Andrés Aberasturi – El imperativo europeo.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Me parece que este puede ser un buen título para la reflexión que yo mismo me hago desde hace tiempo y que hoy trato de reflejar en esta columna. Viene a cuento de todos los acontecimientos que estamos viviendo los últimos meses -y no sólo en España- derivados de la crisis económica. Pero, por ir a la actualidad, la foto sería la siguiente: el jueves una huelga general que no fue, digan lo que digan los sindicatos, ningún éxito y el viernes el anuncio del Gobierno de unos presupuestos enormemente restrictivos y la confirmación de que no se va a cambiar nada importante de la reforma laboral. Naturalmente no podía ser de otra manera porque si una huelga general nada exitosa -antisistemas incluidos- fuera capaz de cambiar los criterios de un gobierno, de cualquier gobierno, pues entonces no estaríamos en una democracia representativa donde legislan los representantes elegidos por el pueblo sino en una especie de cosa rara en la que gobernaría quien más piquetes tuviera. Lo que si sería de exigir y agradecer es que el Gobierno aceptara posibles mejoras o alternativas de otros grupos que hicieran más digerible el tema.

Pero es que si el elemental razonamiento de que es el gobierno el que gobierna no fuera suficiente, resuelta que estamos donde estamos -y de ahí lo del «imperativo europeo»- que nos obliga a seguir, cada vez más, una política común a la de otros países con los que decidimos libremente compartir parte de nuestra soberanía. Y es esta pertenencia a ese club, que tantas alegrías y subvenciones nos ha dado a lo largo de los años, la que hora nos exige cumplir con unos requisitos que no nos gustan por culpa de una crisis peculiar que se debe a tres factores: una parte imputable a la crisis global, otra a la histórica economía del ladrillo y otra a la desastrosa política económica de Rodríguez Zapatero que gastó mucho cuando no debía y no ahorró hasta que se lo impusieron. Y así estamos, con unos sindicatos sin credibilidad -y eso no es bueno- dispuestos a seguir con las protestas, un Gobierno con mayoría absoluta obligado al recorte y todos en una Europa que ha decidido el camino a seguir: reducir el déficit sea como sea. Y se puede estar o no de acuerdo -personalmente no lo estoy- pero lo que resulta un absurdo es pensar que se puede seguir dentro y bajo ese paraguas pero sin cumplir las normas.

El problema no es pues del Gobierno de Rajoy sino de la Unión Europea que ha marcado una política económica concreta para todos sus miembros y ha apostado por la doctrina contraria, por ejemplo, a la de EE.UU., entre otras cosas porque en EE.UU. no existe eso que hemos dado en llamar «estado del bienestar» que tanto costó crear en Europa y que tanto cuesta mantener en tiempos difíciles.

Los sindicatos pueden seguir con sus huelgas y la oposición oponiéndose; hasta yo mismo puedo seguir convencido de que sería preferible una economía más expansiva; da igual. Todos nuestros razonamientos no deben llegar sólo a Moncloa sino más bien tomar el camino de Bruselas. Y pensar que España, a estas alturas, puede decidir sola su política económica es tan ilusorio como creer que nuestro país tiene la fuerza suficiente como para cambiar el rumo de la UE. Es posible que si en Francia y Alemania gobernara la izquierda, las cosas serían de otra manera, es posible, sólo posible. Pero para saberlo tendrían que ganar las elecciones que por ahora no ganan.

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