Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Malos tiempos para Rubalcaba.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Vaya por delante mi respeto político y humano a Alfredo Pérez Rubalcaba, que se presentó a las elecciones generales, porque no había otro, sabiendo que iba a perderlas de calle; que compitió con limpieza por el inevitable control del PSOE en el reciente congreso de este partido y que trata de enfrentarse con una línea de oposición propia a la aplastante mayoría absoluta de sus rivales del Partido Popular. Han sido muchas las tareas que han caído sobre la cabeza de Rubalcaba, muchos los disgustos que ha tenido que llevarse, mucha la ojeriza que le tiene una parte de la sociedad española, que recela de todos y cada de los movimientos de este veterano de la causa pública, a quien reitero mi reconocimiento, seguido del inevitable «pero»: creo que ni está acertando ni, de alguna manera, le permiten acertar.

Rubalcaba tendría que haber salido mucho antes de lo que lo hizo, la semana pasada, para expresar su apoyo al Gobierno de Mariano Rajoy en los momentos de tensión, nacional e internacional, que vive. Ni este apoyo se puede limitar apenas a las «disidencias» de Rajoy con la UE en materia de la previsión del déficit público; el pacto, que debe llegar cuanto antes, tiene que ir más lejos.

Comprendo que la obligación de los socialistas es combatir una reforma laboral que, por lo demás, parece no haber convencido de sus bondades a demasiados españoles; la crítica no solamente es posible, sino necesaria. Pero también pienso que Rubalcaba debería haberse mostrado más colaborador a la hora de pensar «juntos» mejoras al texto en la tramitación parlamentaria, para no hablar ya de la legislación complementaria que el Ejecutivo del PP tendrá que elaborar para que acompañe, con medidas positivas, a la reforma. El PSOE no se puede convertir ahora en una fuerza sindical de combate y de apoyo a los manifestantes callejeros -no me consta que oficialmente haya prestado este apoyo, es la verdad-: tiene que entender que las salidas son políticas negociadas, y que el lenguaje de combate ahora no sirve, máxime cuando no hay más elecciones a la vista que las asturianas y, sobre todo, las andaluzas, en las que los socialistas no tienen, por decir lo menos, buenas perspectivas. Y, si no hay más confrontaciones electorales a la vista en el corto plazo, ¿por qué, en lugar del viejo griterío confrontado, no buscar ahora una colaboración que me parece que los ciudadanos, agobiados por las malas perspectivas, exigen?

Pero ya digo, seguramente angustiado por la necesidad de hacerse con el control de un partido que no salió demasiado unido del congreso de hace un mes en Sevilla, sin duda contrariado por reveses como la victoria de Tomás Gómez en el Partido Socialista de Madrid -pero ¿a quién se le ocurrió colocar frente a Gómez a una candidata tan endeble?–, viéndose en una cierta soledad política. Rubalcaba, el mago que de tantas ha salido, simplemente, no acierta. Su manera de hacer oposición parece dar bandazos de un lado a otro; Rajoy tampoco se lo está poniendo muy fácil ni se está mostrando demasiado dialogante, esa es la verdad. Rubalcaba tiene sus problemas a corto plazo, Rajoy los suyos, y aquí nadie piensa ni en el medio ni, menos aún, en el largo plazo, en todas esas grandes reformas pendientes que quieren abrirse paso a gritos, comenzando por la constitucional.

Ni por exceso ni por defecto funciona el juego democrático Gobierno-oposición. Y eso, en un país al que la crisis despoja de perspectivas, es un peligro para el propio andamiaje democrático.

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