Carlos Carnicero – ¿Y si no funciona la receta?.


MADRID, 01 (OTR/PRESS)

La mezcla de sacrificios y falta de resultados es agotadora. La ciudadanía percibe a los mercados y a la Unión Europea como un amo insaciable: es una bestia que no se calma con ninguna entrega. Lo devora todo. Presentados unos presupuestos demoledores y con una reforma laboral que indigna a muchos españoles, no solo no hay reactivación económica sino que los burócratas de Bruselas advierten del riesgo de intervención. ¿No es esto un callejón sin salida? ¿Qué hay peor que el esfuerzo inhumano sin recompensa?

Mariano Rajoy aparece como un viejo joven en el gobierno. Cien días de desgaste durísimo que ya le han costado el gobierno de Andalucía y una situación precaria en Asturias en donde depende de las ambiciones de Francisco Alvarez Cascos y del populismo indefinido de UPyD. Un desgaste en votos desde las elecciones territoriales que marcan la senda de la pendiente.

La Amnistía fiscal es el contrapunto insoportable de los sacrificios exigidos a las clases medias y a los trabajadores. Los defraudadores se ven compensados y se les facilita el blanqueo de capitales con una cuota fiscal nimia. Todo para recaudar, en el mejor de los casos, dos mil quinientos millones de euros.

¿Qué balas le quedan en la cartuchera al Gobierno? Tal vez la opción de subir el IVA, un impuesto que es menor que en la mayoría de los países europeos. Pero, ¿detraer más el consumo, es razonable? Mientras la Unión Europea no cambie las directrices políticas de la ortodoxia neoliberal no hay salida. La tortura no es un hábito asimilable cuando ni siquiera la confesión termina con ella. Aquí nos dan palos, obedecemos, y nos siguen dando palos.

No está lejos un momento en que los ciudadanos prefieran cualquier cosa con tal de terminar con este tormento. Europa ya no se percibe como un paraguas sino como la ducha misma. El Euro dicen que es la única solución, ¿pero quién quiere una solución que atormenta? Mariano Rajoy está atrapado en una pinza entre los mercados y los ciudadanos. Y ya no tiene más recetas. O, como mucho, más de lo mismo. Lo peor que le puede pasar a un presidente es que se le pierda el respeto. Muchos ciudadanos desconfían de él. Y en Bruselas no le dan más margen. ¿Qué le queda?

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