de usar intermediarios que se forrarán con la transacción, no inyecta directamente el dinero al 1 por ciento a los Estados y a las entidades locales. A lo que el experto responderá que sus estatutos lo impiden. Y el ingenuo, un punto cansado, preguntará ¿y no sería más fácil cambiar los estatutos? En este punto, el experto ya se habrá marchado.

Y mientras luchamos por salir de la estupefacción, leemos un informe del Partido Socialista Europeo según el cual el fraude fiscal en España llega a los 72.000 millones de euros y la economía sumergida mueve 240.000 millones. Aunque las cifras fuesen sensiblemente inferiores, el mero afloramiento de esta economía opaca permitiría aliviar nuestro déficit sin que paguen más quienes ya pagan, esa inmensa mayoría que hoy estará repasando su nómina menguada. Las preguntas del ingenuo se las pueden imaginar, porque su legítimo cabreo ya lo estamos viendo en las calles. Cuando estalló esta crisis, fruto de los desmanes del capitalismo, pensamos que el capitalismo necesitaba una reforma. Pero no. Son los empleos, las nóminas de quienes tienen la fortuna de seguir trabajando, sus derechos laborales, la voz de sus representantes sindicales, las prestaciones sanitarias y la educación los que están siendo retocados en un viaje que no sabemos si tendrá retorno. Y si lo tuviera, se nos antoja más complicado que, por ejemplo, cambiar los estatutos del BCE para eliminar las perversas circunvalaciones que toma el dinero que inyecta en el sistema.

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