Fernando Jáuregui – Un fracaso general.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Toda jornada de huelga general –y van ocho en la democracia– tiene un componente de tristeza. Porque es un fracaso general en lo que debe ser el entendimiento y la concordia nacional. Un fracaso en el que todos tienen, tenemos, un poco de participación. Sería absurdo e injusto atribuir, como algunos han hecho, a la «ceguera» y «tendenciosidad» de los sindicatos toda la culpa de lo que en un día como hoy esté ocurriendo: algunas –muy aisladas afortunadamente– escenas de violencia, surrealista guerra de cifras sobre el seguimiento de la huelga, tensiones internas en algunas empresas…

También entiendo que sería poco equitativo señalar al Gobierno y a su reforma laboral como los exclusivamente responsables de estas horas tensas, por suerte excepcionales en nuestra democracia. La reforma laboral, se ha repetido mucho, es muy mejorable, aunque era necesaria, y el Ejecutivo de Mariano Rajoy, atrapado entre la espada de las exigencias europeas y de los mercados y la pared de la insatisfacción ciudadana ante la situación, ni siquiera tiene plena capacidad de actuación en estos momentos. Y algo semejante podría decirse de los sindicatos: ¿era esperable que no se diese la protesta global ante una nueva normativa que impone una auténtica revolución en los que eran usos y costumbres en el ámbito de trabajo individual y colectivo?

Eso sí, la inflexibilidad de una y otra parte, la insuficiencia del diálogo entre los llamados sectores sociales, la excesiva dureza en los planteamientos gubernamentales, nos han llevado a esta situación. Los propios sindicalistas admiten que una huelga no deja de ser una anomalía social que a nadie conviene. Máxime, y eso no lo dicen los sindicalistas, cuando esa huelga patentemente no va a servir para modificar la parte principal del texto legal de la reforma, porque el Gobierno, que aún no tiene ni cien días a sus espaldas, ya lo ha dicho. Es más: se lo ha dicho a quienes dictan ahora las normas, que son las implacables autoridades europeas, que un día tanto ayudaron al desarrollo de las infraestructuras españolas y ahora son percibidas por los ciudadanos de a pie como unas dictadoras que pretenden hacernos pasar por horcas caudinas de difícil aceptación.

Ya lo dijo Cambó: para propiciar el desastre, nada hay como pedir lo imposible o retrasar lo inevitable. Una frase que puede, lamentablemente, definir la situación que vivimos en este angustioso, tremendo, final de marzo en el que todo se precipita. Porque agobiante es que, en la jornada siguiente a una huelga general, el Gobierno, quizá para celebrar –es un decir– el cumplimiento de esos días de mandato, haya de anunciar a los españoles unos Presupuestos que seguro que no van a gustar demasiado a la ciudadanía, aunque puede que sí gusten en Berlín, Bruselas, Washington o en las redacciones de esos periódicos anglosajones tan influyentes y tan exigentes con nuestro país. Eso sí, no solamente pretenden unos y otros influir en el contenido de esos PGE 2012, sino que, de manera no siempre razonable, se ha presionado al Ejecutivo para que acelere al máximo la presentación de esas cuentas públicas, cosa que, por otro lado, también puede que el Gobierno haya ido aplazando hasta después de esas elecciones autonómicas que en Andalucía y Asturias han dejado al PP –y a todos– un sabor más bien amargo.

Y esta es la situación: una ciudadanía desconcertada, pesimista. Un Gobierno –tuvimos ocasión de comprobarlo el miércoles en algún contacto «de pasillos» con ministros– obviamente tensionado, y no es para menos. Unos sindicatos que saben que, al margen del mayor o menor seguimiento de la huelga, han jugado su última carta. Una patronal que se ha proclamado, al margen de toda conveniencia estratégica o táctica, ganadora de la situación. Y una Europa –a la que pertenecemos y a la que seguimos, es de esperar, queriendo pertenecer–, que nos mira, o esa sensación tenemos, como un científico mira al insecto raro y potencialmente molesto cuando le aplica la lupa.

Es preciso, en medio del oleaje, mantener el optimismo y seguir pensando que el barco llegará a buen puerto. Pasará la jornada de huelga, conoceremos los Presupuestos más restrictivos de la Historia de la democracia –nada será lo mismo tras este mes de marzo– y es de temer que sigamos escuchando los tambores de guerra de una clase política que parece condenada a no entenderse, de unos agentes sociales más distanciados que nunca. Pero puede también –aferrémonos a la utopía– que el efecto de este repito que triste día de paro más o menos generalizado tenga algo de vacuna. Puede que la sociedad en general, comenzando por la clase política, continuando por la patronal y los sindicatos y concluyendo por todos nosotros, entendamos que es necesario el pacto, el acuerdo para remar juntos. Mirar hacia aquellos pactos de La Moncloa, que se desarrollaron en circunstancias pienso que aún más difíciles que las actuales, produce algo de nostalgia. Y no poca envidia. ¿Seremos, todos, aún capaces de afrontar el reto?

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