Una visión cristiana de la antropología bajo el foco de la Humanae Vitae.


La Iglesia Católica siempre ha mantenido una línea de coherencia en cuanto a sus enseñanzas sobre la anticoncepción. El resto de las confesiones cristianas mantenía una postura de coincidencia con la Iglesia en relación a este tema hasta que en 1930 la Iglesia Anglicana rompió en la conferencia de Lambert una tradición de veinte siglos, admitiendo que las parejas casadas, por razones graves, pudiesen practicar la anticoncepción. Esto le causó un gran disgusto a Pío XI y, casi a continuación, escribió la encíclica Casti Connubii en la que vuelve a reafirmar los principios católicos de la Iglesia. Pablo VI en su Humanae Vitae, en 1968, también se mantiene fiel a los fundamentos sagrados.

Seguramente no faltarán quienes vean en estas decisiones aperturistas o agiornamentos de otras confesiones un soplo de aire fresco y argüirán que la Iglesia tiene que modernizarse e ir “con los tiempos”. A ellos hay que decirles que la Iglesia es una institución milenaria con una historia propia, inspirada además por el Espíritu Santo a través del Sumo Pontífice. “Todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de la vida”, dice Pablo VI en la Humanae Vitae. Quedan excluidos, por tanto, la esterilización, los métodos anticonceptivos y los usos antinaturales del acto conyugal.

En el año 1988 Juan Pablo II se reunió en Roma con 400 teólogos en el II Congreso Internacional de Teología Moral para celebrar el XX aniversario de la publicación de la Humanae Vitae. “La enseñanza de la Humanae Vitae –dice Juan Pablo II—no es, ciertamente una doctrina inventada por el hombre, sino que fue impresa en la misma naturaleza humana por la mano de Dios Creador y confirmada por Él en la Revelación. Ponerla en duda, por lo tanto, equivale a rehusarle a Dios mismo la obediencia de nuestra inteligencia”. Se desprende de estas palabras que la norma moral es de tal trascendencia, que no admite excepciones.

Juan Pablo II viajó más que ningún otro papa. Lo hizo porque era necesario hablar a los obispos y sacerdotes del mundo y recordarles los auténticos principios de la Iglesia de Cristo. Así, en una alocución a los obispos en Los Ángeles, en 1987, les recordó la necesidad de estar dentro de las enseñanzas de la Iglesia para participar en los sacramentos. Sabía el Pontífice que en las sociedades ricas y modernas se emplean anticonceptivos con consentimiento de los sacerdotes. “Algunas veces se proclama que el rehusar la adhesión al Magisterio es totalmente compatible con ser un ´buen católico` y que no presenta ningún obstáculo para recibir los sacramentos. Esto es un grave error que pone a prueba el oficio de maestros de los obispos en Estados Unidos y en todas partes”.
En la “IV Conferencia Internacional sobre la Familia en Europa y África” volvió Juan Pablo II a hacer referencia a los sacerdotes “que practican una falsa comprensión pastoral”, con estas palabras: “Realmente no puedo callar ante el hecho de que muchos, todavía hoy, no ayudan a las parejas casadas en esta grave responsabilidad suya y más bien ponen grandes obstáculos en su camino […] esto puede llevar consigo graves y destructivas consecuencias, cuando la doctrina de la Encíclica se pone en duda, como ha sucedido algunas veces, hasta con teólogos y pastores de almas. Esta actitud, de hecho, puede inspirar dudas con respecto a una enseñanza cierta de la Iglesia sobre este tema. Esto no es un signo de comprensión pastoral sino una equivocación con respecto al verdadero bien de las personas. La verdad no puede basarse en una mayoría de opiniones”.

Estas palabras de Juan Pablo II dejan claro que si se utilizan anticonceptivos, no se puede recibir la eucaristía sin haberse arrepentido, confesado y haber hecho propósito de la enmienda de no reincidir. La Iglesia, en cambio, autoriza para espaciar los nacimientos tener en cuenta “los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar”. Con este método los cónyuges hacen uso de una disposición natural, mientras que con los anticonceptivos se impide el desarrollo de los procesos naturales.

Algunas personas que no están de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, argumentan que estar pendientes de los ritmos naturales le resta espontaneidad al acto sexual y que, por tanto, esto puede dañar sus relaciones. Sin embargo, quienes lo cumplen aseguran que ocurre todo lo contrario, que existe más ilusión y que, sobre todo, ayuda a las parejas a educarse y a controlar sus apetencias, lo que les facilita crecer como personas, ser más responsables y amarse más.

En los últimos años se ha producido un gran avance en la implementación de una nueva antropología antinatural que, aunque viene impuesta por ley, atenta contra la esencia del ser humano. En nuestra sociedad relativista, se fomenta la promiscuidad, la pornografía, la infidelidad, es decir, hacer lo que a cada cual le venga en gana y lo que le apetezca en cada momento. No es de extrañar que, a muchos, las ideas que aquí defendemos les resulten obsoletas, más propias de otra época. Sin embargo, es la propia ley natural y la moral e inteligencia del ser humano lo que debe marcar la marcha de la vida.

Nuestra sociedad, a través de los centros educativos, impone a nuestros hijos el uso del preservativo, el sexo libre y la práctica del aborto, como meros elementos de ocio y consumo. Y si al hablar de jóvenes alguien propone educarles en saber abstenerse y controlarse con el fin de evitar embarazos, abortos, enfermedades de transmisión sexual y el temible cáncer de cérvix, el planteamiento no suele tener demasiado éxito. Nos llama la atención que quienes tienen hijos adolescentes claudiquen tan fácilmente como si la situación fuese ya irremediable. No está todo perdido, créanme. Pero es necesario plantearse el problema, ver qué queremos y tratar de conseguirlo. Me refiero a la parte de la sociedad que ha aceptado la dictadura progre del laicismo y que asume todas las nuevas tendencias de la perspectiva de género y sus daños colaterales, sobre todo, en lo tocante a la familia.

A propósito de la píldora del día después o anticoncepción de emergencia, la Iglesia opina que quienes fabrican y venden estos fármacos, están informando mal al público con respecto a los efectos abortivos de sus productos. “A las mujeres se las engaña haciéndoles creer que estas píldoras actúan como anticonceptivos; pero uno de los modos en que ciertamente lo hacen es impidiendo el desarrollo del embrión, lo cual causa su muerte”.

En uno de los puntos dice la Humanae Vitae que el uso de los anticonceptivos podría acarrear por parte del hombre que éste perdiera el respeto a la mujer y, “sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera respetada y amada”. Es interesante este apartado porque lo estamos viendo en la realidad actual. A pesar del respeto “obligatorio” que el hombre debe a la mujer, a pesar de todos los avances en materia feminista, la mujer se ha ido degradando paulatinamente. Hoy, la ingeniería social que se viene implementando, desde los colectivos feministas e incluso desde la propia ONU, está cambiando la sociedad para mal, a pesar de todas las mejoras sociales. Hoy, los desnudos en las revistas eróticas han dejado de ser algo reprobable; cambiar de pareja como de camisa se ve como lo normal; ser infiel, una señal de apertura; dedicarse a la pornografía, un trabajo como otro cualquiera, y a la prostitución lo mismo, y, claro, abortar se ha convertido en un derecho universal. Todo esto nos lleva a la cita de la Encíclica que aludía al respeto a la mujer. Hay que reconocer que, a pesar de los avances, la mujer es más objeto sexual que nunca. Los hombres, animados por las feministas de género y los colectivos gay, se han subido al carro y es fácil ver hombres objeto en revistas, anuncios, pasarelas y todo tipo de shows. ¡Y decir que eso no es correcto es ser antisistema!

La cuestión demográfica está de manera presente en la agenda de los poblacionistas, que presionan a los gobiernos para elaborar leyes que de facto van en contra de la dignidad humana. Para las autoridades públicas en su papel de responsables del bien común, tiene la Humanae Vitae unas palabras: “No permitáis que se degrade la moralidad de vuestros pueblos; no aceptéis que se introduzcan legalmente en la célula fundamental, que es la familia, prácticas contrarias a la ley natural y divina. Es otro el camino por el cual los Poderes Públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico: el de una cuidadosa política familiar y de una sabia educación de los pueblos, que respete la ley moral y la libertad de los ciudadanos”.

Los controladores de la población tratan a los habitantes del Tercer Mundo como a animales; como si fueran rebaños que tienen que controlar o ¿exterminar? Es lástima que todo lo que se invierte en controlar su natalidad no se emplee en hacer pozos de agua, cooperativas agrícolas, granjas-escuela y centros educativos.

___________________
Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
✉ periodista@magdalenadelamo.com
Suscripción gratuita
(24/06/2012)
.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído