Fernando Jáuregui – Al nivel de Marruecos.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Es lo que dice la asociación de fabricantes de automóviles: que las ventas en España se sitúan «al nivel de Marruecos», entre otros países europeos con mucho menor volumen de población que el nuestro. Todos, todos los indicadores muestran que España ha dado un salto de veinte años… Hacia atrás.

Los españoles somos cerca de un cuarenta por ciento más pobres que hace cinco o seis años, la construcción está prácticamente parada, las calles se llenan, infructuosamente, de letreros de «se traspasa», «se alquila» y «se vende». Durante este mes de mayo, he recorrido España de norte a sur, de este a oeste, presentando el programa «Emprendedores 2020». Nunca había detectado tal grado de desánimo, de nacional-pesimismo: en Cartagena, el jueves, me decían que ahora sería imposible rescatar el teatro romano; en Santander, que el fantástico colegio público que visité será el último que se construya con tal calidad durante décadas; en Vigo, que la ordenación urbanística emprendida hace un lustro ahora no se daría en absoluto…

Hay una conciencia colectiva de que hasta aquí hemos llegado y, desde aquí, todo va a ser diferente, quién sabe si peor -seguramente–, más realista en todo caso. Para el orgullo español, tan ignorante de cómo andan las cosas en la gran nación del sur, a la que nos hemos empeñado en desconocer y hasta en despreciar, estar «al nivel de Marruecos», sea en cuanto a venta de coches, en lo referente a visitas turísticas o en tecnología, es, simplemente, un desastre. Porque sabemos, entre otras cosas, que Marruecos es un país que asciende, ilusionado en su futuro; nosotros estamos encaminados hacia el abismo.

El caso es, perdón por el tópico, que España es una gran nación. Con unas infraestructuras que ya las quisieran para sí Italia, Gran Bretaña o Noruega, por ejemplo. Con un nivel de seriedad en cuanto al cumplimiento de los compromisos. Con un compromiso de trabajo que no pueden equiparar ni Gran Bretaña ni Alemania. Ahora se trata de poner en valor todas las cualidades y tratar de minimizar todos los defectos.

La diplomacia española, tan poco activa en demasiadas ocasiones, tiene que concienciarse de que las «relaciones públicas»son una materia esencial que ellos, los «de la carrera» tiene que ejercer, como el comercio. Los agentes secretos del carísimo CNI han de saber que la defensa de la buena imagen de España como nación -la famosa «marca España»_es ahora la cuestión primordial; la oposición ha de constatar que ahora se trata de ir unidos al encuentro de quienes quieren colocar a España en almoneda, comprando barato lo que tanto costó edificar. Y el Gobierno, claro está, no puede perder ni un minuto más en políticas de vuelo rasante, en tiritas y «parcheos» para tratar de contener una hemorragia que nos está dejando sin sangre.

Esta es, a mi juicio, la principal y más nefasta característica de lo que está ocurriendo en España: que todo lo fiamos o lo achacamos a un Gobierno que está claramente sobrepasado. Y a mí personalmente, me causa pavor la idea de que el Gobierno de «mi país», «mi Gobierno», haya perdido toda oportunidad a los seis meses de haber llegado al cargo. Ha heredado muchas cosas malas, sí (aunque yo ya frenaría la escalada de pretextos en la «difícil situación heredada»); pero también ha heredado una nación con una clase media «superpreparada», con las infraestructuras descritas, perfectamente lista para el futuro.

Me da la impresión de que el estado de cosas resulta difícilmente descriptible en las páginas de los periódicos, que solamente recogen hechos y no ánimos o desánimos. Quizá, en lugar de gobernantes, necesitemos psicólogos. En vez de ministros, chamanes. En lugar de periodistas, profetas. Pero, alguien tiene que pensar que no podemos seguir, semana tras semana, asistiendo al desplome de los números que certificaban nuestra grandeza.

Necesitamos inyecciones de ilusión, de orgullo patrio. ¿Cómo convencerles, cómo, de que son precisos grandes gestos y no ademanes de conformidad con nuestro «fatum» , cómo persuadirnos de que el destino no es algo que se nos ha impuesto y que se puede sortear? Ya digo: la respuesta no la tiene solamente, ni principalmente, Gobierno alguno.

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