Fernando Jáuregui – Situación insostenible.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

No podemos, simplemente no podemos, seguir así. Es la sensación generalizada que detectas cuando, en misión informativa, recorres los pasillos del Congreso de los Diputados, del Senado, de algunas instituciones y ministerios, o cuando te vas a cenar con amigos o a tomar un café con los compañeros de trabajo. Con las cifras de la prima de riesgo récord en la mano, la intervención, probablemente limitada a la banca española, se considera un hecho, lo que indica la escasa fe que el común de los mortales tiene ya en los anuncios que se hacen en contra desde el Ejecutivo. La conferencia de prensa de Rajoy el pasado lunes contribuyó a alterar, más aún, la tempestad que azota a la macroeconomía y a avivar el terremoto sobre la microeconomía, derivado de una desesperante situación en el mercado de trabajo. Veremos qué nos dicen dentro de unas horas las cifras del paro correspondientes al mes de mayo, pero no he visto ningún gesto de esperanza en los rostros apresurados del presidente y de los ministros que, casi a la carrera, llegaban a la sesión de control de la Cámara Baja, sin pararse, claro, a hablar con los periodistas.

Faltan explicaciones, y eso agrava la situación, porque esa carencia genera desconfianzas internas y externas. Que ni los responsables primero de Caja Madrid, luego de Bankia, ni el gobernador saliente del Banco de España, ni tampoco las fuentes oficiales, se detengan a dar esas explicaciones resulta muy sintomático de la falta de interés con la que se trata al ciudadano. O de la dificultad de explicar convincentemente el cúmulo de errores que todos, todos, incluyendo también a la Comisión Nacional del Mercado de Valores -que no todas las culpan van a recaer en exclusiva sobre Fernández Ordóñez y/o Rato-, cometieron en la gestión de un banco que a todas luces parecía rentable.

La escasa transparencia que rodeó a la «cumbre» del pasado viernes entre Rajoy y Rubalcaba, dos personas elegidas por los españoles para que solucionen nuestros problemas, es igualmente indicativa de que los «nuevos» modelos de ejercer esa representación siguen sin calar en nuestra clase política: ¿hasta qué punto llegaron a acuerdos -es obvio que llegaron- los dos máximos representantes del poder político? ¿Qué cláusulas tienen tales pactos, que me parecen sin duda positivos y deseables?

La opinión pública debería exigir que esos «nuevos» modos se implanten: contar más con el ciudadano, consultarle, «perder» el tiempo explicándole por qué se hacen unas cosas y no otras… Puede que el Gobierno y la oposición tengan la sensación de que ya están haciendo todo eso -hay quien ha querido convencerme de que Rajoy bate el récord de comparecencias ante la prensa: nada menos cierto-, pero no. A las pruebas, a esa desafección que los españoles muestran hacia su clase política, me remito. Los resultados de esa «vieja» política están reflejándose sin duda también en la economía, que es, como decía Galbraith, un «estado de espíritu». Es precisa una ofensiva de presencias, de imagen -¡que bien lo hacen los italianos!-, para que los mercados, la prensa anglosajona, los gurús de la economía mundial, empiecen a ver a España como sin duda España, por más que ahora esté en fase de nacional-pesimismo, se merece.

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