Rafael Torres – Al margen – Leña al enemigo.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Solo desde la perspectiva de considerar a los ciudadanos que se manifiestan en la calle como «el enemigo», tan maravillosamente expuesta en su día por el jefe policial de Valencia, señor Moreno, se puede afirmar que los agentes antidisturbios que protagonizaron las bochornosas agresiones a estudiantes del colegio «Luis Vives», obraron en legítima defensa. Al enemigo, como se sabe, ni agua, y si en sus filas se introdujo algún broncas que insultó a los guardias o les arrojó algún objeto, entonces al «enemigo» se le puede ya cosificar y criminalizar tranquilamente, cual hizo el otro día en el Congreso, bien que acompañándose de toda suerte de alusiones a la Constitución y a la Ley, el ministro del Interior, señor Díaz Fernández.

Lo cierto es que durante las pasadas olas de frío, primero la siberiana y luego la polar, los estudiantes del «Luis Vives» tuvieron que dar sus clases arrebujados en mantas y edredones, pues el centro carecía de calefacción. Se ve que entre los gúrteles, los urdangarines, las visitas papales, los mundiales de Fórmula 1, los aeropuertos sin aviones, las terras míticas y demás gastos indispensables para el bienestar de los valencianos, se traspapeló el del capítulo referente al confort y a la dignidad de los escolares, o que, sencillamente, no quedaba un duro para evitar que las criaturas se quedaran pajaritos. Es verdad que con lo que costó el despliegue policial con helicóptero y todo, habría alcanzado de sobra para alimentar las calderas, de suerte que nada habría sucedido, pero ahí entramos en el mundo de las prioridades, y de antiguo se sabe que la derecha prefiere el orden, llamémosle así a eso de dar palos, a la justicia.

Si un caso tan palmario, tan flagrante, de exceso policial, es defendido y justificado por el responsable de velar porque ningún exceso se cometa, y menos desde las filas de los servidores públicos, es que el tal responsable necesita que le recuerden quién le emplea, quién le paga y para qué. Le emplea y le paga la sociedad, y lo hace para que los malos no tanguen ni les mastiquen la nuez a los buenos, y no, en modo alguno, para que la policía antidisturbios se ensañe con unos muchachos que pasan frío y salen a la calle a protestar y a desentumecerse.

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