Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Nuestro problema no es Grecia; nuestro problema es….


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

¿Cuál es nuestro problema, el problema de los españoles, el problema de España? Desde luego, si tuviésemos que identificar uno solo, este no es el resultado de las elecciones en Grecia, que tiene en vilo a la atemorizada, tambaleante, Europa. Ni la propia Europa misma, tan desnortada que cada día uno de sus comisarios -ay, Almunia- dice una cosa diferente. Ni lo es, en puridad, el FMI, esa instancia supranacional cuya directora actual -ay, Rato ¿por qué te fuiste?- tiene tanto poder que es capaz, con sus declaraciones sin límite ni prudencia, de hacer que se disparen las primas de riesgo. De hacer que nos suban el IVA y nos bajen, sin cuestionarse otra cosa -ay, Guindos-, las pensiones. No; nuestro problema es…

Permítame, querido lector, remontarme a 1898, cuando un grupo dispar de intelectuales se lanzó a buscar el ser de España. Ya entonces, detectaron que el principal problema del país era la ausencia de sentido del Estado, la desvertebración que, años después, denunciaría el gran Ortega. Las admoniciones de «sangre, sudor, lágrimas» (y esfuerzo), que tanta mella hicieron en la sufrida población británica, resbalan, es de temer, por la vieja piel de toro, como resbalan, ya se ve, en la más vieja aún cuna de la civilización helena.

La clase política no ha sabido, podido o querido aunar sus fuerzas de cara a esta tarea de recuperar -si alguna vez existió- el ser nacional. Ya se vio en la efímera sesión de control parlamentario del pasado miércoles, cuando Rajoy -ay, Rajoy- insistió hasta la saciedad en que él tiene mayoría absoluta. Y, por tanto, interpreto, administra las soluciones a la grave crisis económica, y a la gravísima crisis moral por las que atraviesa esta España nuestra, a su albedrío. Tampoco existe ahora un movimiento intelectual como el del 98. Ni, obviamente, la ciudadanía es la misma, ni lo es (¿o sí?) la falta de cohesión nacional.

Es el caso que los periódicos se llenan de fotografías como las de los mineros asturianos disparando sus cohetes como si fuesen las FARC colombianas en sus peores momentos; se llenan de titulares que no hacen sino mellar la confianza de los españoles -ay, Dívar- en sus instituciones. Me pregunto si, en sus conversaciones telefónicas cuchicheantes, de las que nunca nos enteramos, Rubalcaba -ay, Rubalcaba- y Rajoy hablan de todo esto, si se inquietan ante la indiferencia mortal con la que una ciudadanía desmoralizada, apenas atenta a los éxitos deportivos, recibe sus (in)decisiones.

No quiero creerme capaz de sintetizar un solo mal nacional, definiendo cuál es nuestro principal problema. ¿Quién soy yo para eso? Pero sí sé que uno de estos problemas es que tantas veces nuestros representantes, quienes han de animar el juego político, nos hacen bostezar tanto…

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