Esther Esteban – Más que Palabras – Mujeres e igualdad.


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

La diferencia salarial en España entre hombres y mujeres se sitúa, según los datos de Eurostat, en un 16,1 por ciento y encima estamos ligeramente mejor que en la media europea. El concepto «a igual trabajo igual salario» sigue, pues, siendo una utopía, por mucho que sea difícil de identificar, con nombres y apellidos, las empresas que siguen siendo machistas. Se sabe, eso sí, donde está la trampa: simplemente muchas mujeres realizan trabajos de igual o mayor responsabilidad que los hombres pero tienen contratos con categorías inferiores, con lo cual no hay reclamación legal que valga porque las empresas argumentan que su salario corresponde al de la categoría profesional por las que fueron contratadas.

Lo peor no es el dato, por mucho que a estas alturas cueste de creer, sino que la cifra se mantiene desde hace más de una década con la única variación de que son las madres solteras y las mujeres mayores de 65 años las que sufren una mayor discriminación, porque también son las más vulnerables. Pero la diferencia salarial no es el único dato que hace saltar las alarmas. Resulta llamativo que un 38,2 por ciento de las mujeres han dejado de trabajar durante más de un año tras el nacimiento de su hijo mientras solo un 7,4 por ciento de los hombres lo ha hecho o que seamos nosotras las que más utilizamos la fórmula de un empleo a tiempo parcial y también las que menos cargos de responsabilidad ocupemos aunque destaquemos y mucho en nuestras calificaciones universitarias.

No hay ningún ratio, salvo el del nivel académico, donde las mujeres salgamos mejor paradas que los hombres y eso significa, ni más ni menos, que seguimos siendo consideradas como inferiores en todos los sentidos y que la desigualdad de género sigue siendo un hecho constatable y cierto. Que el machismo existe es evidente y que está agazapado o se maquilla de todas las formas posibles también y, precisamente, el peor de los machismos es el cotidiano, el que padecemos día a día aunque no lo denunciemos porque al final se admite como un mal menor. Las mujeres somos más, somos inteligentes, trabajadoras, valientes, decididas, influyentes y también poderosas, pero a diario tenemos que seguir reivindicando nuestro lugar porque para un mundo de hombres, dominado por hombres suponemos una seria amenaza. A muchos les interesa seguir ahondando en el estereotipo de la muñequita bobalicona, ñoña y tonta para seguir ocultando sus propias carencias y nosotros somos consentidoras con nuestro silencio.

Ha pasado más de un siglo desde que en 1911 se celebró por primera vez el Día de la Mujer Trabajadora. Alemania, Austria, Suiza y Dinamarca fueron los países pioneros en poner en rojo una fecha que ya se conmemora prácticamente en todos los países del mundo. Desde entonces hasta ahora los avances han sido importantísimos ¡que duda cabe! y las mujeres hemos ido haciendo una revolución silenciosa e imparable en el difícil camino hacia la igualdad. Lo conseguido ha sido mucho, pero aun queda tanto por hacer que me temo que dentro de un siglo nuestras nietas y las siguientes generaciones tendrán todavía esta fecha subrayada en rojo en el calendario. Solo el día en que tal celebración desaparezca por innecesaria, empezaremos a ver la luz al final del túnel.

Nadie concebiría a estas alturas que no se nos considerara iguales a los hombres en derechos y obligaciones y, menos, que no lo fuéramos ante la ley, pero a la hora de la verdad y en el caminar del día a día, las desigualdades persisten incluso se acrecientan en algunos casos. ¿Qué falla entonces? Pues en parte fallamos nosotras mismas, cuando cubrimos con un manto de silencio cualquier abuso, por sutil que sea, en términos de igualdad. No es de recibo que la palabra PODER se siga escribiendo en masculino y singular ni tampoco que aceptemos que se haya degradado el termino «feminismo» hasta convertirlo en ofensivo, en algo antiguo y casposo para así podernos ridiculizar. ¿Hasta cuándo seguirán las cosas igual? Pues, posiblemente, hasta que nosotras sigamos consintiendo, por ejemplo, que la conciliación sea solo una bonita palabra vacía de contenido. La revolución les guste o no a ellos sigue, es imparable y terminará por calar como la lluvia fina, pero tal vez tiene que dejar de ser silenciosa para hacerla más eficaz y que el estruendo evite que caiga en el olvido.

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