Fernando Jaúregui – Siete días trepidantes. Una crisis también tiene sus ventajas.


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

El oficio del periodista incluye el deber de ser crítico con el poder y aceptar que «noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique». O entender que las buenas noticias no son noticia (aunque en realidad, ahora que todo son noticias malas, las buenas resultan novedosas). Pero también hay que asumir, contar y analizar la parte positiva de las cosas. Y tengo para mí que, pese al fragor de la tormenta económica, que cada día nos da al menos un disgusto, una crisis tiene también el prisma de que significa oportunidades nuevas. Y poner en orden lo que estaba en pleno (aunque soterrado) desbarajuste. Por ejemplo, el estado de las autonomías.

Al Gobierno de Mariano Rajoy se le pueden hacer bastantes críticas. Especialmente, en materia de falta de transparencia e incluso de improvisación, lo que le lleva tantas veces a hacer cosas que prometió que no haría. Lo que nadie podrá decir es que no ha emprendido con mano de hierro el camino de las reformas más imprescindibles. Ahora, por primera vez en un cuarto de siglo, tenemos las cuentas autonómicas claras, por ejemplo, después de décadas de disimulos, mentiras, chapuzas, despilfarros y, en algunos casos, corruptelas sin freno. Ahora vemos que todos, todos, desvirtuaron las cifras, lo que no va a contribuir mucho, me temo, a nuestro prestigio en el exterior: ahora han aprovechado la coyuntura para pedir fiscalización a nuestros bancos, hasta el propio Hollande se ha apresurado a hacerlo, tal vez porque una parte de la banca española resulta incómoda para ciertos intereses.

Pero eso parece haberse acabado: sospecho, a la fuerza ahorcan, que ahora España es un país fiable en sus cuentas públicas, porque nos han obligado a serlo. Al menos, eso hemos sacado de la crisis. Eso y el fin de algunas trampas en ciertas cajas y entidades bancarias. Eso, y un mayor control de la Jefatura del Estado por parte del Ejecutivo. Y puede que también mayor coherencia en algunas instituciones más. Veremos.

La verdad es que España entró en la crisis de 2008 políticamente debilitada, exteriormente desprestigiada e interiormente desanimada. No apruebo que todos nuestros males se expliquen y achaquen a la difícil herencia recibida; es un pretexto demasiado fácil, inservible y que aleja cualquier posibilidad de ese «pacto de Estado» que todos dicen desear y ninguno de ellos pone en marcha a la hora de la verdad. Pero sí son ciertos esa debilidad, ese desprestigio, ese desánimo.

Corresponde al Gobierno del PP restaurar esplendores, reputaciones e ilusiones. No lo podrá hacer sin esos «pactos de Estado» de los que hablaba la propia Soraya Sáenz de Santamaría tras el Consejo de Ministros del viernes. Ni lo podrá hacer sin consenso amplio con los socialistas, que también deberían sacar muchas lecciones de la crisis, entre ellas que no se puede hacer oposición meramente a base de tweets, como ha hecho Rubalcaba al conocerse que algunas autonomías del PP, como Madrid, Castilla y León y Valencia, tampoco fueron escrupulosos con sus propias cifras de déficit. A Rajoy le reprochamos algunos su escaso contacto con los medios y con la calle. Pero a Alfredo Pérez-Rubalcaba, huidizo de los periodistas hasta en los pasillos del Congreso, se le podría decir lo mismo: ni Rajoy puede dejar en manos de Montoro y De Guindos la explicación de la realidad, ni Rubalcaba puede hacer lo mismo con Elena Valenciano. Queremos ver a los líderes fajarse directamente con la situación.

Sí, del fracaso se aprende y de las crisis se sacan oportunidades. Siempre y cuando se quiera hacerlo, naturalmente.

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