Carlos Carnicero – El día del fin del mundo.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Hoy es el día del fin del mundo y la administración del Apocalipsis está en manos de los ciudadanos griegos. No recuerdo unas elecciones en la que sus votantes hayan estado más presionados por los poderes externos, en este caso, financieros.

Si la política está secuestrada por la economía, las elecciones son cautivas de los mercados. Si los ciudadanos griegos quieren ejercer su soberanía tienen que prescindir de una espada de Damocles que les amenaza desde el FMI, la Unión Europea y los misteriosos poderes que manejan los ordenadores de los grandes fondos de inversión. Como en las grandes películas de suspense, la presión ambiental impide reflexionar sobre lo que ha ocurrido. Pero hay algo que ya es demasiado evidente: quienes estaban en el puente de mando de la Unión Europea no han sabido gobernar la nave. Y ahora estamos en rumbo de colisión.

Llevamos tres años y medio de políticas económicas equivocadas en Europa. La corrección del déficit sustentada en los brutales ajustes ha empeorado las cosas porque no se puede pagar más ingresando menos. El sur de Europa ha sido empobrecido, han eclosionado partidos radicales y fascistas y los europeos del sur no creen en el proyecto de Europa, salvo porque estar fuera amenaza todavía más que estar dentro.

El caos es general porque el famoso tándem de Merkozy minó cualquier posibilidad de crecimiento económico en la zona Euro. El resultado de todos estos errores ha sido poner en peligro la continuidad del proyecto europeo.

La política de declaraciones ha sustituido a la política de acciones. Y tanto sembrar en el norte que el sur es un hemisferio de vagos y corruptos ha cuajado de tal forma que ahora dar marcha atrás significa desconcertar a los ciudadanos del norte que no quieren pagar para salvar el euro. El enemigo está en la casa del norte, porque sienten que el sur de verdad lo es. Y es tan falso como cualquier otro prejuicio. ¿Racismo subyacente?

No se puede compartir moneda y tener un diferencial de deuda de casi el seis por ciento. Si no podemos devaluar la moneda devalúan nuestras vidas. A quienes se les llena la boca con la palabra «productividad» debieran saber que es imposible la competencia en condiciones tan desiguales.

El problema visible es el Euro, pero la tragedia profunda es la brecha que la gestión de la crisis ha abierto entre las dos Europas. El Apocalipsis comienza cuando se abran los colegios electorales en Grecia. Hay un escudo antimisiles de los bancos mundiales preparados para atacar a quienes lo hagan contra el Euro. Pero esto no se despeja con el resultado griego. Porque el verdadero cáncer no está en el sur, sino en el norte. Sin políticas de cohesión y solidaridad no puede existir Europa. Y los alemanes no están por la labor. La agonía continuará como las siete plagas de Egipto. Tal vez haya que hacer como Moisés y salir zumbando de donde no nos quieren.

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