Un «Día internacional de la mujer» teñido de tristeza.

La izquierda sigue, como siempre, promoviendo la cultura de la muerte. Es connatural a su esencia. Los discursos de las feministas de escaño y ceja de hoy, difieren poco de las arengas de voz ronca de La Pasionaria allá por los años treinta, por los pueblos de la Cuenca Minera. El error de la comunista vasca podría ser perdonable porque en aquellos tiempos la ciencia aún no había constatado la realidad de la vida del bebé en gestación de pocas semanas. Los proabortistas de nuestro tiempo, más allá de cuestiones morales y/o religiosas, sí disponen de ecografías y estudios científicos que prueban la maravilla de la vida, pero están contaminados con la lluvia ácida que destruye la empatía y el discernimiento. El aborto es la herencia del siglo XX de los regímenes ateos, una extrapolación de la ideología nazi que siempre ha formado parte de la agenda de los ideólogos eugenésicos de tiempos pasados y que hoy ha hecho metástasis en esta sociedad necia y anestesiada. El aborto es la acción más abominable de cuantas puede cometer un ser humano, y su aceptación social es lo peor que le ha sucedido a la sociedad moderna. Que un hecho tan deleznable sea considerado como un derecho de la mujer, no tiene precedentes en la historia. Es cierto que siempre ha habido abortos, pero en tiempos pretéritos nadie jaleaba tal pecado y a nadie cabal se le hubiera ocurrido que una acción así podía ser considerada como buena y un logro de una sociedad avanzada. No lo es.

Las palabras de don Alberto Ruiz Gallardón aludiendo a “la violencia estructural contra la mujer” que supone el aborto, activó el resorte de la izquierda, que empezó a echar espuma por la boca cual posesa, dejando periódicos y emisoras apestando a vómito fétido, tal cual hacen los endemoniados cuando sus sentidos perciben lo sagrado. Sucedió justo el “Día internacional de la Mujer”, una jornada, ciertamente, teñida de tristeza.

Pensé en escribir un artículo ad hoc sobre el aborto para redimir la afrenta, pero he decidido rescatar del archivo uno del 2009, publicado en la revista Arbil, síntesis de mi libro Déjame nacer. El aborto no es un derecho, donde abordo la problemática en sus diferentes vectores. (Véase: Clinicas abortistas: Negocio; El grito de la Vida y La Batalla por la Vida.)

Decía entonces que asistimos a un cambio social sin precedentes en la historia. La cultura de la muerte enraíza en el tejido social de manera casi silenciosa, como un monstruo que amenaza devorarnos. Que el aborto se haya admitido como un derecho de la mujer y un avance más de la sociedad del bienestar es una prueba de la anestesia generalizada de una humanidad que está perdiendo la empatía y camina sin rumbo, sin esperanza.

En este estado de cosas, los países ricos abortan libremente e imponen sus políticas demográficas a las naciones en vías de desarrollo a través de la “salud sexual y reproductiva” y las engañosas políticas de igualdad. Nada de esto hubiera sido posible sin los planes de acción acordados en las Conferencias de las Naciones Unidas y la International Planned Parenthood Federation (IPPF), promotora del aborto para las menores sin consentimiento paterno e impulsora de la promiscuidad y la masturbación entre los niños. Todo ello, claro está, refrendado por gobiernos mal llamados progresistas.

De manera global, abordo el entramado de la cultura de la muerte con sus diferentes radios, cuya consecuencia más atroz es la eliminación de un ser inocente, con premeditación, tortura previa y sin juicio –hasta el peor asesino tiene derecho a un juicio justo—, y desvela los aviesos planes del feminismo de género y su pretensión de deconstruir la sociedad aboliendo la polaridad sexual y propiciando la destrucción de la familia y la dignidad de los seres humanos. A menudo me pregunto cómo hemos estado tan dormidos, cómo hemos podido permanecer impasibles mientras se gestaban leyes para eliminar seres humanos. ¿Es tarde ya? ¿Hay lugar para la esperanza? Sí, la hay; pero habrá que trabajar duro, sin descanso y desde todos los frentes: desde los púlpitos hasta los centros de enseñanza; desde las asociaciones de vecinos hasta los parlamentos. Y con todas las armas: la pluma, el micrófono, la cámara y la viva voz. Cada uno con la suya y desde su tejado. Con las viejas tecnologías y las novísimas.

Lejos de ser un avance de la sociedad del bienestar y una acción progresista, el aborto nos retrotrae a etapas de barbarie ya lejanas en el tiempo. Es el genocidio del siglo XXI pero a diferencia de otros, ya juzgados, y de los que nos sentimos avergonzados, éste es legal, silencioso y cuenta entre sus defensores con una buena parte de la clase intelectual que a su vez coadyuva con la casta política de la izquierda en la retroalimentación de su agitprop rutinario.

Pero, ¿cómo hemos llegado al estado actual? ¿Cómo en tan corto espacio de tiempo hemos interiorizado cuestiones que atentan contra el derecho natural y contra nuestra propia naturaleza? Omitimos el análisis minucioso del proceso de descristianización –que tuvo sus comienzos efectivos con la Ilustración, aunque la sinarquía iluminista ya empezó a actuar en los primeros siglos de nuestra era— y partimos directamente de los ideólogos de la cultura de la muerte, intelectuales de relevancia dentro del pensamiento mal denominado progresista, que pasaron a la historia como iconos de la civilización. Wilhelm Reich, Margaret Mead, Alfred Kinsey, Margaret Sanger o Simone de Beauvoir abogaban por la eutanasia, la eugenesia, y el aborto como métodos de control de la población. Sus ideas contaminaron el feminismo reivindicativo con planteamientos aviesos y falsas conductas naturales, que, con el tiempo forjarían a los nuevos líderes de la transgresión.

Feminismo de género.
Si la ideología feminista, surgida en el siglo XIX tiene como origen la Ilustración, el librepensamiento, el protestantismo liberal y el socialismo utópico –todo ello bajo el paraguas de la masonería—, en el XX, un nuevo feminismo irrumpe de la mano del “lesbianismo radical”: el feminismo de género, que subvierte todo lo anterior. Apoyado por el movimiento “queer” y el “lobby gay”, el feminismo de género es una ideología deformante y totalitaria que germina en la nueva izquierda surgida después de mayo del 68. Según sus postulados, todo lo femenino debe ser erradicado de la mujer; todo debe ser reconstruido, porque la propia mujer es un invento del hombre, un “constructo social”. Este conjunto de asertos contra-natura plantea la dualidad hombre-mujer no como una relación antropológica complementaria y de amor, sino como una lucha de poderes, de clases, donde la mujer es una víctima del patriarcado a través de los siglos. Este movimiento lidera en la actualidad el cambio de paradigma social, de inversión de valores. No se trata de un grupo desorganizado que grita y reivindica buscando titulares. El feminismo radical o de género es un movimiento político. Su método es manipulador y silencioso que utiliza eufemismos y disfraza sus acciones perversas de planes de acción contra la discriminación de la mujer. Kate Millet fue su principal ideóloga. La Ley de Violencia de género española –injusta, discriminadora e ineficaz a todas luces—está redactada de acuerdo a estas premisas. El feminismo de género marca las directrices de la citada IPPF, matriz de los centros de orientación y planificación familiar instaurados en todo el mundo, a donde acuden adolescentes y mujeres adultas a que les monitoricen su vida sexual, dentro de una línea hedonista y utilitarista. Esta ideología troquela asimismo las pautas de las Conferencias de las Naciones Unidas. Los planes de acción acordados en los encuentros celebrados en los diferentes países tienen rango de leyes internacionales, y pretenden estar por encima de la soberanía de los Estados. Y así es, de facto.

La ideología de género propone la abolición de la polaridad sexual, la instauración del sexo polimorfo (no dos sexos sino cinco), el aborto libre y gratuito, la desaparición del matrimonio, la familia y la religión, y que el derecho a la patria potestad resida en el Estado, arrogándose éste el de educar-ideologizar en los ¿valores? del laicismo. Estos objetivos deben estar cumplidos para el 2015 (Objetivos del Milenio), tal como quedó establecido en la Conferencia de Buenos Aires 30-15, celebrada en el 2007.

Las víctimas del aborto.
En el aborto hay varias víctimas. La principal, sin ninguna duda, es el bebé al que se desprovee de su derecho a la vida. Conviene resaltar que el feto abortado experimenta dolor físico, tal como aseguran los expertos en dolor perinatal, por lo que protocolizan que en los abortos de más de 21 semanas de edad gestante (EG), se le aplique a la madre anestesia general. Los colectivos proabortistas, sin embargo, prefieren desoír estas investigaciones y atenerse a la ciencia rudimentaria y positivista, según la cual las conexiones tálamo-corticales no se establecen hasta la semana 32 EG. Existen espurios intereses en que las mujeres –y la sociedad en pleno—continúen engañadas para poder seguir manipulando sus conciencias.

La segunda víctima es la mujer, que sufre una serie de secuelas, enmarcadas en lo que se ha denominado Síndrome postaborto, un tipo de Síndrome de estrés post traumático. El Síndrome postaborto aún no está categorizado, debido, en parte, a la influencia de la industria abortista y a las directrices de los colectivos proaborto que presionan para impedir la divulgación de especimenes en publicaciones científicas.

El aborto está relacionado con el suicidio, el cáncer de mama, la ruptura de pareja, los malos tratos, el maltrato infantil, y la adicción al alcohol y a las drogas. Las mujeres sometidas a esta intervención son susceptibles de sufrir otros trastornos, bien en el momento o de manera tardía: vómitos, fiebre alta, problemas gastrointestinales y alimenticios, hemorragias, infecciones, frigidez, embolias, trombosis, embarazos ectópicos o esterilidad.

En los últimos años se han realizado estudios importantes que ponen de manifiesto las consecuencias del aborto. El doctor Joel Brind, profesor de la Universidad de Nueva York y director del “Breast Cancer Prevention Institute”, de la misma ciudad, manifiesta que los últimos estudios, basados en datos biológicos y endocrinológicos, revelan que hay una tasa elevada de cáncer de mama entre las mujeres que han abortado en el primer trimestre. Otro estudio dirigido por el citado doctor, concluyó que las mujeres que se habían realizado un aborto antes de su primer embarazo completo tenían un 50 por ciento más de riesgo de desarrollar cáncer de mama, mientras que en las que se lo practicaron después de haber dado a luz, el aumento era del 30 por ciento. Estos ejemplos son sólo una muestra.

Ya han empezado a aparecer artículos pronosticando que en un futuro muy próximo las mujeres empezarán a demandar a los responsables de sus abortos, por las consecuencias que les han acarreado, de la misma manera que se hace hoy con las compañías tabaqueras.

Existe abundante casuística de mujeres que tras someterse a un aborto, lejos de sentirse liberadas, sufrieron las terribles secuelas aludidas unas líneas más arriba. “Cada año, el 15 de mayo vivo el cumpleaños del hijo al que maté. Nunca he podido tener una auténtica paz, aunque luego he tenido tres hijos más”, manifiesta la protagonista de uno de los casos. Y es que, como dice el profesor Rilke, es más fácil sacar al hijo del útero que de la mente.

De la desgracia de estas mujeres, aparte de las leyes progres y el relativismo moral imperante, son culpables los aborteros que tan alegremente manejan sus instrumentos de tortura y muerte, y cuyas cuentas corrientes suelen crecer en proporción a su falta de escrúpulos para cercenar vidas humanas. Afortunadamente, de vez en cuando se produce el milagro y algún abortero aparca cureta y bisturí y se torna en defensor de la vida. En el capítulo Testimonios de arrepentidos describo algunas de estas historias llenas de esperanza. Como la del doctor Bernard Nathanson, responsable de más de 50.000 abortos, que dejó de practicarlos cuando vio a través de la ecografía, cómo una bebita de diez semanas huía del instrumento asesino y se replegaba contra la pared del útero, su santuario. A partir de ese momento, el doctor Nathanson dedicó su vida a dictar conferencias, impartir cursos y a entrevistarse con parlamentarios para sacudir sus conciencias y convencerles de que el aborto es contrario al progresismo y que un gobierno no puede promulgar leyes que cercenen el derecho a la vida. (Véase: Entrevista al Dr. Bernard Nathanson, «ex-rey del aborto» 1/3; 2/3 y 3/3.)

Algunas veces, el deseo de vivir es tan grande que ni las prostaglandinas ni las soluciones salinas son eficaces. En estos casos los bebés nacen vivos, aunque con unas deficiencias que los limitan el resto de sus vidas. El caso de Gianna Jessen es emocionante y mundialmente conocido. A pesar de haber nacido con un kilo de peso y estar aquejada de varios problemas neurológicos, da gracias por haber sobrevivido al aborto y es activista provida. “No escuché a ninguna feminista gritando por mis derechos cuando me estaban asesinando”, suele decir en sus intervenciones públicas.

Aunque a lo largo de las páginas doy pinceladas de lo que considero deben ser los valores que deben regir la Cultura de la Vida, al final lo concreto en la propuesta de una vida ordenada y plena, permitiéndome incluso dirigir una carta a los políticos en la que les aconsejo que no se dejen manipular y presionar redactando y promulgando leyes contra la vida. Y a pesar de la denuncia constante no es un libro derrotista. Muy al contrario, es un canto al orden natural, a la vida, al amor, a la familia, y está escrito desde la fe y desde el convencimiento de que la vida humana, aparte de un bien jurídico y social es un don de Dios y hay que preservarla desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

Como colofón solo me resta pedir oraciones por nuestros políticos —sin distinción de color— para que el Señor los ilumine, especialmente a los ministros Alberto Ruiz Gallardón (Justicia), y a Ana Mato (Sanidad), que tienen entre manos uno de los retos más importantes de su existencia: la instauración de la Cultura de la Vida en España.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora de Ourense siglo XXI
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
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(9/3/2012)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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