Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Cambiar rostros, cambiar ideas.


MADRID, 03 (OTR/PRESS)

En la nueva era que se abrió, técnicamente al menos, el pasado 20 de noviembre, ha habido un cambio de muchos rostros en las esferas del poder. Sin embargo, no han cambiado tanto las ideas sobre cómo ejercer el Gobierno o acerca de las soluciones para nuestros problemas. Esta semana veremos un nuevo rostro en las portadas de los periódicos, el del gobernador del Banco de España; escucho los rumores acerca de quién será el elegido (lo siento, carezco de información propia solvente sobre el particular), y, sin embargo, no oigo planteamientos novedosos sobre cómo gestionar la crisis, más allá del interesante discurso que Mariano Rajoy lanzó el sábado en el foro económico de Sitges: dar más poder de los Estados nacionales a Europa -¿para qué? Ese sería el debate-.

Pero, por lo demás, y yendo a lo concreto, ni comisión de investigación sobre Bankia, ni anuncio de debate sobre el estado de la nación -ahora es más necesario que nunca-, ni novedades sobre ese tímido acercamiento que creíamos percibir entre el presidente y el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba. Me parece que no se trata solamente de conocer nuevas caras al frente del banco emisor, de la televisión pública o -todo llegará_- del Consejo del Poder Judicial, pongamos por caso; pienso que lo verdaderamente relevante sería, por ejemplo, desarrollar ese discurso de Rajoy en Sitges pero con las voces en coro de la mayor cantidad posible de formaciones políticas. ¿Qué papel queremos ocupar en Europa, qué Europa queremos, hasta dónde estamos dispuestos a entregar parcelas de poder nacional a los bastante mejorables organismos europeos?

Con el Rey iniciando una ofensiva diplomática, que falta hace, en América Latina, tras el periplo norteamericano de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, creo que también hay que redoblar los esfuerzos de presencia en Europa. Hay que lanzar mensajes a los socios de la UE, a los medios informativos de mayor influencia franceses, británicos o alemanes, para que conozcan y comprendan mejor la realidad española, que sospecho que es algo más brillante que como los propios españoles la percibimos en estos momentos de nacional-pesimismo. Y es que parece que hemos vuelto a los viejos tiempos del complejo frente a Europa; si en lo económico hemos retrocedido al menos diez años, en lo anímico parece que nos hayamos situado treinta años atrás, cuando el ideal europeo parecía aún inalcanzable y se nos antojaba que el entonces selecto «club» de la CEE poco menos que nos despreciaba.

Las cosas están lejos de ser así ahora. Muchos de nuestros jóvenes son buscados, por su preparación, en Gran Bretaña, en Francia, en Alemania y marchan en busca de un mejor destino. España es un comprador potente y un vendedor temible para los mercados. Las infraestructuras españolas están a la cabeza del mundo, la clase media es sólida aunque mal estructurada, la potencialidad en servicios es de las mayores de de Europa, los grandes bancos siguen siendo, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, de los más sólidos del Viejo Continente.

¿Qué ocurre entonces, qué nos ocurre para alimentar tanta autocompasión en lo interno y tanta hostilidad y paternalismo desde círculos del exterior? Pues ocurre, simplemente, que estamos gestionando esta crisis peor aún que los responsables de Bankia lo hicieron con esta entidad. Con las fuerzas políticas desunidas, con el Parlamento en «stand by», con la Judicatura ya sabemos cómo, con las instituciones debilitadas, con los partidos internamente divididos, con los medios preocupados, sobre todo, por su propio futuro. A veces tengo la impresión de que existe un plan diseñado desde lejanos círculos calculadores y malévolos para quedarse con las joyas de la corona española -instituciones financieras, grandes empresas multinacionales_a buen precio; o para convertir a España, que aspiraba a entrar en el G-8 no hace tanto tiempo, en una nación subalterna, de meros servicios, sol y paella baratitos, para los jubilados del Continente.

Ya sé que lo causal es mucho menos probable que lo casual, y que las tesis conspiratorias suelen estar profundamente equivocadas. Pero pienso que, aquí y ahora, no nos vendría mal un poco de orgullo patrio, de ambición de liderar nuestro propio proceso y, si posible fuere, el proceso europeo, actuando como si esos círculos calculadores y malévolos que nos querrían bajo la bota de otros poderes existiesen de veras y nos amenazasen. Hay que poner en marcha, en todo caso, nada menos que un plan de salvación para volver a colocar a España donde solía. Si ya solamente ver que Rajoy cambia un poco, como hizo en Sitges el sábado, su discurso catastrofista nos llena de alegría, ¿qué no será si se da un giro copernicano a tantas cosas que se están haciendo como siempre se hicieron, es decir, mal?

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