Isaías Lafuente – Cambia el rostro del terror.


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Un estudioso podría lanzarse a elaborar una tesis doctoral sobre el seguimiento político y mediático de la peripecia asesina de Mohamed Merah, presunto autor de las matanzas en Montauban y Toulose. Analizar la indiferencia con la que se acogió el triple crimen de los paracaidistas (revisen los periódicos del fin de semana) y el extraordinario despliegue con el que se ha cubierto la matanza en el colegio judío. El propio Sarkozy, después de ponerse en primera línea encarnando el duelo del país por la matanza de los niños tuvo que ser advertido por los familiares de los paracaidistas asesinados días antes de que aún no habían recibido una llamada de consuelo del presidente de la república. El estudioso tendría material suficiente para elaborar un completo dossier sobre el perfil neonazi del presunto asesino si lograse reunir todas las opiniones expresadas el martes en los diferentes medios de comunicación. Pero si revisase los comentarios recogidos por esos mismos medios 24 horas después, podría escribir un libro sobre el germen yihadista que aún sobrevive en Europa a pesar del tiempo transcurrido desde la ejecución del creador de su principal franquicia, Osama Bin Laden.

La operación policial que permitió localizar y acorralar a Mohamed Merah ha terminado con la muerte del presunto terrorista. En su casa y en su cuerpo los investigadores encontrarán pruebas que permitan certificar que fue el autor de los crímenes, pero su desaparición impedirá resolver las dudas que hoy están en el aire. La fundamental, saber si Merah era un lobo solitario y fanático que actuó por su cuenta o si formaba parte de una célula criminal que permanecerá activa después de su muerte. Si la segunda hipótesis es la buena, las fuerzas de seguridad encontrarán a los cómplices, pero si la válida es la primera no cabe descartar que otros lobos solitarios emprendan el camino del terrorista muerto.

Quizás este sea el meollo de la cuestión. Europa, que está a punto de enterrar la última forma de terrorismo organizado y autóctono con el fin de ETA, se enfrenta ahora a nuevas formas de violencia, tan o más brutales que las anteriores, pero más difusas y, por ello, más difíciles de detectar y de perseguir. Impedirlas, es un reto de enorme magnitud. Cuando Mohamed Bouyeri decidió acabar con el cineasta holandés Theo Van Gogh en 2004 y cuando Anders Behring Breivik decidió asesinar a ochenta jóvenes en la isla noruega de Utoya hace menos de un año, lo hicieron por su cuenta, en nombre de fanatismos contrapuestos, y sin cómplices ni confidentes ni reuniones previas, sin recibir órdenes de nadie. Como puede ser que lo haya hecho Mohamed Merah.

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