Esther Esteban – Más que Palabras – Hijos-emigrantes.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Ya ha pasado la huelga general, las elecciones asturianas y andaluzas, el Gobierno ha presentado los Presupuestos y ahora lo que toca es trabajar, trabajar y trabajar. Evidentemente, en este país nuestro de filias y fobias es muy difícil tener largos periodos de normalidad, pero en un ejercicio de responsabilidad, poco demostrada, nuestros políticos deberían de ponerse, de una vez, manos a la obra para sacarnos del atolladero.

No sé si como dice el ministro Montoro estamos al límite, pero sí se que cada día que pasa conozco más casos de amigos de mis hijos que se marchan al extranjero ante la imposibilidad de abrirse un futuro. Antes de la crisis, este era un país de inmigrantes, al que llegaban más personas de las que se marchaban, pero ahora ocurre al revés.

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, al menos 20.000 españoles se han ido al extranjero durante estos años de crisis y la estadística sigue subiendo. Aunque, desde luego, no se puede hablar de un gran éxodo, el dato es preocupante en tanto en cuanto se están marchando nuestro mejores jóvenes. La gran mayoría tienen unos currículum espectaculares y se llevan en la mochila muchos sueños por cumplir. Sueltan amarras con la desesperanza y quieren buscar en otros lugares, especialmente Alemania, Francia, Argentina o Venezuela -principales países de destino- lo que su país no les puede dar: un trabajo digno y a ser posible ejercer la profesión para la que se han preparado duramente.

Ahora, que nuestros hijos se queden aquí y puedan ejercer su profesión se ha convertido en un lujo al alcance de pocos, porque la inmensa mayoría cuando terminan su formación académica no pueden ejercerla y se tienen que «reinventar», como dicen ahora, si quieren llevar un salario a casa y ser mínimamente independientes. Algo hemos hecho mal, muy mal, cuando la generación de nuestros padres tuvo que emigrar, casi siempre como mano de obra barata, y la de nuestros hijos también lo está haciendo aunque nos superen con mucho en cualificación profesional. Nuestros jóvenes no ven salida, no se resignan y hacen bien. Y nosotros los vemos marchar con una sensación asfixiante de tristeza e impotencia, pero con la esperanza de que regresen pronto porque las cosas mejoren.

En España, por primera vez en tres décadas, se van más ciudadanos que vienen. Muchos extranjeros regresan a sus casas tras ver sus sueños truncados y los españoles buscan fuera oportunidades laborales que aquí no encuentran. Esa es la triste realidad, como lo es que tenemos cinco millones y medio de parados y que la cosa no está para bromas. Si es verdad que todos debemos arrimar el hombro, los primeros que deben dar ejemplo son los políticos y en vez de enredarse en peleas partidistas deberían reeditar grandes pactos, como en su día fueron los de la Moncloa, para ver si salimos de esta. Estoy harta del discurso el «y tú más», de que siempre unos y otros se acusen de los mismo y lo hagan desde sus confortables sillones mientras fuera, en la calle, la gente está desesperada. No me resigno a que nuestros hijos tengan que vivir peor que nosotros, ni tampoco a que les neguemos el derecho a cumplir sus sueños. ¡Hagan algo y déjennos en paz de monsergas!. Mientras ustedes se enzarzan en discusiones absurdas a nuestros hijos se les está negando el pan y la sal. ¡No hay derecho!.

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