Rafael Torres – Al margen – Aprietan y ahogan.


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

El único que aprieta pero no ahoga, es Dios, de modo que «los mercados» pueden acabar estrangulándonos perfectamente: ni los 10.000 millones de euros que Rajoy les ofrendó el lunes a costa de la salud y de la educación de los españoles han bastado, al parecer, para que aflojen un poco el dogal que han atado a nuestro cuello. Claro que algo de culpa le cabe a Rajoy, por su absoluta sumisión, no importa a qué precio (que él, personalmente, no paga), a esa bestia insaciable.

Uno, que en su vida ha pedido un préstamo, y no por andar sobrado precisamente, flipa con la mala leche que se gasta la usura. Estos de «los mercados» son como los del Cobrador del Frac pero a lo bestia, infinitamente más a lo bestia. Si uno fuera Rajoy, no me juntaría mucho con ellos y discurriría algo, aunque al hacerlo dejaría de ser Rajoy, para hurtar a mis compatriotas del trato con una gente tan indeseable. Pero Rajoy, en su línea paradigmática, huye, se escaquea de los periodistas que se le arremolinan creyendo que es el capitán de la nave que zozobra, cuando lo que parece ser, en realidad, es un grumete que lleva prisa. Huye de los periodistas, que es, en puridad, como huir de los ciudadanos que se preguntan y le preguntan.

Lo que no se entiende, si es que se entiende alguna cosa de este sindiós de prestamistas, especuladores y malandrines, es qué interés pueden tener los usureros en que nos arruinemos completamente. ¿Cómo les vamos a pagar entonces? Si los sueldos bajan, los precios suben, el gasto público se miserabiliza, el consumo se desploma y las empresas cierran, ¿de dónde se va a sacar para pagar esos monstruosos intereses que, al parecer, España adeuda? Dicen los especialistas que lo mismo es que los acreedores quieren aterrorizarnos hasta el extremo, hasta el límite, para después, ya aterrorizados, obligarnos a pasar por los aros que digan. Solo entonces, cuando se nos haya puesto el pelo blanco a todos (menos a uno, que no tiene), aflojarán algo y nos dejaran respirar un poco. Pero, ¿y si se les va la mano? ¿O es que «los mercados» son ya directamente dios, y controlan de maravilla la cosa del apriete?

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