Andrés Aberasturi – Sánchez Gordillo.


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Desde siempre siento un especial respeto por Sánchez Gordillo, el alcalde de Marinaleda. Me parece un hombre bienintencionado, íntegro, con unas ideas quizás excesivamente radicales para un tipo como yo instalado en la permanente duda; pero ahí está lo que hizo en su pueblo cuando luchar contra el sistema suponía algo más que hacer titulares. A Sánchez Gordillo lo tengo incluido entre esa docena escasa de nombres de todas las ideologías a los que merece la pena cómo mínimo, respetar.

Sánchez Gordillo no ha engañado a nadie y ha dicho siempre lo que pensaba; otra cosa es que algunas cosas de las que piensa se las pueda calificar de una u otra manera, pero siempre ha sido así y lo fue cuando las marchas y las ocupaciones en las tierras infinitas del Duque del Infantado y lo siguió siendo cuando pronunció el estrambótico juramente en el Parlamento Andaluz y no dejó de serlo en la declaraciones que ha prodigado en una Venezuela instalada aun en el populismo más atroz que no es sino otra forma de dictadura.

Y eso es lo que le reprocho a Sánchez Gordillo, eso es lo que me distancia de él intelectual y formalmente. Eso, y seguir sin levantar la voz de verdad, como tatas veces la ha levantado, ahora que los suyos, los de su IU, gobiernan junto a los que el alcalde de Marinaleda ha dicho tantas cosas y ha acusado tantas veces de ladrones y estafadores. Ahí están las hemerotecas y el invento este de «Youtube» donde la palabras quedan sin intermediarios en las voces de sus protagonistas. No sé si la historia del alcalde durará mucho tiempo, pero no puede ser fácil, no debería ser fácil para él, convertirse en cómplice pasivo de un gobierno que consintió presuntos robos a los trabajadores, según palabras del propio Gordillo.

Y llegamos a Venezuela en avión, primera clase, y hotel expropiado por el golpista Chavez. De eso nada que decir porque imagino que tanto el pasaje como la estancia corren a cargo del gobierno venezolano. Lo malo es lo que dijo Gordillo, lo malo es que, de verdad, a estas alturas, el alcalde de Marinaleda crea que «Venezuela se ha convertido en la esperanza del mundo porque ha recuperado su soberanía», que anuncie la construcción en su pueblo de un complejo habitacional, el cual será bautizado con el nombre del presidente de la República, Hugo Chávez Frías, «aunque haya escándalo», que insista en que «los ricos quieren libertad para robar, matar, escribir y difundir a su conveniencia todas las informaciones y acabar con los pueblos del mundo que están luchando por la libertad». Y así podríamos seguir entrecomillando un sinfín de frases que empiezan a ser un poco atrabiliarias. Seguir con el mismo discurso después de cuarenta años, no parece lógico porque el mundo cambia y hoy nadie en su sano juicio puede defender ni el capitalismo atroz como sistema ideal pero tampoco el populismo inmoral de Chavez, la dictadura de Ortega (y su señora), el gran traidor del sandinismo o la Cuba que los hermanos Castro silenció por la fuerza y sigue metida en el puño mientras los disidentes son encarcelados. Así resulta muy difícil seguir en esa docena escasa de gentes respetables; decir -y seguramente creer- que los ricos quieren la libertad para «robar y matar» es demasiado infantil, demasiado incoherente y bastante imposible en una sociedad democrática. No hablo, claro de Cuba o Venezuela.

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