Aborto e infanticidio. Nadie habla del déficit de dignidad.

Día soleado, casi primaveral. Desde mi ventana se oye ya el ¡chink-chink! de los pinzones que se acercan a las lilas, y con la brisa mañanera llega un aroma de mimosa pintada de amarillo. Todo parecía estar en paz y armonía, pero una noticia acaba de estropearnos el día. Nada relacionado con la prima de riesgo, ni con las explicaciones del superministro De Guindos ante el eurogrupo para justificar los pormenores del desvío del déficit; ni con esos mercados voraces con caretas de carnaval, que parecen ocultar fines e intenciones aviesas; ni siquiera con la huelga que pende de la pancartas de los sindicatos ansiosos de calle, tras años de contención y encierro. Preocupante situación, pero todo esto, mal que bien, más pronto o más tarde acabará arreglándose, como todo lo material y efímero. Lo que no se equilibra tan fácilmente es el déficit de dignidad. Nadie habla de él; nadie nos exige cumplir con él. Sin embargo el déficit de dignidad es la mayor carga que soporta este ser humano simplista y simplón, hedonista y utilitarista, relativista y soberbio. No sé de qué cantidades podríamos hablar, ni en qué unidades de medida, pero de muchas; pongamos que hablo de arrobas.

La noticia que nos hace estremecernos la publica hoy La Gaceta, haciéndose eco de un artículo de la revista del Institute of Medical Ethics, Journal of Medical Ethics, titulado “Aborto después de nacer: ¿Por qué debe vivir el bebé?”, que defiende el derecho a matar a lo recién nacidos, por ser algo moralmente equivalente al aborto. Así se dice, sin el menor sonrojo. El artículo en cuestión tiene como origen la Universidad de Melbourne (Australia), y está firmado por los italianos, Alberto Giubilini, doctor en Filosofía y Bioética de la Universidad de Milán y por la doctora en Filosofía por la Universidad de Bolonia, Francesca Minerva. Estos sesudos personajes fundan sus argumentos en ideólogos de la Cultura de la Muerte, como Peter Singer, apodado el profesor muerte. Su libro, ¿Debe vivir el bebé?, publicado en 1985, es el cimiento de la teoría disparatada de los citados especialistas en ética. Según Singer, los embriones o los recién nacidos no son personas pues aún no están dotados de consciencia. Por tanto, se les puede matar en el útero materno o después de nacer pues hasta pasados varios meses, no aparecen características propias: “Los bebés humanos no nacen conscientes de sí mismos ni son capaces de valerse por sí mismos durante un cierto tiempo. No son personas. De ahí que su vida no parezca ser más digna de
protección que la vida de un feto”. Aparte de llamarle filósofo de alcantarilla, tendríamos que recordarle a Singer las palabras de Juan Pablo II sobre la consciencia: “No es el pensamiento el que determina la existencia, sino la existencia, el ´esse`, lo que determina el pensamiento”.

Es preocupante el declive de la ética –me refiero a la ética atemporal—entre los filósofos y, en general de la ciencia. De la misma cuerda de Singer son los doctores James Watson y Francis Crick, infanticidas declarados, que compartieron Premio Nobel por el descubrimiento del ADN. Señala Watson que “debería tomarse en consideración la idea de privar de su personalidad jurídica al recién nacido hasta tres días después de nacer. Los padres que sospechan anormalidades fetales pueden abortar legalmente, pero la mayor parte de los defectos congénitos no son descubiertos hasta el momento mismo del nacimiento”. Por si esto nos pareciera exagerado, su compañero de Nobel, el doctor Crick, le pone el broche con estas palabras: “Los niños no deben tener la categoría de personas completas hasta los tres años. Entonces, un tribunal competente compuesto por tres médicos dictaminará si es apto para seguir con vida”. Nazismo puro.

Los autores del artículo del Journal Medical Ethics pretenden llevar al lector a su terreno arguyendo que como el aborto es una práctica completamente aceptada en nuestra sociedad, y como los bebés recién nacidos y los fetos “solo son personas potenciales pues no tienen consciencia”, en los casos en los que se acepta el aborto se debe aceptar también el infanticidio. Hay que remarcar que no emplean la palabra infanticidio y utilizan en su lugar el eufemismo “aborto después del nacimiento”. Si creíamos que en materia eufemística lo habíamos visto todo, no es así.

La pérdida de valores y la dictadura del laicismo son tan implacables que no es fácil afrontar los embates. Los ataques son sutilísimos y los medios de comunicación siempre están dispuestos, como poco, al coqueteo con estas nuevas visiones y cambios de paradigma. Como ejemplo, y ateniéndonos al tema central del redactado, el director de Journal of Medical Ethics, Julian Savulescu, no solo apoya a los autores del artículo, sino que arremete contra quienes se atrevan a criticar sus macabras ideas, disfrazadas de avance social. Se trata, según declaró a The Telegraph, de “fanáticos que se oponen a los auténticos valores de una sociedad liberal”. Se está empleando la estrategia tipo de los colectivos antivida que ya el doctor Nathanson denunciara, tras arrepentirse de su vida de abortista. Nadie desea ser tildado de fanático o de retrógrado. Y el público, casi sin darse cuenta, va interiorizando todo aquello que le insuflan barnizado de progre y liberal, aunque vaya en contra de sus valores ancestrales. El ser humano es un animal gregario, y como tal, necesita formar parte del rebaño porque pensar o actuar contracorriente es aislarse y este miedo a sentirse solo le hace identificarse con el grupo. Se podrían poner muchos ejemplos, pero voy a centrarme en uno, que me toca de cerca. Hace unos días, en La Bitácora hicimos un monográfico sobre el aborto, a propósito del anuncio del ministro Gallardón sobre la reforma de la ley. Preparamos unas preguntas para pulsar la opinión de la calle, y cuál no sería mi sorpresa cuando la reportera se negó a hacer dos de ellas porque las consideró “inadecuadas”. Una de las preguntas era: “Las sociedades primitivas eliminaban a los niños que no deseaban; en la actualidad, a pesar de vivir en una sociedad civilizada, eliminamos a los niños que no queremos. ¿Estamos volviendo a la barbarie?”. Pregunta lógica y correcta, ¿no? Pues la reportera principiante no la consideró adecuada, y además me apostilló: “es que tengo que poner mi cara”. Pobre; ella no podía aislarse del grupo, máxime cuando tenemos una ley que autoriza eliminar a los niños que tienen la osadía de querer nacer. ¿Es que la reportera es una mala chica? No. Simplemente es una pobre víctima de la educación laicista imperante. Y si no nos ponemos las pilas para ganar la batalla de las ideas, estamos perdidos. No es momento de silencios.

No hay que pasar por alto que Savulescu trabaja en la Universidad de Oxford, al frente del Centro Uehiro de Ética Práctica, promoviendo el aborto, la clonación, la ingeniería genética (selección genética de hijos por diagnóstico preimplantatorio, esto es, los tan cacareados bebés medicamento) y otras prácticas contrarias a la Cultura de la Vida.

El déficit de dignidad es mayor cada día y el avance del laicismo es manifiesto. No lo digo como queja, sino como alerta e invitación a la reflexión. Hay que trabajar y hacerle frente con firmeza y valentía. Nuestras armas son el ejemplo, la oración y la palabra, cada uno desde su tribuna.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora de Ourense siglo XXI
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
www.magdalenadelamo.com
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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