Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Las buenas noticias sí son noticia (ahora).


MADRID, 05 (OTR/PRESS)

Estamos tan acostumbrados a las malas noticias que se ha convertido en incierta la frase clásica del periodismo anglosajón según la cual «good news, no news». Hay tanta escasez de buenas noticias que casi derramamos lágrimas de gratitud cuando el ministro alemán de finanzas o el presidente del Banco Central Europeo, agasajados largamente, eso sí, por la generosa gastronomía española, nos dejan caer una migaja de aprobación: las reformas van por buen camino, conceden. Aunque, añaden de inmediato, hay que seguir profundizando en ellas. O sea, pongámonos de nuevo el chubasquero que sigue el chaparrón.

Siempre me he confesado optimista irreductible, y mira que eso tiene mérito en estos tiempos del cólera. Otros prefieren ver la botella medio vacía. Pero, para mí, es un síntoma alentador que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ofrezca al PSOE, tras el Consejo de Ministros, un pacto para reformar el modelo de Estado (que buena falta hace, dicho sea de paso). Y soy tan, tan optimista que no permito que mis esperanzas se trunquen por el hecho de que desde el PSOE se diga que ellos también quieren negociar, pero que resulta que el PP no llama, mientras desde el PP reiteran su afán negociador, aunque sucede que los socialistas no responden, aseguran, a los llamamientos de mano tendida. En eso, reconozcámoslo, estamos como siempre: en el «y tú más», en la rebatiña de patio de colegio a la que tan acostumbrados nos tiene una clase política que sigue sin enterarse de que el lobo de una nueva era, mucho más complicada, está ahí. Y que algún día, además de las orejas que algunos se niegan a ver, puede que enseñe los colmillos.

Más de un político, y no pocos colegas tertulianos, me han reprochado mi insistencia machacona a la hora de predicar la necesidad ineludible de un gran pacto de Estado, que incluya un pacto autonómico y una nueva (y diferente) edición de los pactos de La Moncloa. Claro está que la reforma de tantas cosas del Estado, incluyendo ciertas modificaciones en la Constitución, debería ser objeto de ese pacto que ahora, mire usted por donde, todos dicen ansiar y de cuya falta de concreción siempre culpan al de enfrente. Es muy sencillo, no obstante: se llama a Rubalcaba, públicamente, a La Moncloa y se anuncia que de allí no saldrán hasta que se hayan acordado cosas sustanciales para la buena marcha de España y de sus hoy atribulados ciudadanos, que lo estarán sin duda menos una vez que se anuncien unos acuerdos tangibles, verificables y trascendentes, pregonados por el presidente del Gobierno y por el líder de la oposición, juntos, y hasta revueltos si hace falta, a la puerta del recinto monclovita. Eso no lo verán tus ojos, me dirá usted, y puede que tenga usted razón. Pero la utopía, recuerde, es un elemento motor de la humanidad.

Claro que a mí, que sin duda soy, además de optimista, un ingenuo, me parece una buena noticia que la banda del terror y del horror ofrezca el «desarme» si el Gobierno «desmilitariza» el País Vasco. Ignoro a qué «desmilitarización» se refieren los ofuscados etarras, pero sí intuyo, tras las medidas anunciadas por Interior hace una semana, que algo está ocurriendo entre bambalinas, y que ese «algo» no puede ser sino un avance en el final definitivo del terrorismo. Siempre he creído en la conveniencia de negociar lo negociable y de no ceder en lo innegociable, incluyendo la dignidad de las víctimas y de sus familiares. Quizá estemos empezando a transitar el buen camino, que es un sendero polémico.

Bueno, qué quieren que les diga: a mi modo de ver, todos estos son «rayos de esperanza» (Luis de Guindos dixit, aunque refiriéndose a otras cosas) que habrían de animar nuestras entristecidas existencias. Claro que también a los rayos conviene encauzarlos, no sea que nos partan por la mitad. Porque, palabra de honor, hace cuatro días a un vecino de Tres Cantos, el pueblo en el que habito, un rayo le entró por el escroto y le salió por un pie. Sigue vivo e indemne, pero ahora sabe que los rayos no son solamente esperanzadores: si nos empeñamos en situarnos donde no debemos estar, nos pueden hacer la cusqui.

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