Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – «Estos» (pre)supuestos, por supuesto.


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Yo diría que estos «presupuestos más austeros de la democracia», como tanto se ha repetido desde el propio Gobierno, podrían haber sido peores: se podría haber subido el IVA, o haber tocado las prestaciones al desempleo, o recortar más en Sanidad y en Educación, aunque algo de eso último haya habido. El caso es que la semana, tan intensa, concluía con la aprobación, al fin, de estos PGE»2012, en medio de la expectación de una Europa cuyos periódicos publicaban en portada fotografías de las salvajadas provocadas el día de la huelga por una pandilla de indeseables en Barcelona. Yo diría que la huelga general del día 29, pacífica excepto en el baldón de la Ciudad Condal, ayudó no poco a que el Gobierno de Rajoy fuese aplaudido el día 30 en el Eurogrupo: Luis de Guindos y Juncker ya hasta se hacen bromas, acogotándose mutuamente para deleite de los fotógrafos, e incluso el comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn, que no se distingue precisamente por la benevolencia hacia nuestro país, tuvo que elogiar el «compromiso» mostrado por el Ejecutivo de Rajoy a la hora de efectuar recortes.

Era importante el aprobado de «comando vigilancia» europeo; en la UE han gustado los Presupuestos españoles, aunque aquí, en casa, se los haya acogido con mucha menos euforia: ¿qué otra cosa podía ocurrir? La verdad es que las condiciones de los ciudadanos españoles, de los inmigrantes, de los discapacitados, de los que buscan ayuda oficial para su vivienda, empeoran. Como va a empeorar el servicio exterior de España tras el recorte del 54 por ciento al gasto del Ministerio que comanda, dicen que en este cuarto de hora algo irritado, un José Manuel García-Margallo que habló de «presupuestos de guerra» para justificar la cuasi supresión, pura y simple, del que un día fuera ambicioso programa de cooperación internacional de Rodríguez Zapatero. Se acabó, y eso tendrá consecuencias en las relaciones con Iberoamérica, sobre todo. Pero de donde no hay no se puede sacar, y ya lo dijeron el viernes, tras el Consejo, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y el ministro Cristóbal Montoro: estamos en «situación límite», en momentos «críticos». Calificadas así las cosas desde el propio Ejecutivo, ¿se podían esperar unos presupuestos menos duros? Por supuesto que no.

Tengo para mí que incluso ha existido, de manera planificada o no, una campaña previa dando a entender que estas cuentas públicas serían aún más drásticas en cuanto a recortes, y, por tanto, en algunos ámbitos se ha respirado con cierto alivio al escuchar lo que nos desgranaban tras el Consejo de Ministros. Pero también es verdad que se nos han ofrecido solamente las líneas maestras, y veremos algo de la letra pequeña cuando, en su comparecencia del martes, el Gobierno explique al Parlamento, punto por punto, qué se va a suprimir en cada Ministerio -desde luego, a mucho personal contratado y muchas oposiciones a cuerpos de elite-, cuánto, de verdad, se espera aflorar con la amnistía fiscal -medida injusta, pero probablemente necesaria o, al menos, conveniente- y qué obras públicas se van a congelar con el drástico tijeretazo a Fomento. Pongo todo esto como ejemplo, porque a mí aún me quedan muchas dudas: ¿de verdad alguien piensa que, más allá de contener las alarmas europeas, estos Presupuestos, o esta reforma laboral, van a servir para crear empleo?

Claro que no. Y lo malo va a ser que los sindicatos, comenzando ya por las manifestaciones del 1 de mayo, van a tener que mantener esta línea de hostigamiento que culminó en la huelga general del jueves. No, no hay diálogo, ni con la oposición socialista, prácticamente desaparecida por otro lado, ni con los agentes sociales que representan (oficialmente) al mundo del trabajo. Y de nada sirve colocar como portavoz gubernamental a una directora general en el Ministerio del Interior que no fue capaz de dar la imagen que se pretendía: que el Gobierno minimizaba el alcance de este paro, tan inconveniente, por lo demás, para los intereses económicos y de imagen de España, pero seguramente inevitable, como ya previó hace semanas Mariano Rajoy.

Así, con todo lo que ha ocurrido en estos siete días trepidantes, ¿quién se acuerda ya de las elecciones andaluzas y asturianas? Los contactos, algunos bien extraños, en busca de acuerdos de gobierno han pasado a ser noticia «de página par», es decir, secundaria. Y ni siquiera el gesto de un diputado almeriense, Luis López, que dejó el escaño porque no se siente «útil» en el Congreso, ha recibido el aplauso que merece, porque todos los altavoces estaban colocados en otra parte, es decir, en la huelga y en la aprobación de los Presupuestos. Con ello, esta semana que concluye se ha dado un paso más, un paso importante. Pero ¿hacia dónde?

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