Fernando Jáuregui – No te va a gustar – …y ahora, «Newsweek».


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

A perro flaco todo son pulgas. Nos atacan, casi con números monográficos, los del Wall Street Journal, los del Financial Times, los del New York Times, sin que el vecino Le Monde se quede a la zaga, para no hablar de Liberation o, en plan británico, The Guardian. Para no olvidar tampoco a los diarios alemanes como Frankfurter Allgemeine, que ha dicho cosas increíbles de España y de los españoles. O los italianos, empeñados, por obvias razones tácticas y quizá estratégicas, en sacudir (¡que grandes publicistas son los italianos!) al «vecino pobre» español… Ahora, el semanario «Newsweek» va un poco más lejos: en un especial dedicado a San Sebastián, dice que esta ciudad está en España «pero no es España», entre otras cosas por su comida, su belleza y sus gentes, que nada tienen que ver con «los bajitos españoles».

Aparte de que el autor del texto de la prestigiosa revista norteamericana debe ser un ferviente lector de los peores pasajes de Sabino Arana, constato, una vez más, que los de la municipalidad de San Sebastián, es decir, las gentes de Bildu, manejan los medios internacionales mejor que el Gobierno central del Estado español. Lo cual empieza a ser una carencia clamorosa que afecta no solamente a este elenco gubernamental de Mariano Rajoy: pocas veces un Gobierno español ha acertado en el manejo de los medios de comunicación, bien propios (nacionales, quiero decir) o ajenos.

Quienes quisieran minimizar el alcance de lo que digo lo achacarán, como siempre, a meros «fallos de comunicación». Los encargados del tema son siempre culpables hasta de que los autobuses estén mal aparcados. Se echan las culpas a la Carmen Martínez de Castro de turno y cuestión terminada. Pero el problema es mucho más profundo, de mayor calado. Se trata, nada menos, de cambiar las formas y los estilos de gobernar, decidir cuánta prioridad se quiere dar a los contactos con la opinión pública y con la publicada, cuánto protagonismo a la voluntad de la ciudadanía. Me cuesta a veces creer que nadie, desde una altura suficiente del Ejecutivo o de la Administración, sea capaz de salir al paso de ciertas bobadas que escriben algunos de mis colegas europeos o norteamericanos cuando se trata de reflejar los peores y ya más falsos tópicos de la realidad española.

Este mismo lunes tuve la oportunidad de rebatir en directo, en una emisora de Buenos Aires que parece haberme designado corresponsal en Madrid «gratis et amorem», el conjunto de disparates que desde allí se vertían sobre la situación económica española, a la que, por lo visto, algunos allá quieren equiparar a los peores momentos de su particular «corralito». Pienso que todos debemos participar en la tarea de restaurar la verdad sobre lo que España es y no es: en primer lugar, el Gobierno, unificando sus mensajes sin retorcerlos ni deformarlos y «perdiendo» algo más el tiempo en sus contactos (y en su lobby) con periodistas influyentes en el exterior.

Después, las propias instituciones, los bancos, los diplomáticos españoles y toda la cohorte de funcionarios en el extranjero (que para eso, entre otras cosas, están). Y, desde luego, nosotros mismos, los informadores españoles, tantas veces tan desasistidos por las instancias oficiales (hay que ver lo que es llamar a ciertos portavoces de ciertos ministerios) y tantas veces perdidos en la hojarasca que no nos deja ver el bosque (por ejemplo, si Rajoy debería o no haber ido a Gdansk a ver el partido contra, precisamente, Italia). Y tantas, tantas veces, más obsesionados por «nuestra» verdad, o por la verdad inducida desde algún sector interesado, que por una realidad que, tozuda, es como es, ni tan rosada, ni tan negra.

Y la realidad incontrovertible, señor columnista de «Newsweek», es que los españoles, con excepciones como la de quien suscribe, ya no son tan bajitos. Entre otras cosas.

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