Fermín Bocos – Cuando la gente explota.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Vamos hacia un mundo en el que cada vez son más los excluidos y más cínicos se vuelven los incluidos. Según las estadísticas oficiales, hay más de cinco millones de parados y esa es una realidad dramática desde la que parten dos senderos que se bifurcan: uno es el de la solidaridad o la compasión que hace que se haya multiplicado la tarea de Caritas; por el otro circulan los desaprensivos, aquellos a quienes el malestar ajeno no les distrae el sueño. Sobran ejemplos en todos los estratos sociales pero voy a quedarme en uno fechado en el Parlamento. Tenemos a sesenta parlamentarios residentes en provincias que tienen casa abierta en Madrid y, sin embargo, cobran alrededor de l.800 euros en concepto de dietas de transeúnte. Una iniciativa de UPyD para que renunciaran al citado complemento no prosperó y fue tildada ¡cómo no! de «demagógica». La coartada dialéctica fue la de siempre: «es el chocolate del loro», un pájaro que a estas alturas, de tanto cebarlo, debe volar diabético.

Naturalmente, algunos de los diputados que perciben las mencionadas dietas votaron, sin cortarse un pelo, las recientes medidas de austeridad introducidas por el Gobierno. Es la ley del embudo. Habrá quien diga que es un hecho anecdótico; que hay otras muchas partidas de las que se podría hablar. Es cierto. Podríamos abrir un debate acerca de otros privilegios que apareja la condición de senador o de diputado (nacional o autonómico), privilegios en orden a jubilaciones, seguros de vida, viajes, etc., pero no es el caso. Lo que a mi modo de ver llama la atención en este asunto es la falta de sensibilidad de quienes deciden por los demás, pero se excluyen de la parte menos agradable que acompaña algunas de sus decisiones. No quisiera generalizar, porque, a la postre, toda exageración se revela injusta, pero nos gustaría ver a nuestros parlamentarios más cerca de la realidad que revela el día a día de Caritas que «twiteando» desde el escaño o ausentándose cuando alguien, desde la tribuna, les reprocha cosas que no son presentables. Quien por egoísmo o cinismo opta por instalarse en el ¡sálvese quien pueda! se expone a que todo esto, cualquier día, acabe en naufragio. Cuando los sacrificios alcanzan a todos por igual, los ciudadanos aguantan; si no es así, llega un día en el que la gente explota.

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